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Un fuego cruzado que dejó más de una veintena de soldados muertos de China e India en junio de 2020 hizo temer en todo Asia-Pacífico una escalada militar entre dos potencias nucleares. Los países no vivían una disputa fronteriza mortal desde hacía más de cuatro décadas, hasta aquel enfrentamiento en el valle de Galwan, cerca de la controvertida frontera que los separa en el Himalaya. El conflicto estalló después de que China estableciese tiendas y equipo pesado en la región india de Ladakh, parte de la disputada Cachemira, pero la tensión venía de más atrás.
Dos semanas antes de la reyerta, China había bloqueado el curso del río Galwan, que discurre por la región de Aksái Chin —reclamada por Nueva Delhi pero administrada por Pekín desde la guerra de 1962— y se adentra en Ladakh. Con ello, China privó a India de un recurso estratégico para controlar la zona fronteriza con el fin de obligarla a aceptar sus demandas territoriales. Aunque no lo consiguió, una cosa quedó clara: la histórica rivalidad sino-india tiene un nuevo capítulo en la lucha por el agua.
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