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El 80% del estado de Rio Grande do Sul, en el sur de Brasil, se encuentra inundado por las graves tormentas que comenzaron el pasado 30 de abril. Según los datos oficiales del 9 de mayo, el número de víctimas asciende a 108 fallecidos y 136 personas desaparecidas, además de 1,5 millones de afectados. 165.000 personas han tenido que ser desalojadas de sus casas y 65.000 han perdido sus viviendas.
¿Qué ha ocurrido?
Las lluvias torrenciales hicieron que el principal río del estado, el Guaíba, alcanzase los 5,3 metros, el nivel más alto de su historia. El agua ha cubierto ciudades enteras e infraestructuras como aeropuertos, lo que ha complicado las labores de rescate y ayuda humanitaria. Casi 67.000 personas se resguardan en refugios por todo el estado. Asimismo, las lluvias han dejado dieciocho represas en peligro, seis de ellas en riesgo inminente de colapso.
Las autoridades calculan que restaurar las infraestructuras públicas dañadas costará lo equivalente a 3.500 millones de euros. A ello se suma la pérdida de cultivos y demás infraestructuras agropecuarias, principal sector de la economía de Rio Grande do Sul. El presidente brasileño, Lula da Silva, ya ha anunciado ayudas económicas a los afectados equivalentes a 9.000 millones de euros, y organismos internacionales y los Gobiernos de Argentina, Uruguay o Chile ya han anunciado el envío de ayuda.
Cambio climático y de políticas
Los medios de meteorología brasileños ya habían avisado de que las temperaturas desde finales de abril iban a superar máximos históricos en el centro y sur del país. Este fenómeno no es nuevo: el calentamiento global ha aumentado la temperatura global en las últimas décadas. En el caso brasileño, las máximas de temperatura en el centro y sudeste del país causaron un sistema de alta presión atmosférica, que llevó a un bloqueo atmosférico e impidió que un frente frío de lluvias y temperaturas bajas se desplazase. Por tanto, quedó confinado en el estado de Rio Grande do Sul. Al combinarse con un flujo de humedad proveniente del norte del país, se produjeron lluvias torrenciales que han provocado las inundaciones.
Al cambio climático se suma un debilitamiento de las normativas ambientales en Brasil y en el estado. La deforestación del Amazonas y otras zonas del país ha modificado los ciclos de precipitaciones. Sin embargo, las autoridades han flexibilizado las normativas contra la deforestación en los últimos años. En el caso de Rio Grande do Sul, el gobernador Eduardo Leite presentó en 2019 un proyecto de código ambiental que reducía las exigencias medioambientales a las empresas y que fue aprobado en sólo 75 días.
Al mismo tiempo, el desarrollo urbanístico de ciudades como la capital de Rio Grande do Sul, Porto Alegre, ha privado a las poblaciones de los frenos que las zonas boscosas proveían contra las inundaciones y deslizamientos de tierras. Más aún, la prensa brasileña ha revelado que el Ayuntamiento de Porto Alegre no invirtió en prevención de inundaciones en 2023, pese a tener acceso a un presupuesto de unos 78 millones de euros. Las infraestructuras de contención del agua estaban deterioradas y mal mantenidas.
Las agencias meteorológicas han avisado que este fin de semana habrá un nuevo episodio de fuertes lluvias en las zonas afectadas. A ello se le sumará una bajada de las temperaturas. Con todo, no se espera que los ríos retrocedan a su nivel normal hasta final de mes. Pero en cualquier caso distintos expertos han recomendado que las ciudades se reconstruyan teniendo en cuenta posibles desastres naturales.
La inundaciones en Brasil, parte de un fenómeno global
Las inundaciones en el sur de Brasil son el último ejemplo del agravamiento de la crisis climática a nivel global. Sólo en este país ha habido decenas de inundaciones a gran escala. Ya en 1941 el río Guaíba inundó Porto Alegre y dejó a 70.000 personas sin electricidad ni agua potable. En 2022 las fuertes lluvias en la ciudad de Petrópolis dejaron casi cien muertos, y un año más tarde veintidós personas fallecieron en el sur del país por las lluvias torrenciales causadas por un ciclón extratropical.
El desastre en Brasil también recuerda a los de otros países. Uno de los más conocidos fue el del huracán Katrina en 2005, uno de los huracanes más mortíferos en Estados Unidos, con más de 1.800 víctimas. En 2010, una serie de inundaciones y deslizamientos de tierra dejaron en China casi 3.200 muertos y más de 230 millones de afectados. El pasado marzo, las lluvias en Indonesia provocaron deslizamientos de tierra y el desbordamiento de ríos, por los cuales murieron veintiséis personas. Y esta misma semana ha ocurrido lo propio en Kenia, donde las inundaciones por lluvias han dejado más de doscientos fallecidos.
Según un informe de la Organización Meteorológica Mundial, los desastres naturales en el mundo llevan décadas aumentando en el mundo. Con datos de 1970 a 2019, las inundaciones han sido el tercer tipo de desastre más mortífero, después de las sequías y las tormentas, y por encima de las temperaturas extremas. No obstante, también señala que el aumento de la prevención ha disminuido el número de víctimas.