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Reuniones, congresos y cumbres; comida, mascotas y felicitaciones; partidos de fútbol, baloncesto, triatlón; niños riendo, niños llorando; fotos de grupo, retratos, selfies… Son tan solo algunos ejemplos de las imágenes que los mandatarios del mundo suben a sus cuentas de Instagram. La era de las redes sociales y de la interconexión, de los clics y de los likes, se impuso a los jefes de Estado y de Gobierno del mismo modo que cautivó los corazones de la generación millennial. Ellos mismos lo reconocen.
Las maneras de entenderla varían: mientras que para algunos Instagram no es más que una herramienta de trabajo, otros han llevado la gestión de la red social al siguiente nivel. En el primer caso abundan los trajes y los apretones de manos; en el segundo, la creatividad no tiene límite. Lo público se entreteje con lo privado —otra característica de la era de las redes— y toda estrategia es válida a la hora de conseguir seguidores y, quizás, votantes. La política moderna, traducida en Instagram al lenguaje visual, entra por los ojos para llegar a los corazones.
Para ampliar: “Las redes sociales, armas de la ciberdemocracia”, Diego Mourelle en El Orden Mundial, 2018
La imagen hecha política
Si la imagen no fuera una parte inseparable de la política, las principales galerías de arte estarían medio vacías. Desde los bustos de los emperadores romanos hasta los retratos ecuestres de Napoleón Bonaparte, el arte ha estado al servicio del poder para glorificar a los líderes o, incluso, para reescribir la historia. Con el nacimiento de las democracias modernas, la necesidad de conseguir electores incrementó todavía más el poder de la imagen. John Quincy Adams se convirtió en 1843 el primer presidente estadounidense en ser fotografiado —aunque fuera ya cuando había dejado el cargo—, y un siglo más tarde Eisenhower hizo historia cuando llevó su campaña a la televisión. Pero la apuesta por lo audiovisual no era exclusiva de los regímenes democráticos: ya en 1935 el filósofo ...
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