La reciente guerra de los Doce Días con Israel no acabó con las ambiciones nucleares de Irán. Más bien, ha marcado el principio de una nueva fase en las negociaciones entre Washington y Teherán para limitar el programa nuclear iraní. Aunque desde Estados Unidos se insiste en que sus bombardeos debilitaron seriamente la capacidad nuclear de la República Islámica, varias fuentes apuntan a que Irán habría logrado preservar unos cuatrocientos kilos de uranio enriquecido al 60%. Una cantidad que bastaría para fabricar varias bombas atómicas si el enriquecimiento alcanzara niveles militares.
La respuesta iraní no se ha hecho esperar. Alí Shamkhani, asesor del ayatolá Ali Jamenei, ha sido claro: Irán mantiene uranio enriquecido, conocimientos técnicos y, sobre todo, voluntad política para seguir adelante con su programa. De hecho, Teherán ha dejado entrever dos posibles movimientos en este sentido: romper su cooperación con el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) o incluso abandonar el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), al que pertenece desde 1970. Ambas opciones tendrían un fuerte impacto diplomático, pero también podrían poner al país en una situación aún más vulnerable.
Sin inspectores, sin garantías: la amenaza del silencio nuclear iraní
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