Distribución de la población afectada por la sequía. Fuente: ONU[/caption]
Sin embargo, la sequía no afectó solamente a Siria, sino que fue generalizada en la región. La sobreexplotación de los recursos hídricos tampoco era exclusiva del caso sirio: entre 2003 y 2009 el Creciente Fértil perdió 144 kilómetros cúbicos de agua —el equivalente al volumen del mar Muerto—, más de la mitad debido al agotamiento de los acuíferos. La región se convirtió en el segundo punto mundial de pérdida de agua subterránea, solo superada por el noroeste de la India. Entonces, ¿cómo es que la falta de agua desembocó en tal debacle en solo un país? Las razones las encontramos en que decisiones políticas desacertadas y la mala gestión de los recursos hídricos hicieron a Siria especialmente vulnerable a la sequía. Dicho de otro modo, la vulnerabilidad estructural de la república árabe a la escasez de agua no es tanto natural como un constructo de origen humano.
Desde que llegó al poder en 1963 y en gran medida debido a sus fuertes raíces rurales, el partido Baaz puso el foco en la agricultura. Una vez toma la presidencia en 1971, Háfez al Asad adoptó el objetivo de hacer de Siria un país autosuficiente alentando la producción de cultivos estratégicos de uso intensivo de agua, como el algodón, la remolacha azucarera, el trigo y la cebada. Entre 1988 y 2000 se invirtieron más de 15.000 millones de dólares en proyectos de irrigación mal planeados y ubicados en áreas sin agua suficiente. Para comienzos de la década de los 2000, la agricultura de regadío concentraba entre el 85 y el 90% del uso del agua, en su mayoría subterránea, sobreexplotada hasta el punto de que casi un 80% de su bombeo era insostenible —es decir, se extraía a un ritmo superior al de recuperación—.
Para ampliar: “Algodón, la geopolítica del oro blanco”, Marcos Bartolomé en El Orden Mundial, 2017
Entre el boom demográfico y el agotamiento de sus recursos hídricos, para 2005 Siria ya había caído por debajo de la línea de escasez de agua, situada en los 1000 metros cúbicos anuales por persona. A la sobreexplotación de los recursos acuíferos contribuyó la construcción generalizada —y, en su mayor parte, ilegal— de pozos por todo el país, que pasaron de 135.000 en 1999 a casi 230.000 en 2010. Esta actividad se vio alentada por los subsidios al crudo, que abarataban enormemente el bombeo de agua subterránea, y por la facilidad con la que se concedían los préstamos para construir pozos. Por otra parte, el 60% del agua superficial en territorio sirio tiene su origen fuera de sus fronteras. A falta de acuerdos regionales, la gestión de los recursos hídricos que lleven a cabo sus vecinos ribereños afecta en gran medida a la república. Tal es el caso del mastodóntico Proyecto de Anatolia Suroriental —conocido como GAP— que Turquía viene desarrollando desde la década de 1980. En su objetivo de construir 19 plantas hidroeléctricas y 22 presas en la Anatolia, el GAP ha reducido en un 40% el flujo de agua de los ríos Éufrates y Tigris hacia Siria y ha deteriorado su calidad con la contaminación y salinización.
En último lugar, hay que poner en relieve la crisis estructural de la región nordeste de Siria, donde más se sintió la sequía. En ninguna parte fue la actividad agrícola tan promovida como en la Gobernación de Hasaka, que pasó a convertirse en el granero de Siria y donde más cayó la producción agrícola. Hasaka es también la región donde se concentra la mayoría de la población kurda de Siria; por ello, desde la década de 1960 se convirtió en el foco de la política de arabización de Baaz. Las ayudas estatales y la creación del lago Al Asad incentivaron la llegada de miles de sirios árabes y la expansión de la actividad agrícola. Esta política tenía como fin aumentar el control sobre la región habitada por la mayor minoría no árabe del país y crear un cordón sanitario que los separase de la población kurda que habitaba en la frontera turca. De hecho, las ayudas de alivio de la sequía de la ONU y del Gobierno de Bashar al Asad durante 2009 se centraron solamente en las poblaciones árabes y dejaron de lado a las comunidades kurdas. Debido a que no cuentan con la nacionalidad siria, entre 250.000 y 300.000 kurdos están excluidos de ayudas sociales, subsidios a los alimentos, sanidad, etc. La falta de agua y la subsecuente crisis del sector agrícola azotaron la región más pobre del país y donde se encontraba la comunidad más vulnerable de la república árabe.
La sequía que asoló Siria entre 2006 y 2009, con la oleada de pobreza y flujos migratorios que provocó, contribuyó sin duda a desequilibrar la balanza socioeconómica del país. Si bien no fue un fenómeno exclusivo en Siria, en ningún país ha tenido repercusiones tan catastróficas. La escasez de agua ha de ser entendida dentro de un contexto más amplio de crisis agraria prolongada, mala gestión de los recursos hídricos, ausencia de acuerdos regionales y políticas estatales que acentuaron la dependencia y vulnerabilidad del país al acceso al agua. Mediante una cadena de causalidades que se fue desarrollando a lo largo de décadas, el agua se convirtió en el punto débil de Siria. El oro líquido se convirtió así en uno de los numerosos factores que se entrelazaron y retroalimentaron en la compleja red de elementos que acabarían provocando el estallido de la guerra. El encarecimiento de productos básicos, el empobrecimiento y desencanto de agricultores y población kurda, la migración forzada, la creciente competición por trabajos de baja calidad en las ciudades, la malnutrición…; todos estos elementos, estrechamente vinculados a la desacertada gestión de los recursos hídricos del país y a la sequía prolongada, se unieron y alimentaron en parte otros problemas, como la abundante represión, corrupción, desempleo, eliminación de subsidios estatales, la brecha urbano-rural o la división religiosa y étnica, para finalmente desencadenar la espiral de violencia que sigue afligiendo Siria en la actualidad.Suscríbete a EOM para seguir leyendo este artículo
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