Hubo un tiempo en el que Argentina fue séptima potencia global, tierra de oportunidades y envidia del viejo mundo. Entre finales del siglo XIX y principios de XX, fueron miles los europeos que cruzaron el Atlántico para poblar uno de los territorios más fértiles del planeta en el que todo era prosperidad. Apenas un siglo después, ya nada queda de ese país.
Con el 40% de la población sumida en la pobreza, una inflación del 211% y la mayor deuda contraída con el Fondo Monetario Internacional, Argentina se ha convertido en un sinónimo de crisis. No es una situación nueva: el país ha sufrido dieciséis crisis económicas en los últimos 160 años, aunque cada vez de manera más frecuente.
La consolidación del Estado argentino se produjo de la mano de la agricultura y la inmigración. Mientras borraba a la población indígena del mapa, el país se fue llenando de inmigrantes europeos, cultivos y granjas hasta erigirse en una potencia exportadora de materias primas. En 1908, ya era la séptima economía del mundo en términos de PIB per cápita en paridad de poder adquisitivo, según datos de la Maddison Project Database.
Pero esa apuesta, si bien rentable en un inicio, pronto demostró ser demasiado cortoplacista: Argentina descartó la industrialización y la fabricación de productos manufacturados y el estallido de la Primera Guerra Mundial, junto con la consiguiente caída de la demanda internacional, comprometió su hacienda. Solo entre 1914 y 1917 el PIB per cápita argentino cayó un 34%.
La Segunda Guerra Mundial volvió a provocar que varios países retrasaran el pago de sus importaciones y la inestabilidad terminó de instalarse en Argentina. Entre 1930 y 1976, de hecho, el país sufrió nueve golpes de Estado, según datos de The Coup d’État Project Dataset y numerosos cambios de Gobierno que fluctuaron entre un modelo proteccionista y nacionalista encabezado por Juan Domingo Perón y otro más enfocado al libre comercio.
Los Gobiernos dictatoriales de la Revolución Libertadora (1955-1958) y la Revolución Argentina (1966-1973) y los democráticos no peronistas de entre medias acudieron a la emisión de duda para controlar la inflación y sostener la economía, una práctica que se ha repetido sistemáticamente a lo largo de las décadas posteriores. La última dictadura cívico-militar, apoyada por Estados Unidos y de carácter neoliberal y derechista, pidió de hecho hasta tres préstamos al FMI en apenas siete años hasta que la desastrosa situación económica y la guerra de las Malvinas provocaron su colapso en 1983.
Por aquel entonces, Argentina ya había descendido hasta el puesto número 43 en el ranking económico global, pero volvió a caer hasta el 57 en 1989 después de que la emisión de moneda ordenada por el nuevo Gobierno democrático de Raúl Alfonsín condujera a la mayor hiperinflación en la historia argentina.
Su sustituto, Carlos Menem, que llegó al poder de la mano del peronismo pero aplicó una política neoliberal, consiguió reconducir momentáneamente la situación y el país volvió a escalar posiciones en el contexto internacional, pero la deuda y la pobreza no tardaron en entrar en una nueva espiral ascendente.
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Los fracasos de los Gobiernos posteriores auparon a una nueva corriente del peronismo, el kirchnerismo, que se apoyó en la subida de los precios de las commodities para moderar la inflación y pagarle al FMI. Pero de igual modo que su demanda sostuvo al país, el abaratamiento de las materias primas en la década de 2010 dejó a Argentina sin esa red se seguridad y pronto sus finanzas entraron en caída libre hasta tocar fondo en 2022, concretamente en el puesto número 66.
Ahora el triunfo de Javier Milei en las pasadas elecciones de noviembre y sus políticas libertarias y de ultraderecha amenazan con convertir Argentina en un experimento sociológico en manos del sector privado. El desenlace de esa estrategia aún está por ver, pero cada vez resulta más complicado recordar aquella época de esplendor y desarrollo que hizo de los argentinos una de las sociedades más ricas del mundo.