Pese a su carácter teóricamente apolítico, los Juegos Olímpicos modernos siempre han sido un reflejo de los equilibrios de poder en el orden internacional. La historia evidencia que los países más dominantes en las Olimpiadas han sido también los más poderosos en el plano geopolítico. Buena prueba de ello son las cifras recogidas en el medallero histórico, donde Estados Unidos es el país más laureado de los Juegos.
Los estadounidenses cuentan con un total de 2.655 medallas, incluidas 1.070 de oro. Le sigue la Unión Soviética, que acumuló 1.010 medallas desde su debut en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952 hasta su disolución en 1991.
Inicialmente, la URSS rechazó competir en la cita olímpica, pues la consideraba un evento burgués, capitalista y cercano a Occidente. En su lugar, los soviéticos impulsaron su propia versión de los Juegos: la Espartaquiada. Esta competición fue organizada por el Sportintern, la organización deportiva respaldada por la Internacional Comunista, entre 1928 y 1937.
Sin embargo, los soviéticos rompieron su aislamiento tras la Segunda Guerra Mundial y entraron en los Juegos Olímpicos para competir directamente con Estados Unidos durante la Guerra Fría. Desde entonces, la rivalidad geopolítica entre Washington y Moscú definió la competencia olímpica, incluso tras la desintegración de la URSS y la creación de la Federación Rusa. En conjunto, el país euroasiático suma 1.511 medallas entre ambos periodos, incluyendo las conseguidas por el Equipo Unificado de Barcelona 1992.
No obstante, en los últimos años, un nuevo país ha desafiado su hegemonía: China. La República Popular China debutó en los Juegos Olímpicos de 1952 junto a la URSS, pero no regresaría hasta 1984 debido a su conflicto con la República de China, más conocida como Taiwán, con quien se disputaba el uso del nombre de China. Sin embargo, su gran despegue se produjo con la organización de los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008. Como anfitriona, China quedó primera en el medallero por primera vez en su historia y consolidó su imagen como potencia global.
La tradición de las medallas de oro, plata y bronce se inauguró en los Juegos de 1904, celebrados en la localidad estadounidense de San Luis. Cada una representaba las tres primeras edades del ser humano en la mitología griega. No obstante, los registros del Comité Olímpico Internacional recogen los triunfos y podios cosechados por cada país desde la primera edición en 1896.
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En términos relativos, los países más exitosos se encuentran en Escandinavia. Finlandia y Suecia tienen el número más bajo de habitantes por medalla obtenida, mientras que Dinamarca y Noruega se sitúan entre los siete primeros de la lista.
Entre ellos, también destaca Hungría. Una de las claves de su éxito son las elevadas remuneraciones a sus atletas. Y es que el Estado húngaro otorga una pensión vitalicia a los deportistas mayores de 35 años que logran una medalla olímpica. En algunos casos, esa prestación alcanza los 12.000 euros mensuales, como sucede con la exgimnasta Ágnes Keleti, ganadora de diez medallas entre 1952 y 1956.
Por el contrario, el país más ineficiente en los Juegos Olímpicos es India, que obtiene una medalla por cada 35 millones de habitantes, el doble que el segundo con peor desempeño: Pakistán. La falta de inversión estatal y las profundas desigualdades sociales explican sus malos resultados. Otro que tampoco ha destacado en exceso es España. El país español cuenta con 169 preseas en el medallero histórico, 48 de oro, lo que le ubica por detrás de otros Estados más pequeños como Dinamarca, Suiza, Cuba o Países Bajos, y muy lejos de vecinos como Italia. Su mejor actuación siguen siendo las 22 medallas conquistadas en los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992, los únicos en los que ha participado como anfitriona.


