Geopolítica América del Norte

La Marina estadounidense: de providencia a estrategia

La Marina estadounidense: de providencia a estrategia
Marines estadounidenses desfilando en abril de 2014. Fuente: Especialista de comunicación de la marina estadounidense Vladimir Ramos / Navy Live)

La Marina es una de las ramas más temidas del Ejército estadounidense, pero no siempre fue así. Estados Unidos fue dotado de un “destino manifiesto” que cumplir y el planteamiento de que algo no estaba saliendo bien hizo que el almirante Alfred Thayer Mahan reflexionara sobre cómo construir lo que él consideraba clave en la Historia de las grandes naciones: el poder naval. Él sentó las bases para la doctrina militar estadounidense, y en la política exterior del país aún se pueden ver los rastros de las ideas de un marino que nació en West Point.

El mito religioso y el poderío nacional han ido siempre unidos de la mano. En el siglo XVI, ante la preponderancia del Reino de España en la Europa moderna, unos y otros clamaban que Dios era español. La superioridad de los tercios del país mediterráneo se hacía evidente ante los ojos de unos derrotados holandeses y unos sorprendidos italianos. La astucia política y la estrategia militar lograron que el mundo pensara que lo sobrenatural protegía y guiaba la acción de España.

Doscientos años más tarde, trece colonias al otro lado del Atlántico se sublevaban y creaban un nuevo Estado bajo principios liberales. Viéndose a sí mismos como herederos del protestantismo y el carácter anglosajón de sus antepasados, que habían huido de una Europa consumida por las rivalidades y con unos estándares morales desgastados, formaron unos Estados Unidos que debían ser el rayo de luz que iluminara al mundo en decadencia.

Este pensamiento central se filtró pronto en la ciencia, en concreto en las disciplinas militares, que trataban de explicar en cierta manera que la bonanza económica y la justificación de salvaguardarla mediante lo que fuese necesario según el periodo histórico provenían de un mandato divino.

Los Estados Unidos de Dios

Las migraciones al Nuevo Mundo, en especial las de los monjes puritanos, que se asentarían en las trece colonias fundadoras de lo que conocemos hoy como los Estados Unidos de América, fundaron las bases de una peculiaridad nacional que evolucionaría hacia la mitificación de un país entero. Desde las primeras oleadas de monjes puritanos que argumentaban escapar de la corrompida Europa del pecado y con la intención de fundar un país libre de los desvíos del Viejo Continente hasta la política exterior estadounidense actual, el país ha actuado bajo el sentimiento de ser guiado por Dios. En su discurso de toma de posesión, el presidente Trump definía su país entre aplausos como una nación “protegida por Dios”.

El progreso americano, de John Gast (1873), muestra a una figura femenina, alegoría de EE. UU., guiando a los colonos a través del campo en su encuentro con los nativos. Esta lleva en su mano un libro que bien podría ser una biblia. Fuente: Biblioteca del Congreso de EE. UU.

Especialmente pragmático y útil para la construcción de un discurso unitario, el quehacer político fue personificado en una alegoría del milagro divino, de la gracia inspiradora que había bañado con su luz las tierras del noreste de EE. UU. “Nuestro destino manifiesto es expandirnos por el continente designado por la Providencia para el desarrollo libre de nuestros cada vez más aumentados millones anuales”, escribía en 1845 el periodista John O’Sullivan para justificar la expansión hacia el oeste de las comunidades protestantes independientes, solo seis años después de debutar su visión de que los estadounidenses “pueden asumir con confianza que [el] país está destinado a ser la Gran Nación del futuro”.

Los jóvenes Estados Unidos habían empezado su expansión hacia el oeste con la compra de Luisiana a Napoleón Bonaparte en 1803, lo cual daba comienzo a la ambición de asegurar el territorio y anexionarse tierras para su futura explotación económica. Para cuando O’Sullivan creaba el concepto de “destino manifiesto”, otros territorios ya habían sido anexionados y acababa de irrumpir la guerra con México por la incorporación de Texas como el estado número 28 de la Unión Americana. Debido a sus bajos precios y a la crisis de 1819, muchos estadounidenses se habían asentado en el Texas mexicano. Allí, donde había tensiones derivadas del hecho de que la esclavitud no estuviese permitida —entre otras cosas—, los residentes se alzaron en armas contra México, y solo lograron su independencia tras aprisionar al presidente Antonio López de Santa Anna en la batalla de San Jacinto y que este se la concediera en el tratado de Velasco de 1836 a cambio de su libertad. Tras nueve años de república texana y una brutal guerra con México, el Congreso votó su incorporación y estableció el río Bravo como frontera entre Estados Unidos y México en el año 1845.

