La sequía en el origen de la guerra de Siria

Aunque la guerra en Siria a menudo se simplifica como un conflicto religioso entre chiíes y suníes, los elementos que han tomado parte tanto en su estallido como en su desarrollo son múltiples y complejos. Entre esta multiplicidad de factores hay uno de particular relevancia para comprender la escalada de tensiones socioeconómicas que desembocaron en la guerra: la lucha por el agua. Este es uno de los elementos que llevaría a la oleada de revueltas en 2011 y un factor de vulnerabilidad estructural en Siria.
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La sequía en el origen de la guerra de Siria
Un joven sirio rellena un bidón de agua. Fuente: UNICEF

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Entre 2006 y 2010 Siria padeció una intensa sequía con consecuencias catastróficas. A diferencia de cinco de las seis grandes sequías que sufrió durante el siglo XX, la que comenzó en 2006 se prolongó durante varios años y afectó desastrosamente a su economía destrozando un sector agrícola que aportaba entre un 17 y un 30% del PIB y que empleaba a alrededor de un tercio de la población —en 2010 tan solo daba trabajo a un 13%—. La falta de lluvia y el agotamiento de las aguas subterráneas diezmaron la producción agrícola; especialmente perjudicados fueron los cultivos de trigo y centeno, cuya producción cayó un 47% y un 67%, respectivamente, entre 2006 y 2009. Por su parte, los pastores de la región nordeste perdieron cerca del 85% de sus rebaños. De ser autosuficiente en productos alimentarios e incluso exportadora de trigo, Siria había pasado a convertirse en un país dependiente de la importación de trigo, con un coste cada vez mayor debido a las crisis alimentarias mundiales de 2006-2008 y 2010-2011. Para 2010 el precio del trigo y el maíz era un 50% más elevado respecto al año anterior La sequía dejó entre dos y tres millones de personas en situación de pobreza extrema, en las regiones del norte y este los índices de malnutrición se dispararon y la población se vio afectada por problemas de acceso a agua potable y servicios de sanidad. También forzó el desplazamiento de más de 40.000 familias a centros urbanos —concretamente Damasco, Hama, Alepo y Deraa—; mientras cientos de pueblos eran abandonados, la presión aumentaba en ciudades cuyos servicios ya estaban de por sí saturados por la acogida de cerca de un millón de refugiados iraquíes. Entre los desplazados internos y los refugiados iraquíes, las principales urbes sirias recibieron en pocos años a más de tres millones de inmigrantes en busca de trabajo y con unas rentas reales mermadas debido a la inflación en productos básicos, derivada en parte de la falta de agua. La presencia de tantos migrantes en las ciudades no hizo sino empeorar la ya de por sí precaria estabilidad social y económica de la república árabe, tensión que en última instancia llevaría al estallido de la guerra. Los flujos migratorios de las zonas rurales del norte al sur llevaron consigo un desplazamiento geográfico de la pobreza: la región meridional prácticamente duplicó sus índices de pobreza extrema entre 2004 y 2007 y pasó de ser la zona con menor índice de pobreza a la segunda región más pobre de la república. De esta manera, se entiende, en parte, el descontento de las poblaciones rurales —tanto de las desplazadas como de las que no— con el régimen de Al Asad. La oleada de protestas que acabaría recorriendo el país tuvo sus primeras —aunque poco conocidas— manifestaciones en el norte con una inmolación en Hasaka y la manifestación en Al Rabua en enero de 2011. A esto lo seguirían las protestas en Deraa, una región agrícola por entonces afligida por la escasez de agua y crecientes flujos migratorios procedentes del norte. Las revueltas se trasladarían a otras regiones rurales, como Homs o Hama, y a Damasco para acabar generalizándose por todo el país. [caption id="attachment_22733" align="aligncenter" width="1600"] Distribución de la población afectada por la sequía. Fuente: ONU[/caption] Sin embargo, la sequía no afectó solamente a Siria, sino que fue generalizada en la región. La sobreexplotación de los recursos hídricos tampoco era exclusiva del caso sirio: entre 2003 y 2009 el Creciente Fértil perdió 144 kilómetros cúbicos de agua —el equivalente al volumen del mar Muerto—, más de la mitad debido al agotamiento de los acuíferos. La región se convirtió en el segundo punto mundial de pérdida de agua subterránea, solo superada por el noroeste de la India. Entonces, ¿cómo es que la falta de agua desembocó en tal debacle en solo un país? Las razones las encontramos en que decisiones políticas desacertadas y la mala gestión de los recursos hídricos hicieron a Siria especialmente vulnerable a la sequía. Dicho de otro modo, la vulnerabilidad estructural de la república árabe a la escasez de agua no es tanto natural como un constructo de origen humano. Desde que llegó al poder en 1963 y en gran medida debido a sus fuertes raíces rurales, el partido Baaz puso el foco en la agricultura. Una vez toma la presidencia en 1971, Háfez al Asad adoptó el objetivo de hacer de Siria un