El control por los islotes y arrecifes del mar de la China Meridional enfrenta a China con cinco países del sudeste asiático. No es para menos, pues la ruta comercial que pasa por sus aguas es la más valiosa del mundo: supone un tercio del comercio global, está valorada en 3,4 millones de billones de dólares anuales y su suelo marino guarda importantes reservas de hidrocarburos. Pero países como Filipinas deben conciliar esta disputa territorial con sus importantes relaciones comerciales con Pekín. Por ello el Gobierno filipino no ha reivindicado la sentencia internacional de 2016 que invalidó las demandas de China en la zona. En cambio, el entonces recién elegido presidente Rodrigo Duterte anunció que su intención era fortalecer las relaciones con el gigante asiático.
Esta decisión supuso un giro en la política exterior filipina, que ha dejado de lado su tradicional alianza con Estados Unidos para acercarse a China. Duterte se proponía conseguir inversiones chinas que estimularan la economía filipina sin recibir sanciones por las miles de víctimas de su guerra contra las drogas y la represión a la oposición, y sacar provecho del miedo de Washington a perder un histórico aliado en Asia. Sin embargo, a menos de un año de las elecciones generales en Filipinas de mayo de 2022, China ha cumplido pocos proyectos y ha incrementado sus incursiones navales en aguas filipinas, poniendo en cuestión el acercamiento de Duterte a Pekín.
Los barcos chinos se expanden por las aguas filipinas
China se impone cada vez más en el mar de la China Meridional, enviando navíos a sus aguas como hizo el pasado marzo en el arrecife Whitsun. Este arrecife, que forma parte de las disputadas islas Spratly, está dentro de la zona económica exclusiva filipina. Aun así, el Gobierno filipino denunció el 21 de marzo que 220 buques chinos llevaban dos semanas amarrados en Whitsun, y se sospechaba que estaban tripulados por la milicia marítima china. Ante esta violación de su soberanía, Filipinas respondió enviando cazas y buques militares para impedir que China asumiera el control de la zona. A finales de mayo hubo otra incursión, esta vez en la isla Thitu, en la que hay un destacamento militar filipino. Los dos territorios son una fuente importante de pesca y se cree además que su subsuelo contiene grandes reservas de gas y petróleo.
Estas incursiones no son nuevas. En 1995, China tomó el control del arrecife Mischief, también en las islas Spratly y que Filipinas reclama, y en menos de diez años lo convirtió en una base militar con pista de aterrizaje. Pero el caso más sonado fue el del atolón Scarborough, en 2012. Pese a estar a solo 220 kilómetros de sus costas y contar con una sentencia internacional a su favor, Filipinas perdió el control del atolón y sus pescadores no pueden acercarse sin ser ahuyentados por buques chinos. Ahora teme que Whitsun se convierta en otro Scarborough, más aún cuando ningún otro país lo reclama y China tiene dos bases navales en arrecifes colindantes.
El Gobierno chino desmintió las acusaciones y aseguró que los buques amarrados en Whitsun eran pesqueros resguardándose de un temporal. Pero dos meses más tarde, siete navíos chinos seguían en el arrecife y había unos trescientos en aguas filipinas. Filipinas ha enviado protestas diplomáticas y ha recordado que el derecho internacional le ampara. Con todo, los tuits subidos de tono del Secretario de Exteriores filipino se han intercalado con las calculadas declaraciones de Duterte, que ha procurado salvaguardar las relaciones con China llegando a afirmar que Filipinas nunca ha poseído el área circundante a Whitsun.
La estrategia Duterte: dar la espalda a Estados Unidos y acercarse a China
La llegada al poder de Duterte en 2016 supuso un cambio en las relaciones de Filipinas con Estados Unidos y China. La posición del presidente filipino es opuesta a la de su predecesor, Benigno Aquino III, quien abogaba por fortalecer la alianza con Washington y llevó las disputas marítimas con Pekín a los tribunales internacionales. Pese a que durante la campaña electoral Duterte desafió a China, después optó por no enfrentarse al gigante asiático, aun teniendo la ley a su favor. Poco después de asumir el cargo proclamó incluso que Estados Unidos “había perdido” la carrera militar y económica contra el gigante asiático.
