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Quizá podría pensarse que tras la caída de los últimos territorios que controlaba Daesh en Siria, en marzo de 2019, todo había acabado para un país que ya acumula ocho años de guerra. Nada más lejos de la realidad. La guerra ha dejado cifras insólitas: 400.000 muertos, 6,5 millones de personas registradas como refugiadas en otros países, 6,2 millones de desplazados dentro del país, 2 millones de niños afectados y más de 80.000 personas desaparecidas. Además, el conflicto persiste en determinadas zonas de Siria, aunque el presidente contra el que se rebeló el país ya haya recuperado aproximadamente dos tercios de su superficie con la inestimable ayuda de Rusia e Irán.
Además, Siria corre el riesgo de convertirse en el escenario de una guerra fría entre potencias regionales de Oriente Próximo. Que se dé por vencedor de la guerra a Al Assad por controlar gran parte del territorio en absoluto quiere decir que las zonas que faltan pasen automáticamente a su control. Sobre el terreno, el mapa de Siria es ahora un rompecabezas con diferentes actores enfrentados en varios puntos del país. Y Al Asad quiere recuperarlo todo y volver a ser reconocido como el líder del país en el escenario internacional.
Para ampliar: “El regreso de Bashar al Asad al tablero internacional”, Carlos Palomino en El Orden Mundial, 2019
Frentes abiertos y una guerra fría
El frente principal de la guerra de Siria está ahora en la provincia de Idlib, al noroeste del país. Además de ser el último refugio de los opositores al régimen, Idlib es una zona de gran interés estratégico, por ser fronteriza con Turquía y estar atravesada por la autopista M5, la espina dorsal de las comunicaciones entre el norte y el sur del país. Idlib también es una de las zonas incluidas en el proceso de Astaná, y por eso allí hay desplegadas fuerzas de Turquía, Rusia e Irán. En abril, Damasco inició una ofensiva contra esta región con graves consecuencias para la población, de modo que aunque existe el compromiso...
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