El 1 de junio de 2018 fue un día de especial importancia para los partidos euroescépticos del Viejo Continente. En Italia, por ejemplo, el nuevo primer ministro Giuseppe Conte juraba su cargo, aupado por un acuerdo entre la Liga Norte y el Movimiento Cinco Estrellas. Ese mismo día, al otro lado de los Alpes, en la ciudad de Lyon, Marine Le Pen proclamaba un orgulloso: “Homenaje al Frente Nacional, viva la Agrupación Nacional”, en un momento histórico para el partido. Tras 46 años blandiendo el nombre con el que fue bautizado por Jean-Marie Le Pen en 1972, el ya extinto Frente Nacional francés adoptaba su nueva nomenclatura, propuesta por su actual presidenta e hija del histórico fundador.
Para ampliar: “Frente Nacional: el primer partido de Francia”, Adrián Albiac y Luis Jiménez en El Orden Mundial, 2015
Este sustancial cambio es la medida más visible de un proyecto de modernización de un partido que llegó a la segunda vuelta en las últimas elecciones del país galo, donde obtuvo un 33,9%, mientras que el ganador y actual presidente, Emmanuel Macron, obtuvo un 66,1% del total. La estrategia reside en la necesidad de desembarazarse del bagaje negativo asociado a las siglas del FN —racismo, extremismo…— para dejar así de ser considerados como un partido de ultraderecha y convertirse en un verdadero partido de gobierno.
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