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El peligro de una carrera nuclear en Oriente Próximo

El peligro de una carrera nuclear en Oriente Próximo
Detonación nuclear "Castle Bravo". Fuente: Departamento de Energía de los EE. UU.

La posesión de armas nucleares es una gran ventaja militar para un país, y la amenaza y el peligro que conlleva el tener un vecino con capacidad nuclear puede obligar a otros países a seguir ese camino para mantener su propia seguridad. En Oriente Próximo ya hay al menos una potencia nuclear y varios países que aspiran a conseguirlo también. ¿Puede ser esto el inicio de una carrera nuclear en la región?

Oriente Próximo lleva siendo espacio de rivalidades y enfrentamientos desde el desmembramiento del Imperio otomano tras el fin de la Primera Guerra Mundial y su reparto entre Reino Unido y Francia, e incluso antes. A lo largo del tiempo, las tensiones han ido enfrentado a distintos países, actores y bloques por hacerse con la hegemonía de una región atravesada por numerosas divisiones tanto religiosas como étnicas, políticas y culturales.

En las últimas décadas han surgido diferentes Estados que aspiran a liderar la convulsa región. En un clima de enorme inseguridad y de enfrentamiento regional las principales potencias han comenzado a coquetear con la posibilidad de hacerse con el control de armas nucleares. El caso más estudiado es el de Irán, que tiene un programa nuclear muy desarrollado, pero otros países como Arabia Saudí y recientemente Turquía también han mostrado interés por desarrollar sus propios programas nucleares.

La voluntad de estos países de hacerse con el arma definitiva puede abrir una carrera nuclear regional que termine en un enfrentamiento directo entre las mismas. Además, ya existe una potencia en la región que posee armas nucleares desde los años 60: Israel —aunque su Gobierno nunca ha reconocido la posesión de armamento nuclear—. Con el aumento de tensiones que se dan en la actualidad en Oriente Próximo cabe cuestionarse si es este el principio de una escalada en los enfrentamientos existentes en la región.

Para ampliar: “La amenaza nuclear en el siglo XXI”, Diego Mourelle en El Orden Mundial, 2017

La carrera nuclear entre Irán y Arabia Saudí

Uno de los principales conflictos existentes en Oriente Próximo es el que se lleva desarrollando desde los años 90 entre Arabia Saudí e Irán. Ambos Estados encarnan las interpretaciones más conservadoras del islam suní y chií, respectivamente. No obstante, mantienen un enfrentamiento a través de guerras de baja intensidad y subsidiarias que han marcado la realidad de millones de ciudadanos alrededor de Oriente Próximo como en Irak, Siria o Yemen.

En el caso de Irán, tras su transformación en una república islámica en 1979, el país se convirtió en uno de los principales enemigos de Estados Unidos y sus aliados. El régimen de los ayatolás, que se ha visto amenazado por la presión estadounidense y la de sus aliados en la región —principalmente Israel y Arabia Saudí—, representa el contrapoder en Oriente Próximo, por lo que ha visto en las armas nucleares una posible salida a su evidente debilidad militar frente al país norteamericano.

Potencias regionales y zonas de influencia de Oriente Próximo.

El programa nuclear iraní comenzó en los años 50 cuando Irán todavía estaba bajo el Gobierno del sha y era el principal aliado de Estados Unidos en Oriente Próximo. En este contexto, los propios estadounidenses proporcionaron ayuda a Irán para desarrollar capacidad tecnológica nuclear con fines pacíficos, principalmente en el campo de la producción energética. Tras la revolución islámica de 1979, el nuevo régimen, liderado por la poderosa élite religiosa del país, pareció perder el interés a desarrollar el programa nuclear. 

Sin embargo, en 1984 la nueva República Islámica retomó el avance en sus anhelos nucleares con el apoyo de nuevos Estados opuestos a Estados Unidos como China, Pakistán y notablemente Rusia, con quien Irán firmó un acuerdo de cooperación nuclear en 1992. Rusia además se comprometió a completar la construcción de la central eléctrica nuclear Bushehr-1, que el Gobierno del sha había comenzado en los años 70, además de ofrecer secretamente un reactor nuclear de alta capacidad. Esto provocó la intervención de Estados Unidos, que consiguió que Rusia redujese su acuerdo de cooperación con Irán. Sin embargo, no impidió que el país estableciese relaciones en ese plano con Irán ni detuvo al régimen de los ayatolás de continuar con su proyecto nuclear, uno de los motivos esgrimidos por Estados Unidos, la Unión Europea y la ONU para imponer sanciones y embargos sobre Irán.

