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Los países con las cárceles más superpobladas

Descripción del gráfico

Uno de los primeros problemas que enfrentaron los sistemas carcelarios —hace siglos— fue qué hacer con la enorme cantidad de personas que acababan en las cárceles. Para el Estado requería incurrir en una serie de gastos por, simplemente, tener a esa gente confinada. En muchos casos, por carecer de recursos o por estar prohibido por ley, los reos no podían llevar a cabo trabajos que generasen un rédito al Estado.

Si esta situación la trasladamos a países que no se pueden permitir invertir en un sistema judicial y carcelario que sea efectivo con la reinserción de los presos, con poseer instalaciones adecuadas y mantener bajas tasas de criminalidad, el resultado son cárceles atestadas que, antes que solucionar los problemas para las que se supone están diseñadas, los agrava.

No es infrecuente que en multitud de países las cárceles se hayan convertido en espacios donde las dinámicas criminales se retroalimentan. En Europa pasa, por ejemplo, con personas relacionadas con el yihadismo, y en distintos países latinoamericanos ocurre con miembros de bandas criminales o grupos relacionados con el narcotráfico. Si a ello le sumamos la corrupción que en muchos lugares afecta a los cuerpos policiales —también carcelarios—, el resultado es la construcción de espacios seguros desde donde estos actores criminales pueden reclutar nuevos miembros con facilidad y gestionar sus asuntos.

El resultado más visible de esta situación son los motines y revueltas que se producen cada cierto tiempo en las cárceles de estos países y que en muchos casos acaban con decenas de víctimas mortales.

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