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El mito del efecto llamada

El mito del efecto llamada
Fuente: Armada de EE. UU.

Hablar de la inmigración a través del Mediterráneo como un todo sin matices conduce irremediablemente a un entendimiento incompleto de la situación y a obtener conclusiones que poco o nada se parecen a la realidad. Los tres puntos geoestratégicos de este fenómeno —mar Egeo y los estrechos de Sicilia y Gibraltar— revisten situaciones y explicaciones muy distintas.

La reciente decisión del ministro italiano de Interior, Matteo Salvini —que lidera también la xenófoba Liga Norte—, de no permitir el atraque de un barco atestado de inmigrantes procedentes de Libia en los puertos italianos ha puesto en evidencia la errada —o al menos cortoplacista— estrategia de tratar de blindar un estrecho que no es ni el único ni el más importante punto de paso en el Mediterráneo.

Históricamente, se pueden detectar tres lugares claves para cruzar de una orilla del Mediterráneo a otra. El primero es el Egeo, punto de quiebre en la Antigüedad entre helenos y persas o bizantinos y otomanos. En la parte central encontraremos el estrecho de Sicilia, que también ha visto pasar a lo largo de los siglos a los ejércitos de Cartago y Roma, a los árabes y, en la II Guerra Mundial, a los aliados con su Operación Husky. Si observamos la parte más occidental del Mediterráneo, nos encontramos con el estrecho de Gibraltar y sus apenas 12 kilómetros, una distancia que cruzaron los vándalos hacia África y los árabes en sentido opuesto allá por el siglo VIII, pero que también fue la principal ruta de huida de los judíos sefardíes cuando fueron expulsados de España por los Reyes Católicos en 1492.

Para ampliar: “Los sefardíes y las llaves de España”, Blas Moreno en El Orden Mundial, 2016

Esos tres son los lugares en los que se concentran los grandes saltos mediterráneos. La crisis migratoria y de refugiados vivida en sus aguas durante los últimos años ha puesto de manifiesto su renovada importancia, especialmente por un factor que no se había revelado hasta tiempos recientes: los tres actúan de vasos comunicantes e intentar poner presión sobre uno para intentar taparlo conduce irremediablemente a que las personas que tratan de cruzar se trasladen a otro con aparentemente mayores probabilidades de éxito para lograr cambiar de orilla y entrar en la Unión Europea.

En lo que llevamos de 2018, Acnur ha cuantificado en algo más de 41.000 personas las que han llegado por mar a las costas europeas cruzando el Mediterráneo. Para final de año, si ninguna crisis hace empeorar la situación, esta cifra se convertirá en 90.000 o 100.000 personas. Esta previsión sería la cifra más baja desde que se comenzó a cuantificar la crisis allá por el 2014, aunque 2018 puede convertirse en el año más mortífero en términos relativos.

La situación actual de Italia es incomparable a como era hasta 2017. Además, la zona del Mediterráneo central ha sido la más regular en cuanto a migrantes por mar: cifras importantes a finales de primavera y durante el verano y descensos acusados en otoño e invierno, debido especialmente a factores climáticos como un mejor tiempo y días con más horas de luz. Esto encaja con el tipo de migrantes que proceden de Libia, generalmente personas procedentes del África subsahariana y no migrantes forzados por una coyuntura concreta —como graves crisis humanitarias—. Simplemente buscan en Europa un futuro mejor que el que sus países de origen les pueden brindar. Así, este 2018 quienes más han llegado a las costas italianas procedían de Túnez, Eritrea, Nigeria, Sudán o Costa de Marfil.

Libia se ha vuelto un punto clave en las dinámicas migratorias entre África y Europa; que sea poco menos que un Estado fallido ha ayudado enormemente a ello. Sin embargo, la presión de la Unión Europea va a conducir a que esos flujos cambien de rumbo.

Justo el contrario es el caso de Grecia y el Egeo. Entre las primaveras de 2015 y 2016, más de un millón de personas llegaron a las costas del país heleno —la mayoría huían de las guerras de Siria, Irak o Afganistán—, lo que supuso más del 90% del total de personas que han llegado al país desde 2014. Tal fue la magnitud de aquella crisis que en octubre de 2015 se alcanzaron cifras de inmigrantes superiores a las que ha tenido Italia cualquier año. A cientos de miles se les dio salida a través de la Ruta de los Balcanes para que llegasen a países como Austria o Alemania, hasta que la Unión Europea logró cerrar un acuerdo migratorio con Turquía, cuyo fondo se resumía en que, a cambio de una sustancial cantidad de fondos, Ankara se comprometía a acoger a la enorme cantidad de desplazados procedentes de Oriente Próximo y evitar así que tratasen de alcanzar nuevamente fronteras comunitarias. Se calcula que en Turquía hay aproximadamente 3,9 millones de refugiados a la espera de poder continuar su viaje hacia Europa o bien encontrar la oportunidad de volver a sus hogares cuando termine la guerra.

Para ampliar: “Líbano y Turquía, dos vías de escape del conflicto sirio”, Mónica Chinchilla en El Orden Mundial, 2016

Al otro lado del Mediterráneo, entre España y Marruecos, la situación es diametralmente opuesta a la que vemos en Grecia e Italia. A pesar de ser el estrecho de Gibraltar un escenario secundario durante todos estos años a efectos migratorios, con el cierre de la ruta del Egeo y las presiones de la Unión Europea sobre Libia para tratar de detener el flujo de migrantes la situación ha pivotado hacia la frontera española, que además posee otra característica diferencial: las llegadas no solo se producen por mar, sino también por tierra debido a la existencia de las ciudades españolas Ceuta y Melilla en el norte del continente africano.

Esta tendencia creciente puede suponer un récord para España en cuanto a inmigración ilegal, lo cual indica un cambio en las rutas migratorias desde el Magreb y África subsahariana y también un futurible punto de crisis en el que las autoridades migratorias comunitarias se vean obligadas a intervenir. Hacia finales de año o en 2019 podríamos llegar a ver cómo se acrecienta el flujo migratorio procedente de África occidental y el Magreb. Cuesta pensar, no obstante, que nigerianos, sudaneses o eritreos apuesten por el estrecho de Gibraltar antes que por otras vías más cercanas, como la libia. La propia Declaración Universal de los Derechos Humanos recoge que existe el derecho a abandonar un país, incluido el de origen. Otro cantar es asentarse en otro país; eso ya depende de la Unión Europea o del Salvini de turno.

Para ampliar: “El largo camino del refugiado: esclavos a las puertas de Europa”, Gemma Roquet en El Orden Mundial, 2018