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En las pasadas elecciones europeas de mayo de 2019, el grupo Verde obtuvo 74 eurodiputados, veinticuatro más que en la cita anterior, convirtiéndose en la cuarta fuerza del Parlamento Europeo. Esta es una subida nada desdeñable teniendo en cuenta que los pronósticos auguraban una caída de las fuerzas progresistas y la subida de la extrema derecha. Además de en escaños, la influencia de los verdes se traduce en políticas: para la elección de la nueva presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, fue necesario su apoyo, y Von der Leyen ha respondido convirtiendo el Pacto Verde Europeo en una de las prioridades de la agenda para este nuevo ciclo político.
Para ampliar: “¿Cómo se elige a los comisarios europeos?”, El Orden Mundial, 2019
Sin embargo, la fuerza de los partidos verdes europeos es sumamente desigual dependiendo de la región: mientras que en Alemania o Austria son una organización política con tradición y peso, en el sur y este de Europa los grupos que se presentan como ecologistas no suelen obtener representación. Esto no quiere decir que el lobby ecologista no haya obtenido logros a nivel local, pero sí que las políticas verdes no han sido respaldadas en las urnas en esos países.
Aunque con excepciones, cabe hablar de tres grupos dentro de la familia verde europea: un núcleo duro proveniente del norte y oeste; un segundo grupo con los verdes del sur, con cierta tradición pero poco asentados; y, por último, los partidos de Europa central y del Este que nacieron poco después del 1989. Estos últimos han adoptado en algunos casos tendencias ideológicas alejadas de la tónica general de los verdes, y más cercanas a posiciones conservadoras y favorables al mercado.
Terreno fértil para los verdes
Una de las principales razones que explica esta diferencia entre el norte y el sur es la socioeconómica: mientras que sociedades como la sueca, la alemana o la finlandesa se consideran posmaterialistas —es decir, con un alto nivel de seg...
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