Díaz-Canel, la revolución sin sobresaltos

El 19 de abril en Cuba Raúl Castro alzaba sonriente el brazo de Díaz-Canel. La pequeña república cubana tenía por primera vez en 40 años un presidente sin el apellido Castro, una revolución que no parece traer sobresaltos al panorama político de la isla.
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Díaz-Canel, la revolución sin sobresaltos
Miguel Díaz-Canel y Liduvina Magarin, viceministra de Relaciones Exteriores de El Salvador. Fuente: Presidencia de El Salvador

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Tras ocho años de remodelaciones, el pasado 1 de marzo abría por fin sus puertas el Capitolio de La Habana. El imponente edificio, rey absoluto en la capital cubana, había sido relegado tras la revolución del 59 a tareas menores —Fidel Castro no soportaba el parecido del edificio con el Capitolio de Washington—, de albergar la Asamblea Nacional a sede de la Academia de las Ciencias.
Pero las cosas cambian deprisa —y a la vez despacio— en Cuba y el 19 de abril el ya restaurado complejo se preparaba para acoger otra jornada histórica en el devenir del país. Por sus encerados pasillos desfilaban los 604 —al final 603; siempre hay algún despistado— diputados que iban a escoger al nuevo presidente de Cuba. Más tranquilos, Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel, protagonistas absolutos del día, hacían su aparición en el interior de la Asamblea Nacional.
El guion, marcado de antemano, no deparó ninguna sorpresa: discursos solemnes, largos aplausos y una imagen final en la que Raúl Castro alzaba sonriente el brazo de Díaz-Canel. La pequeña república cubana tenía por primera vez en 40 años un presidente sin el apellido Castro y, por la alegría de los presentes, casi se podía llegar a pensar que el cambio había sido fruto de las sesiones en la Asamblea Nacional.
Pero en esta sucesión forzadamente idílica hay cosas que no salen en la foto. En primer lugar, Raúl Castro no se retira de la política —quizá ahí el porqué de su profusa sonrisa—. El veterano dirigente, lejos de encarar un retiro dorado, queda al mando del Partido Comunista Cubano (PCC). Así, mientras que Díaz-Canel será la cara del Estado, Castro y otros veteranos bastante más ortodoxos, como José Ramón Machado, podrán dedicarse a elaborar la ya anunciada reforma constitucional que dejará el camino perfectamente marcado para cuando la generación de los barbudos de Sierra Maestra ya no esté.
Además, desde el partido Castro se asegura un puesto privilegiado de influencia sobre las decisiones del nuevo Gobierno. En Cuba aún im...

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Adrián Albiac

Madrid, 1992. Graduado en Relaciones Internacionales y en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid. Una vez oí que describirse es limitarse.