Para ampliar: “The West and the War with Mexico”, William E. Dodd, 1912

La conquista de los Estados Unidos hacia el oeste fue relativamente rápida si tenemos en cuenta la extensión y el tiempo. En 1845, tras la anexión de Texas, el mapa quedaba completo a excepción de la presencia mexicana en California y territorios adyacentes. Fuente: L’Historia

La conceptualización del “destino manifiesto” surgió como una manera de resumir los comportamientos políticos que no solo aparecían detrás de la acción, sino también de símbolos tales como el himno de los Estados Unidos, cuya cuarta estrofa reza:

“¡Oh, si hubiera una ocasión en la que los hombres libres tuvieran que rebelarse

entre su amada casa y la desolación de la guerra!

Bendecida sea con victoria y paz la tierra rescatada por el Cielo.

¡Alaba el poder que nos ha hecho y nos ha preservado como una nación!

Entonces conquistar deberemos, cuando nuestra causa es justa,

y este será nuestro lema: ‘En Dios confiamos’.

Y el estandarte estrellado al triunfo ondearemos

en la tierra de los libres y el hogar de los valientes”.

Providencia sobre papel: la definición de América

Veinte años antes de que el “destino manifiesto” fuera acuñado, el presidente James Monroe aparecía frente a ambas cámaras parlamentarias el 2 de diciembre de 1823 para pronunciar un discurso que cambiaría la concepción de la política exterior estadounidense. En él subrayaba que los Estados Unidos no tenían interés en las guerras europeas —las revoluciones liberales de 1820 habían creado un clima muy convulso— y que, por ende, los europeos —sobre todo Francia y Reino Unido— debían guardarse de intervenir en los asuntos internos de EE. UU. La doctrina Monroe se enmarcaba en un momento en el cual los imperios español y portugués estaban terminando de desmoronarse y Asia y África eran sujetos de los impulsos expansionistas de los imperios francés y británico.

Durante la presidencia de Monroe, los Estados Unidos entablaron por vez primera relaciones diplomáticas con los nuevos Estados de América del Sur y continuaron su expansión hacia el oeste. Encontrar nuevos mercados y mejorar las relaciones con el resto del continente era primordial para garantizar la prosperidad de un país que aún no había despegado ni como potencia económica ni como potencia militar, hecho que se consolidaría tras la Primera Guerra Mundial. Estados Unidos era todo aquello al norte del río Bravo que representaba la “guerra justa” en su expansión. Este pensamiento sería futuramente reacotado entre la mencionada frontera natural y el paralelo 49 norte, acordado con los británicos como límite tras la anexión de Oregón.

El siguiente gran paladín del “destino manifiesto” y de la reorganización de las prioridades de la política exterior estadounidense en su actuación en todo el continente fue el vigésimo sexto presidente de la república. El primero de los Roosevelt llegó a la presidencia en 1901 después del trágico asesinato del presidente William McKinley. Su antecesor había puesto todos sus esfuerzos en consolidar la presencia estadounidense en el mercado mundial y de él heredó todo un imperio, con Filipinas, Puerto Rico y Cuba ganados a los españoles en 1898 y Hawái anexionado a Estados Unidos un año antes.

Para ampliar: “Estados Unidos en Latinoamérica”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2013

Desde el principio, Theodore Roosevelt trató de redefinir el nacionalismo estadounidense y buscó, incluso después de dejar la presidencia, una política exterior más agresiva. Es notorio su discurso en San Luis (Misuri) tres años antes de su fallecimiento, en el que articuló la máxima tan utilizada para denominar la política panamericana de la nación: “América para los americanos”. Para él, Estados Unidos es un país de inmigrantes, multicultural, multiétnico y multiconfesional; no obstante, esta doctrina del crisol de culturas —la idea de que la sociedad norteamericana es el producto de la mezcla— debía ser respondida con una declaración de patriotismo por parte de los nuevos —o viejos— inmigrantes; dejar de lado sensibilidades propias del país de origen y proteger los intereses nacionales. La protección de estos intereses le llevó a patrocinar la injerencia estadounidense en América Central y América del Sur; América llegaba desde el paralelo 49 al cabo de Hornos. “Habla suave y lleva un buen garrote. Llegarás lejos”.

Roosevelt fue muy inteligente al hacer equivalente inmigrante y ciudadano; una amalgama de países y su sedimento cultural y lingüístico componen el Estado. De hecho, en 1910 la procedencia de los inmigrantes era mucho más diversa que hoy.

Construir la Marina para construir EE. UU.

Alfred Thayer Mahan (1840-1914) recibió su segundo nombre del general del Ejército de Tierra y fundador de West Point (Nueva York), una de las academias militares más importantes de Estados Unidos. El prestigioso título de almirante le fue concedido por medio de un decreto que elevaba a todos los oficiales que participaron en la guerra civil estadounidense. Su pericia en el mar no era algo por lo que destacara entre sus compañeros y se decía de él que soñaba con los tiempos en los que los barcos se impulsaban por velas de algodón. No obstante, su excepcional manejo de la palabra y la habilidad de poner en ella sus ideas sobre la superioridad del poder naval al poder terrestre y, en concreto, su análisis sobre los distintos componentes del poder naval y su planteamiento en términos políticos de cómo reformar la Armada estadounidense para llegar a una situación de poder le han hecho ganarse un sitio entre los grandes de la estrategia militar y de la geopolítica, aunque él escribiera antes de que se acuñase este término.

