La soberanía energética en la Unión Europea

La región arrastra todavía una gran dependencia de las importaciones, aunque ha mejorado la eficiencia y el uso de renovables
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Alemania ha sido, durante las últimas décadas, el gran motor industrial y económico de Europa. Sin embargo, la invasión de Ucrania ha sacado a relucir todas las costuras del exitoso modelo germano, alimentado desde los años setenta por los hidrocarburos que fluían primero desde la URSS y después desde la Federación rusa. En 2020, sin ir más lejos, el 65% del gas que importaba Alemania llegó desde Rusia. Una dependencia energética que se volvió insostenible en tiempos de guerra.

Soberanía energética Unión Europea

Soberanía energética Unión Europea

 

Lejos de ser un caso aislado, la situación de Alemania ha sido durante mucho tiempo la norma en el contexto de la Unión Europea, donde siempre ha existido una excesiva dependencia de los combustibles fósiles que llegan desde fuera de sus fronteras. De acuerdo con un reciente informe del European Council on Foreign Relations (ECFR), en 2023 el índice de soberanía energética del espacio comunitario se situó en los 6,1 puntos sobre 10, un resultado satisfactorio pero que sigue arrastrando grandes déficits y que solo ha ganado impulso tras la agresión rusa en territorio ucraniano.

Así, y aunque ya estaba en sus planes, la guerra en Europa ha acelerado y dado carácter de urgencia a los planes de transición energética en la UE. Diversificar proveedores, una de las grandes tareas pendientes, fue vital para limitar la enorme dependencia con Moscú  —en 2021, más de la mitad del gas natural importado por la UE era ruso—. Junto a esto, también se ha puesto de manifiesto la necesidad de acelerar aún más el uso de fuentes de energía renovables, que si bien han ido aumentando su peso en el cómputo energético las últimas décadas, en 2022 solo el 23% de la energía consumida en la UE provenía de fuentes verdes.

El índice de soberanía energética del ECFR clasifica en cuatro grupos a los países de la UE, considerando no solo la independencia y eficiencia energéticas, sino también la proporción de energías renovables que existe y la manera en que el país en cuestión incorpora en su agenda nacional la soberanía energética, a nivel de políticas y de discurso. 

Dinamarca, con un índice de 8,5 sobre 10, es el líder indiscutible dentro del espacio comunitario. No es de extrañar en un país que lleva más de cuarenta añosconcretamente desde la crisis del petróleo en la década de los setenta— apostando por las energías verdes. Hoy por hoy, no solo ha reducido sustancialmente sus importaciones de energía, alcanzando un nivel de independencia energética del 7,3  sobre 10, sino que también ha liderado iniciativas encaminadas a reducir la dependencia de energías fósiles.

Se entiende por soberanía energética la capacidad que un país tiene para tomar sus propias decisiones en cuanto al abastecimiento energético y ejercer un control efectivo sobre la producción, distribución y consumo de la energía que se utiliza. Solo de esa manera podrá garantizar, al menos sobre el papel, la seguridad energética y el bienestar de su sociedad.

De esta forma, y aunque la media comunitaria se sitúe en 6,1 puntos, la Unión Europea sigue siendo gravemente dependiente de las exportaciones: tiene una puntuación de tan solo 3,6 puntos sobre 10 si nos fijamos únicamente en la independencia energética. Es el progreso en cuanto a limpieza energética (incorporación de renovables) y a eficiencia, con resultados promedio de 7,2 y 7,3, respectivamente, el que mejora el resultado general del indicador.

Así ha crecido la dependencia energética de la Unión Europea desde 1990

Los tres países cuya puntuación final no alcanza el aprobado son Hungría, Lituania y Malta. La mala calificación de los dos últimos se debe a la casi total dependencia de las importaciones, mientras que la de Hungría se debe a una combinación de malos resultados en casi todas las categorías, exceptuando la eficiencia (6,8).

Junto con la independencia energética, también será necesaria una gran inversión si se quiere alcanzar el 42,5% de renovables en la matriz energética de la UE para 2030, un objetivo establecido por las propias instituciones comunitarias.

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