Madrid lleva intentado celebrar unos Juegos Olímpicos desde 1966. Tras el primer batacazo, que convirtió a Múnich en sede olímpica en 1972, la capital madrileña volvió a la carga tres décadas después, en 2005, cuando abrió un ciclo que incluyó hasta tres postulaciones consecutivas. En todas ellas el Comité Olímpico Internacional se decantó por otra candidatura: Londres para 2012, Río para 2016 y Tokio para 2020. A pesar de los sonados fracasos, a principios de este mismo año la presidenta regional madrileña, Isabel Díaz Ayuso, confirmó que su equipo ya trabajaba para convertir a Madrid en la sede olímpica de 2036.
La insistencia de la capital madrileña contrasta con la ruina económica y los enormes costes que arrojan los Juegos Olímpicos de verano. Desde Tokio 1964, estos eventos arrastran de media un déficit de 2.000 millones de dólares, según un estudio que analizó la sostenibilidad de los Juegos Olímpicos en la revista científica Nature en 2021. Solo tres ediciones han sido de hecho rentables desde entonces: Los Ángeles 1984, Atlanta 1996 y Sídney 2000.
Los datos incluyen solo gastos e ingresos directos, concretamente costes de organización y construcción de las sedes y estadios en el primer caso y ganancias derivadas de la publicidad, los derechos de emisión y la venta de entradas en el segundo. No reflejan por lo tanto gastos indirectos como ampliaciones de infraestructuras de transporte o alojamiento, los cuales suelen exceder los costes directos pero cuyo cálculo se complica por la dificultad de establecer hasta qué punto una inversión está relacionada con la celebración del evento y si iba a acometerse de todas formas o no.
El estudio, titulado An Evalution of the Sustainability of the Olympic Games, tampoco incluye ingresos indirectos como la recaudación hostelera, aunque los autores avisan de que sus datos, por encima de todo, «subestiman los costes y por tanto sobreestiman la rentabilidad potencial». De hecho, otras investigaciones que sí tienen en cuenta el coste de infraestructuras muestran un agujero mucho mayor en las cuentas de ediciones como la de Río de Janeiro en 2016.
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En el caso del estudio publicado por Nature, los datos muestran que los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 han sido los más deficitarios de la historia, con una pérdida de 6.800 millones de dólares, seguidos de cerca por Montreal 1976 (-5.888) y Londres 2012 (-5.188). Para poder ser comparables entre sí, todas las cifras están ajustadas a inflación y expresadas en dólares de 2018.
El guion se repite en los Juegos Olímpicos de invierno, donde la ruina económica es una vez más la nota dominante. Desde Innsbruck 1964 tan solo dos ediciones han sido mínimamente rentables (Sarajevo 1984 y Vancouver 2010) y de media el balance es de 1.400 millones de pérdidas.
Aquí, llama especialmente la atención el caso de Sochi 2014: arrojó un balance negativo de 11.900 millones, récord de todos los Juegos de invierno y verano. Todas las instalaciones deportivas tuvieron que ser construidas desde cero y la corrupción disparó los costes, pero también la capacidad de Rusia para proyectar su imagen al mundo. De hecho, el poder blando que ofrecen estos eventos deportivos es uno de los motivos por el que muchos países terminan asumiendo los enormes costes que llevan asociados.
En cuanto a la financiación de las Olimpiadas, el Comité Olímpico Internacional asume una parte de los costes, pero muy inferior a la contribución de las administraciones públicas. En Tokio 2020, por ejemplo, el Comité Olímpico aportó 1.700 millones de dólares, en los que se incluye el dinero obtenido de patrocinios internacionales y la venta de derechos de emisión, de un presupuesto total de 13.000 millones. La inmensa mayoría de la inversión es por lo tanto pública.