Tras varios años de negociaciones entre el G5+1 (Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia, China y la Unión Europea) e Irán, en 2015 se firmó el acuerdo nuclear, conocido oficialmente como Plan de Acción Integral Conjunto. El documento acordaba el fin de las sanciones económicas a Irán y garantizaba el derecho iraní a desarrollar instalaciones energéticas nucleares con fines pacíficos. No obstante, tras la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump, Estados Unidos no tardó en retirarse del acuerdo, a pesar de que Irán había cumplido con lo acordado en esta materia. Indignado, Irán amenazó con retomar el enriquecimiento de uranio pese a los esfuerzos de la Unión Europea por rebajar las tensiones.

Con estas perspectivas en el horizonte, Arabia Saudí, principal rival de Irán en la región, ha avisado que ante la posibilidad de que Irán desarrolle armamento nuclear el país árabe también se haría con armas nucleares. Paralelamente, la situación de Arabia Saudí, que se está viendo debilitada a nivel regional frente a la expansión de Irán —principalmente tras la victoria de Al Asad en la guerra civil siria, pero también en Yemen e Irak—, podría empujar al régimen saudí a hacerse más pronto que tarde con un arma capaz de contener las aspiraciones expansionistas de Teherán. Es probable, además, que el hecho de que Riad se convirtiese en una potencia nuclear fuese algo tolerado por un Gobierno conservador como el actual en Estados Unidos, que podría primar el enfrentamiento con Irán sobre el impacto que puede generar que un aliado se haga con armas nucleares.

Aunque es poco probable que Arabia Saudí se haga con armamento nuclear por el momento, en el caso de querer hacerlo la posibilidad de que Estados Unidos proporcionase tal material al reino árabe parece muy difícil. Es por eso que Riad previsiblemente se inclinaría por solicitar ayuda a Pakistán, uno de los pocos países del mundo que posee armas nucleares y no ha firmado el Tratado de No Proliferación Nuclear. Arabia Saudí mantiene relaciones muy cercanas con el país asiático, al que ayudó a financiar su programa nuclear en los años 70.

Para ampliar: “Arabia Saudí e Irán: la Guerra Fría de Oriente Próximo”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2014

Turquía quiere una bomba nuclear

Otra potencia regional que ha mostrado interés en hacerse con el arma definitiva ha sido Turquía. Erdoğan ha justificado su interés en convertir a Turquía en una potencia nuclear argumentando que Israel no es atacado directamente debido a que posee armas nucleares. El nacionalismo conservador de Erdoğan —que da cada vez más muestras de fatiga interna tras el triunfo de la oposición en las elecciones municipales en Estambul el pasado junio— busca legitimarse a nivel nacional intentando convertirse en la potencia del mundo musulmán suní rivalizando con Arabia Saudí, Egipto y los Emiratos Árabes Unidos.

La revelación de que Ankara podría desarrollar su propio armamento nuclear fue hecha por el propio Erdoğan el pasado 4 de septiembre. Turquía, cada vez más alejada de los dictados de Washington, ha declarado así su voluntad de ser un actor más independiente en el plano internacional. La ayuda militar otorgada por Estados Unidos a las milicias kurdas del norte de Siria son el principal motivo del enfado de Turquía, que mantiene un enfrentamiento abierto con la minoría kurda a nivel nacional.

Oriente Próximo concentra algunos de los presupuestos militares más altos del mundo.

En el caso de que Turquía se hiciese con armamento nuclear, se desencadenaría una crisis en diversos planos. La posibilidad de que otro aliado más de la OTAN se hiciese con el arma definitiva podría llevar a un desequilibrio de poderes dentro de la organización, donde Turquía alcanzaría un mayor margen de maniobra frente a los países europeos de la Alianza y Estados Unidos. Todo este problema se ha intensificado con la posibilidad de que Washington sacase de territorio turco las 50 cabezas nucleares que tiene instaladas allí como parte del paraguas nuclear de la OTAN.