Bajo la óptica mahaniana, el papel de la marina había sido decisivo en los grandes conflictos de la Historia. Claro está que el límite de sus investigaciones se encontraba en los siglos XVII y XVIII; no se atrevía a cubrir con profundidad los conflictos de su época, en la que el vapor había reemplazado a la vela. Para Mahan, el poder naval era el resultado de la suma de factores externos e internos al propio país, y todos ellos coincidían en el manejo y el reconocimiento del valor de un mismo aspecto: el comercio. La posición geográfica, la conformación física del territorio nacional, su extensión, el número de población y el carácter nacional, así como el del Gobierno, son prioritarios para la creación de un comercio duradero y de calidad, capaz de competir y de imponerse en los conflictos futuros.

El poder de un Estado viene de su poderío económico, y con un mercado interior saturado —una de las muchas razones por las cuales se había dado la expansión hacia al oeste— la manera de seguir creciendo y de llegar a ser la “gran nación del futuro” de O’Sullivan era buscar nuevos mercados en el exterior. El comercio era para el oficial de la Armada la fuente de la riqueza, y sin riqueza no se puede tener poder militar. Esta idea se retroalimentaba y llegaba a la siguiente conclusión: una marina de guerra es necesaria para proteger el comercio marítimo. Para poder llegar lejos, Estados Unidos debería buscar bases de apoyo —puertos— en otros lugares si no disponía de los suficientes —en número y ubicación— dentro de su territorio. Hablar de colonias en este contexto no era un disparate para Mahan; era, de hecho, una necesidad de supervivencia. Y el lugar más propicio para hacerlo era el Caribe. Al igual que para los romanos el Mediterráneo, el mar Caribe debía ser el nexo entre América y la línea de defensa del comercio, pero, al contrario que para ellos, quizá no fuera necesario un control directo sobre él.

Para ampliar: “Diplomacia del dólar” (en inglés), Enciclopedia Británica

Estados Unidos cuenta con la mayor extensión de aguas territoriales, lo cual le brinda ventajas comerciales y militares.

Lo relevante del pensamiento del marino estadounidense es la creación del término poder naval y la identificación del carácter nacional e institucional para el mantenimiento de un ejército capaz y poderoso. Más allá de los beneficios geográficos —comunes en otros pensadores de la geopolítica posterior—, el comportamiento humano cobraba relevancia. Mahan creía que “todos los hombres buscan el beneficio y, unos más y otros menos, aman el dinero”, pero es la naturalidad con la que estos se echan a la mar para vender sus productos y traer otros lo que crea una verdadera conciencia sobre este medio. Así, las grandes civilizaciones de la Historia han tenido manejo en el mar —salvo los romanos, apunta—. Además de esto, el “carácter institucional” en tiempos de paz y de guerra repercute directamente sobre el poder naval: en época de paz, el Gobierno puede fomentar el comercio con otros países; en tiempos de guerra, puede tener una armada lista para actuar, con un tamaño y unas unidades de reserva adecuados. No obstante, Mahan se lamenta de que el carácter representativo de un Gobierno democrático pudiese poner trabas al aumento del gasto militar para la construcción de elementos bélicos, con lo que debería tener siempre un interés representativo capaz de persuadir a los diputados de su necesidad frente a otros asuntos.

Una mirada hacia el futuro

Ocho años más tarde de la publicación del tratado de Mahan, Estados Unidos y España entraban en guerra. La última perdía varias de sus colonias, algunas en el Caribe, donde Estados Unidos impuso un régimen de protectorado. La obra del marino estadounidense La influencia del poder naval en la Historia, 1660-1783 inspiró a grandes líderes, incluido Otto von Bismark, cuyo intento de construir una marina que rivalizara con la de Gran Bretaña fue una de las causas de la Primera Guerra Mundial. El año del fallecimiento del autor, en el que comenzó la Gran Guerra, Estados Unidos ocupó un gran número de puertos caribeños y el canal de Panamá, que ya había sido intervenido bajo la presidencia de Roosevelt.

De hecho, bajo la presidencia de este, el Congreso aprobó la creación de la Gran Flota Blanca, cuya magnificencia impresionaría al resto de países y traería la paz. Incluso ahora, en pleno siglo XXI, la Marina estadounidense sigue siendo objeto de admiración por parte de muchas naciones, y no por casualidad Estados Unidos sigue siendo la primera potencia económica mundial. Henry L. Stimson, tras su retirada del puesto de secretario de Guerra al finalizar la Segunda Guerra Mundial, afirmaba que la cosmogonía psicológica del departamento de Marina estadounidense a menudo “parecía abandonar los dominios de la lógica para introducirse en un confuso mundo religioso en el cual Neptuno era su Dios, Mahan su profeta y la Marina de los Estados Unidos la única Iglesia verdadera”.

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