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El cadáver del luchador olímpico Gholamreza Tajtí fue encontrado en la habitación de un hotel del centro de Teherán el 7 de enero de 1968. Llevaba días hospedado allí después de haberse trasladado desde su residencia habitual en el barrio de Janiabad para manifestarse contra la dictadura de Mohamed Reza Pahlaví, el sah de Irán y último heredero de una monarquía milenaria.
La muerte de Tajtí se investigó como un suicidio, pero su activismo político, siempre ligado a la reivindicación contra el Gobierno, levantó las suspicacias de la población sobre el Savak, el servicio secreto, y su multitudinario funeral se convirtió en una sentida e improvisada manifestación. “No lloréis por mí, llorad por nuestra desgracia”, rezaba la esquela al día siguiente en Towfigh, uno de los diarios satíricos más importantes de la época.
Hosein Towfigh, editor del diario y amigo personal de Tajtí, lo quiso dejar también por escrito justo antes de que la censura oficial cerrara su redacción meses más tarde: “Fue asesinado, pero nos querrán decir que se suicidó”. El hijo del campeón, en cambio, sigue manteniendo que lo que acabó con su padre fueron la depresión y una combinación letal de pastillas y alcohol. A más de medio siglo de la muerte de Tajtí, y cuando acaba de estrenarse una película sobre su vida a bombo y platillo en Irán, las preguntas vuelven a aflorar: ¿cómo un luchador de clase baja del sur de la capital se convirtió en un símbolo de la lucha contra la represión? ¿Por qué cada 7 de enero cientos de iraníes se echan a la calle o acuden a su tumba a darle las gracias? Las respuestas van más allá de sus tres medallas olímpicas.
El campeón del pueblo
La imagen humana, exposición itinerante que organiza la Fundación La Caixa en varias ciudades de España (en Madrid, hasta el 9 de enero de 2022), acoge la obra Campeón mundial, un collage y especie de altar dedicado a Tajtí, creado por el artista iraní Josrow Hassanzadeh. Mostrada al público por primera vez en 2007 en el British Museu...
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