“Uno podía hacer creer a la gente las más fantásticas declaraciones un día y confiar en que, si al día siguiente recibía la prueba irrefutable de su falsedad, esa misma gente se refugiaría en el cinismo. En lugar de abandonar a los líderes que les habían mentido, asegurarían que siempre habían creído que tal declaración era una mentira, y admirarían a los líderes por su superior habilidad táctica”
Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, 1951
La política del siglo XXI no se concibe sin las redes sociales. Independientemente del país que se analice, casi todos tienen en común el protagonismo creciente de estas nuevas tecnologías en su vida política. Su popularización ha conducido irremediablemente a una digitalización de las democracias modernas. Los ecosistemas mediáticos han ido perfilando nuevas prácticas y comportamientos electorales, el consumo y fabricación de información se ha ido descentralizando, las agendas políticas se han volatilizado y los votantes dependen cada vez más de sus dispositivos electrónicos para informarse y articular sus percepciones y preferencias electorales. La democratización de la tecnología ha favorecido una tecnologización de la democracia, pero ¿está preparada la opinión pública para gestionar esta revolución?
¿Instrumentos democratizadores o armas de desinformación masiva?
La primera vez que las redes sociales tuvieron un efecto tangible sobre el devenir de la política internacional suele situarse en los meses finales de 2010. Por aquel entonces, un anónimo vendedor de frutas tunecino, Mohamed Buazizi, se inmolaba como señal de protesta ante las pésimas perspectivas económicas de la juventud árabe. Su ejemplo pronto provocaría una descarga eléctrica sin precedentes en el sistema nervioso del mundo islámico. Comenzaban las por entonces llamadas primaveras árabes y, con ellas, la primera gran batalla política transnacional en la que herramientas como Facebook, Twitter o YouTube resultaron claves en la organización y difusión de...