El Gobierno de Ankara, molesto con las decisiones estadounidenses en Siria, ha comenzado a moverse poco a poco hacia Moscú y Teherán, con quienes colabora intensamente a nivel regional. Turquía tiene acuerdos de compra de armas y de desarrollo de energía nuclear con Rusia. En el caso de que Turquía finalmente tomase la decisión de hacerse con armas nucleares existe la posibilidad de que la OTAN se resquebrajase al perder a uno de sus aliados clave. Entonces, el país turco podría lanzarse a los brazos de Rusia o incluso Irán para hacerse con armas nucleares frente a la más que probable negativa de sus socios occidentales. 

Para ampliar: “Quién gana y quién pierde con el abandono de Estados Unidos a los kurdos”, Eduardo Saldaña en El Orden Mundial, 2019

La disuasión nuclear, ¿estabilidad para Oriente Próximo?

Según la teoría de la disuasión, la posesión de armas de alta capacidad destructiva por parte de dos o más Estados enfrentados llevaría a una situación de equilibrio entre los distintos países no por el hecho de no tener capacidad ofensiva, sino por los temores a la respuesta lanzada desde el otro Estado. Esta dinámica funcionó durante la Guerra Fría generando el período que se conoce como la “Larga Paz” en la que Estados Unidos y la Unión Soviética, pese a estar enfrentados, nunca entraron en un conflicto directo. Aplicado a pequeña escala, cabe preguntarse si la teoría de la disuasión podría ser aplicada en Oriente Próximo y llevar esa ansiada estabilidad a la región.

Potencias militares de Oriente Próximo. Hasta el momento, la única potencia nuclear en la región es Israel.

La posibilidad de que Irán, Turquía o Arabia Saudí consigan hacerse con armamento nuclear generaría toda una reestructuración de los equilibrios en Oriente Próximo. En primer lugar, es poco probable que Israel se sintiese cómodo con la idea de que Irán o Turquía pasasen a ser potencias nucleares. También es probable que Tel Aviv lanzase ataques militares y diplomáticos preventivos principalmente contra Teherán, para debilitar al gigante chií en la región y evitar su ascenso como potencia nuclear.

Por otro lado, la idea de que Arabia Saudí alcanzase el estatus de potencia nuclear podría provocar la reacción de otros países árabes que podrían verse amenazados por el reino árabe. Aunque aliado de los saudíes, Emiratos Árabes Unidos podría plantearse hacerse con el control de armamento nuclear para alejar cualquier oportunidad de Riad de convertirse en la hegemonía indiscutible entre los países del Golfo. Catar, siempre alerta ante el riesgo de encontrarse encerrado entre dos potencias nucleares, ya ha llamado a la creación una zona libre de armas nucleares en Oriente Próximo

Igualmente, el hecho de que Arabia Saudí se hiciese con armas nucleares probablemente empujaría a Turquía a desarrollar sus propias armas. No obstante, Egipto, potencia militar árabe por excelencia, podría ver su gran fuente de legitimación en la región puesta en duda y quizá querría también desarrollar su propio programa nuclear. Además, en el hipotético caso de que El Cairo se hiciese con armas de destrucción masiva las tensiones con Tel Aviv podrían reemerger al romperse el equilibrio de poderes existente entre ambos países.

El riesgo que representa el posible estallido de una carrera nuclear en Oriente Próximo es muy grande. En una región caracterizada por su fragilidad y divisiones internas la opción de que varios Estados compitan por convertirse en potencias nucleares podría encender las alarmas en todos ellos. Además, que este debate simplemente exista pone de relieve la irrelevancia de la comunidad internacional y del Tratado de No Proliferación —del que Turquía, Arabia Saudí e Irán forman parte— que prohíbe el desarrollo de armas nucleares, pero reconoce el derecho al uso pacífico de la tecnología nuclear. A esta situación se suma la incapacidad de otras potencias globales de controlar a sus respectivos aliados en la región. La carrera nuclear en Oriente Próximo puede comenzar en cualquier momento.

Para ampliar: “El poder de los militares en Oriente Próximo y el norte de África”, Rosario Soler en El Orden Mundial, 2018