país autosuficiente alentando la producción de cultivos estratégicos de uso intensivo de agua, como el algodón, la remolacha azucarera, el trigo y la cebada. Entre 1988 y 2000 se invirtieron más de 15.000 millones de dólares en proyectos de irrigación mal planeados y ubicados en áreas sin agua suficiente. Para comienzos de la década de los 2000, la agricultura de regadío concentraba entre el 85 y el 90% del uso del agua, en su mayoría subterránea, sobreexplotada hasta el punto de que casi un 80% de su bombeo era insostenible —es decir, se extraía a un ritmo superior al de recuperación—. Para ampliar: “Algodón, la geopolítica del oro blanco”, Marcos Bartolomé en El Orden Mundial, 2017 Entre el boom demográfico y el agotamiento de sus recursos hídricos, para 2005 Siria ya había caído por debajo de la línea de escasez de agua, situada en los 1000 metros cúbicos anuales por persona. A la sobreexplotación de los recursos acuíferos contribuyó la construcción generalizada —y, en su mayor parte, ilegal— de pozos por todo el país, que pasaron de 135.000 en 1999 a casi 230.000 en 2010. Esta actividad se vio alentada por los subsidios al crudo, que abarataban enormemente el bombeo de agua subterránea, y por la facilidad con la que se concedían los préstamos para construir pozos. Por otra parte, el 60% del agua superficial en territorio sirio tiene su origen fuera de sus fronteras. A falta de acuerdos regionales, la gestión de los recursos hídricos que lleven a cabo sus vecinos ribereños afecta en gran medida a la república. Tal es el caso del mastodóntico Proyecto de Anatolia Suroriental —conocido como GAP— que Turquía viene desarrollando desde la década de 1980. En su objetivo de construir 19 plantas hidroeléctricas y 22 presas en la Anatolia, el GAP ha reducido en un 40% el flujo de agua de los ríos Éufrates y Tigris hacia Siria y ha deteriorado su calidad con la contaminación y salinización. En último lugar, hay que poner en relieve la crisis estructural de la región nordeste de Siria, donde más se sintió la sequía. En ninguna parte fue la actividad agrícola tan promovida como en la  Gobernación de Hasaka, que pasó a convertirse en el granero de Siria y donde más cayó la producción agrícola. Hasaka es también la región donde se concentra la mayoría de la población kurda de Siria; por ello, desde la década de 1960 se convirtió en el foco de la política de arabización de Baaz. Las ayudas estatales y la creación del lago Al Asad incentivaron la llegada de miles de sirios árabes y la expansión de la actividad agrícola. Esta política tenía como fin aumentar el control sobre la región habitada por la mayor minoría no árabe del país y crear un cordón sanitario que los separase de la población kurda que habitaba en la frontera turca. De hecho, las ayudas de alivio de la sequía de la ONU y del Gobierno de Bashar al Asad durante 2009 se centraron solamente en las poblaciones árabes y dejaron de lado a las comunidades kurdas. Debido a que no cuentan con la nacionalidad siria, entre 250.000 y 300.000 kurdos están excluidos de ayudas sociales, subsidios a los alimentos, sanidad, etc. La falta de agua y la subsecuente crisis del sector agrícola azotaron la región más pobre del país y donde se encontraba la comunidad más vulnerable de la república árabe. La sequía que asoló Siria entre 2006 y 2009, con la oleada de pobreza y flujos migratorios que provocó, contribuyó sin duda a desequilibrar la balanza socioeconómica del país. Si bien no fue un fenómeno exclusivo en Siria, en ningún país ha tenido repercusiones tan catastróficas. La escasez de agua ha de ser entendida dentro de un contexto más amplio de crisis agraria prolongada, mala gestión de los recursos hídricos, ausencia de acuerdos regionales y políticas estatales que acentuaron la dependencia y vulnerabilidad del país al acceso al agua. Mediante una cadena de causalidades que se fue desarrollando a lo largo de décadas, el agua se convirtió en el punto débil de Siria. El oro líquido se convirtió así en uno de los numerosos factores que se entrelazaron y retroalimentaron en la compleja red de elementos que acabarían provocando el estallido de la guerra. El encarecimiento de productos básicos, el empobrecimiento y desencanto de agricultores y población kurda, la migración forzada, la creciente competición por trabajos de baja calidad en las ciudades, la malnutrición…; todos estos elementos, estrechamente vinculados a la desacertada gestión de los recursos hídricos del país y a la sequía prolongada, se unieron y alimentaron en parte otros problemas, como la abundante represión, corrupción, desempleo, eliminación de subsidios estatales, la brecha urbano-rural o la división religiosa y étnica, para finalmente desencadenar la espiral de violencia que sigue afligiendo Siria en la actualidad.

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Teresa Romero

Córdoba, 1995. Graduada en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid y estudiante del Máster en Economía Política Internacional por el King's College de Londres. Interesada en asuntos de medio ambiente, seguridad y geopolítica, especialmente en la región de Asia.