Esta retórica antiestadounidense ha malogrado las relaciones con Washington. Los dos países mantienen una estrecha alianza militar desde 1951. Sin embargo, el Acuerdo de Fuerzas Visitantes (VFA), que permite la presencia de militares estadounidenses en Filipinas, está pendiente de renovación desde 2020, y Duterte exige como condición que Estados Unidos cuadruplique su ayuda económica. El presidente filipino también ha amenazado con anular el Acuerdo Mejorado de Cooperación de Defensa, firmado en 2014, si Washington no desembolsa más dinero. La líder de la oposición y vicepresidenta filipina, Leni Robredo, calificó estas amenazas de bochornosas y criticó que Duterte usase el chantaje para obtener acuerdos más ventajosos.
Duterte tiene razones de peso para querer llevarse bien con China. Su ambición de impulsar la economía de Filipinas pasa por encontrar inversores extranjeros, y la violencia de su guerra contra las drogas ha dificultado mantener buenas relaciones con Estados Unidos. Pese a los rifirrafes territoriales, China era la mejor opción para conseguir dinero sin tener que rendir cuentas por las vulneraciones de derechos humanos o la persecución de políticos y periodistas opositores. No en vano China es desde hace años el mayor socio comercial de Filipinas, y sus intercambios comerciales no dejan de crecer: las importaciones desde China han aumentado un 78,5% desde 2014.
Crece el sentimiento antichino en Filipinas
Pero las promesas de China no se han materializado: menos del 5% de los 24.000 millones de dólares pactados han llegado a Filipinas. La cancelación de algunos proyectos se suma a aquellos que han sido rechazados por la población y otros que aún no han empezado. El sentimiento antichino prevalece en la sociedad filipina y también entre los militares, que ven en las incursiones chinas una amenaza a la soberanía filipina. A los proyectos sin cumplir se suma ahora una nueva ley marítima china, aprobada en febrero, que autoriza a los buques chinos a disparar a cualquiera que se adentre en las zonas marítimas que controlan.
La covid-19 también ha dañado las relaciones entre Filipinas y China. Pekín ha aprovechado que el Gobierno filipino ha tenido que reubicar recursos y fuerzas militares durante la pandemia para seguir haciendo incursiones en sus aguas. Sin embargo, China es el país que más vacunas ha proporcionado a Filipinas: nueve millones de dosis de Sinovac, el primer millón como donativo. En comparación, la alianza Covax de la Organización Mundial de la Salud ha enviado unos cinco millones de dosis de AstraZeneca y Pfizer, y Rusia 180.000 dosis de su Sputnik V. En un guiño a Pekín, Duterte escogió la china Sinopharm para vacunarse.
Con todo, las tensiones con China parecen no afectar a la popularidad de Duterte, que se mantiene en un 65% de aprobación en los últimos sondeos, de marzo de 2021. Estos resultados se deben a su carisma y la seguridad que transmite la contundencia de sus políticas. Tras un año de pandemia, la mayoría de filipinos creen que solo un Gobierno fuerte puede sacar adelante el país.
¿El fin del giro hacia China?
Duterte ha intentado mantener una política de acercamiento a China, pero el incumplimiento de gran parte de las inversiones prometidas, las continuas incursiones chinas en aguas filipinas y la tensión provocada por el asunto del arrecife Whitsun están echando por tierra esta estrategia. Las ayudas en materia de vacunas y el auge del comercio bilateral no son suficientes para suavizar el sentimiento anti-China entre la población y el ejército filipinos.
A un año de las elecciones generales, a Duterte le toca medir sus palabras hacia China y de cara a sus votantes. Aunque la Constitución filipina limita la presidencia a un solo mandato, el actual líder podría presentarse a la vicepresidencia para guiar al siguiente presidente, que podría ser su propia hija, Sara Duterte, una de las candidatas con más apoyos. A pesar de que Duterte mantiene una alta popularidad, su imagen de líder duro se ha resentido, y su permisividad con China ya le ha acarreado críticas entre la oposición.
Duterte tiene ante sí un dilema: encomendarse a China para tratar de completar esos proyectos de inversión mientras aprovecha para negociar mejores acuerdos con Estados Unidos. O, ante la recurrencia de las incursiones navales chinas y la presión política y de los militares, reorientar su política hacia Washington, que ya está reafirmando su apoyo a Filipinas.