Hace 30 años, el 26 de diciembre de 1991, el Soviet Supremo reconocía la desaparición de la URSS tras un rápido proceso de disolución que no solo terminó afectando a la superpotencia, sino también a toda su esfera de influencia. Rusia quedaba como heredera de la URSS, pero el mapa de Europa ya había cambiado para siempre, y el espacio de seguridad ruso se había perdido en lo que ahora era el espacio postsoviético.
Durante los años 80 la URSS experimentó un periodo de estancamiento económico. Para salir del mismo, el líder soviético Mijaíl Gorbachov inició un proceso de aperturismo económico (perestroika) y político (glásnost) a imitación del que se había realizado en China. La rápida transición paralizó a un país hasta entonces totalitario y muy centralizado, lo que empeoró aún más la situación económica y el malestar social. A su vez, las élites del Partido Comunista se opusieron a los cambios, lo que derivó en el intento de golpe de estado de 1991, o golpe de agosto.
El proceso fue paralelo a la descomposición de Yugoslavia y el desmoronamiento del sistema comunista en los países miembros del Pacto de Varsovia. No era la primera vez que se iniciaban procesos de cambio en la órbita soviética, pero esta vez la URSS, enfrascada en sus reformas internas, no tendría la capacidad de intervenir para frenarlos.
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