Tras ocho años de remodelaciones, el pasado 1 de marzo abría por fin sus puertas el Capitolio de La Habana. El imponente edificio, rey absoluto en la capital cubana, había sido relegado tras la revolución del 59 a tareas menores —Fidel Castro no soportaba el parecido del edificio con el Capitolio de Washington—, de albergar la Asamblea Nacional a sede de la Academia de las Ciencias.
Pero las cosas cambian deprisa —y a la vez despacio— en Cuba y el 19 de abril el ya restaurado complejo se preparaba para acoger otra jornada histórica en el devenir del país. Por sus encerados pasillos desfilaban los 604 —al final 603; siempre hay algún despistado— diputados que iban a escoger al nuevo presidente de Cuba. Más tranquilos, Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel, protagonistas absolutos del día, hacían su aparición en el interior de la Asamblea Nacional.
El guion, marcado de antemano, no deparó ninguna sorpresa: discursos solemnes, largos aplausos y una imagen final en la que Raúl Castro alzaba sonriente el brazo de Díaz-Canel. La pequeña república cubana tenía por primera vez en 40 años un presidente sin el apellido Castro y, por la alegría de los presentes, casi se podía llegar a pensar que el cambio había sido fruto de las sesiones en la Asamblea Nacional.
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