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La geopolítica de Brasil

La geopolítica de Brasil está claramente marcada por la división entre el interior y la costa, donde se concentra la población y la economía.
CartografíaGeopolíticaAmérica Latina y el Caribe

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Brasil es el quinto país más grande del mundo: con una superficie de cerca de 8,5 millones de kilómetros cuadrados representa el 47% de todo Sudamérica. Tal es el tamaño que su territorio abarca cuatro husos horarios; de sus 16.000 kilómetros de frontera, cerca de 7.500 —el 46%— son costa; hace frontera con todos los países sudamericanos menos con Ecuador y Chile; y tiene una posición y una riqueza natural única, lo que le ha granjeado un hueco entre las potencias emergentes globales. Sin embargo, a la par que el territorio es una de las riquezas del país, también es su eterno desafío. Y es que gestionar medio continente no es sencillo.

Se pueden diferenciar tres zonas en la geografía brasileña: la cuenca amazónica, que domina un tercio del país al noroeste; las tierras altas, que van desde la frontera con Bolivia y Paraguay hasta la costa noreste; y la zona costera, que está separada del resto del país por una serie de sistemas montañosos como la sierra de la Mantiqueira, la sierra del Espinazo y la sierra del Mar. La mayoría de la población brasileña se concentra en esa región costera al sur del país. Solo en los estados de Sao Paulo, Paraná, Santa Catarina Rio Grande do sul, Minas Gerais y Rio de Janeiro se concentran cerca de 104 millones de personas de los 209 que tiene el país. El peso demográfico de la zona costera, sumando a su aislamiento natural del resto del país, siguen siendo un gran reto para el desarrollo general de todo el Estado. 

En Brasil están algunos de los puertos con mayor volumen comercial de toda la región. Precisamente estos se concentran en el sur del país, la zona con mayor dinamismo económico.

La geografía interna brasileña se ha convertido en una barrera natural que le protege de cualquier amenaza exterior. Al norte la Amazonia y el macizo guayanés hacen de barrera natural ante Colombia y Venezuela. El océano Atlántico domina la mitad de las fronteras del país y al sur, Bolivia, Paraguay y Uruguay —países que no suponen una amenaza militar— actúan de Estados tapón frente a Chile o Argentina. Si bien a nivel estratégico la geografía está claramente a favor de Brasil, no lo está tanto en materia de desarrollo. Ese aislamiento natural ha generado unas divisiones internas entre la zona costera y la periferia, y una desconexión con el resto de Estados sudamericanos. Así, para relacionarse con el resto de países de la región Brasil depende de las conexiones a través de Bolivia, Paraguay o Uruguay y del desarrollo de infraestructuras de transporte que le permitan sortear la barrera amazónica. 

Internamente la gran mayoría de infraestructuras de transporte se concentran —al igual que la población y gran parte de la actividad económica del país— en la zona costera. Las carreteras transamazónicas son un buen ejemplo del tipo de relaciones internas que se han establecido históricamente entre las unidades federativas. Estas arterias conectan el Amazonas con los principales puertos y núcleos económicos de la costa. Un modelo extractivista en el que el interior nutre de recursos que exportan a las grandes urbes. Uno de los mejores ejemplos es el proceso de deforestación que se ha llevado a cabo en las últimas décadas. Si bien hubo periodos en los que los Gobiernos tomaron más conciencia de la necesidad de proteger las selvas, siempre han sido un recurso al que acudir para potenciar la economía. El aumento de los cultivos de soja para el suministro del mercado internacional —especialmente el mercado chino—, junto con las políticas del nuevo Gobierno de Jair Bolsonaro, están poniendo en jaque la protección de uno de los “pulmones del planeta”. 

La enorme biodiversidad de Brasil es uno de los grandes activos del país. Sin embargo, tras este panorama se esconde una importante fragilidad y una dependencia de los recursos naturales.

El gran reto para Brasil, por lo tanto, está en ser capaz de conectar estos núcleos urbanos con la periferia de una manera adecuada. Esa desconexión y desigualdad entre costa e interior ha favorecido la fragmentación política y la creación de grandes desigualdades entre las comunidades amazónicas y el resto.  

Otro de los grandes retos para el Estado brasileño es controlar el tráfico de drogas que se da a través de su territorio. Comparte frontera en el Amazonas con tres de los principales productores de coca del mundo —Colombia, Perú y Bolivia—. La Amazonia sirve de puerta de entrada para la cocaína que se acaba exportando desde los puertos de la costa norte del país hacia el resto del mundo. Al sur la conocida como Triple Frontera —donde confluyen las fronteras de Brasil, Argentina y Paraguay— es el otro foco de inestabilidad y de acceso para el tráfico de drogas y otras actividades de grupos criminales, una zona que ha estado en el foco de Washington por la actividad de grupos como Hezbolá

Las rutas internacionales de la cocaína tienen en Brasil una lanzadera de enorme importancia. Desde ahí salen rutas hacia España, África y distintos puntos de Asia.

Así, Brasil es un país en el que las ventajas geopolíticas se convierten en debilidades si no se gestionan con cuidado. El camino del gigante sudamericano para convertirse en una potencia geopolítica pasa por mantener un equilibrio entre el desarrollo de sus zonas urbanas y controlar el vasto territorio del interior.

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