Cuando algún líder ruso hace alusión a las "poblaciones de habla rusa oprimidas", son muchos los países que contienen la respiración. Tras décadas de rusificación y asimilación cultural, el abrupto fin de la Unión Soviética dejó un mosaico de minorías rusas repartidas a lo largo y ancho de países que de pronto se convirtieron en Estados independientes. Es precisamente por eso que en Moldavia se temió que la justificación de la invasión rusa de Ucrania acabara extendiéndose a su región de Transnistria, un enclave de facto independiente y fuertemente vinculado a Rusia donde el Kremlin tiene desplegados a cerca de 1.500 soldados.
La región ha tenido históricamente una población multiétnica, donde moldavos, rusos y ucranianos han coexistido pacíficamente hablando sus respectivos idiomas. Pero en 1940 Josef Stalin decidió unir Transnistria —hasta entonces parte de una provincia de Ucrania— con la antigua provincia rumana de Besarabia para impulsar la identidad moldava y distanciarla de Rumanía. Entre otras medidas Moscú promovió una versión del idioma moldavo con alfabeto cirílico y acabó derribando los puentes culturales con Bucarest, desproveyendo de la idea de Estado-nación a los transnistrios.
Frente a esto, el nuevo nacionalismo moldavo contraatacó a finales de los ochenta para recuperar el alfabeto latino y apartar de los centros de poder a las minorías eslavas —rusos y ucranianos—. Transnistria declaró su propia república en 1990 para defenderse de los ataques contra el idioma ruso de Chisináu y evitar ser absorbida por el nuevo Estado moldavo o incluso por Rumanía. En aquel momento, no obstante, Mijaíl Gorbachov intervino y apaciguó los ánimos. Pero la región volvió a la carga en 1991 y aprovechó el vacío de poder en la Unión Soviética para proclamar la República Moldava Pridnestroviana.
La secesión pronto escaló y se convirtió en un conflicto militar en la primavera 1992 en el que perdieron la vida hasta 1.132 personas. Rusia sostuvo oficialmente una postura neu...