Estamos en 2022. Toda Europa está ocupada por la irrelevancia… ¿Toda? ¡No! La irreductible capital gala resiste, todavía y como siempre, al invasor. O eso pretende Emmanuel Macron, el intrépido Astérix que ha visitado esta semana a sus homólogos Vladímir Putin en Moscú y Volodímir Zelenski en Kiev. En enero, con el debut de la presidencia rotativa del Consejo de la Unión Europea, el líder francés pedía “un rearme estratégico” ante la ausencia del bloque en las negociaciones para aplacar la amenaza rusa en Ucrania. Pese a su tono europeísta y grandilocuente, los eurodiputados le afearon que no se dirigía a ellos, sino a los franceses.
Con las elecciones en abril, Macron se sirve de la presidencia de la UE para catapultarse hacia otro quinquenato en Francia. Pero la crisis en Ucrania ha convertido la apuesta por la diplomacia en un órdago y liga el futuro político del presidente francés a su resolución. Lejos de velar por los ucranianos, el inquilino del Elíseo replica la tendencia francesa de envolver los intereses propios en la bandera europea.
Autonomía estratégica: la diplomacia de los irreductibles galos
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