Thomas Friedman escribió en The New York Times en el año 2005 que la Tierra, a pesar de todo, es plana. Acompañando al controvertido titular, la versión impresa incluía la imagen de un planeta Tierra que rotación tras rotación iba haciéndose plana hasta asemejarse a un chip. La tesis de Friedman era que internet, una única red de redes que conecta a todo el mundo, había eliminado las fronteras naturales y acortado los tiempos de tal manera que Pekín, Madrid y Bombay se habían vuelto ciudades vecinas en el ciberespacio. También había aplanado jerarquías y privilegios, haciendo que cualquiera con conexión pudiera acceder a información independientemente de su procedencia en la escala socioeconómica o geográfica.
La filosofía libertaria que acompañó la expansión de internet a partir de 1995 venía acompañada de la idea de que el acceso ininterrumpido y global a la mayor biblioteca del mundo ayudaría a expandir la democracia. No obstante, el auge de China y otras potencias iliberales confirma que, más de veinte años después, esa tesis ha quedado desbancada. En su lugar, el debate se centra ahora en las fronteras del ciberespacio: ¿puede romperse internet en dos o más porciones? ¿Qué consecuencias tendría la partición de la red?
Para ampliar: “The Internet’s Lost Promise”, Karen Kornbluh en Foreign Affairs, 2018
Fronteras en el ciberespacio
Una de las características más importantes de un Estado es su soberanía: la autoridad última, e independiente de otros Estados, sobre un territorio concreto. Pero ¿son los Estados soberanos sobre el ciberespacio? Este debate se abrió sobre todo a partir de 2013, cuando Edward Snowden hizo público el programa de vigilancia masiva de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense (NSA, por sus siglas en inglés) a sus propios ciudadanos y a objetivos en el exterior. Las revelaciones de Snowden no solo aumentaron la concienciación ciudadana sobre su privacidad en las redes; también provocaron que otros Estados adquirieran conciencia de las ventajas que un ciberespacio sin fronteras ni apenas normas daba a agencias de espionaje tan poderosas como la NSA. Un forma de protegerse, por lo tanto, era reclamar el control del que los Estados disfrutaban en lo físico, pero aplicándolo en el mundo virtual: la cibersoberanía.
Para ampliar: Vigilancia permanente, Edward Snowden, 2019
La definición más sencilla de cibersoberanía es la “aplicación de los principios de soberanía en el ciberespacio”, que esencialmente se traduce en control, en especial de los paquetes de datos que se originan o pasan por un Estado. La cibersoberanía se basa en el hecho de que el ciberespacio está apoyado en estructuras físicas como son los cables de fibra óptica o los servidores que almacenan los datos. Todos ellos están sujetos a la ley del Estado en el que se encuentran. La mayoría de los servidores en este momento se encuentran en Asia Pacífico y Estados Unidos, por la proximidad al consumidor, pero también por el precio de mantenerlos o los pocos impuestos que pagan.
El concepto de cibersoberanía tuvo su momento de gran reverberación en la escena internacional cuando en el año 2015 Xi Jinping abrió la II Conferencia Mundial de Internet afirmando que la manera de evitar la hegemonía de un solo país era respetar la cibersoberanía de todos los Estados para que de manera igualitaria pudieran participar en el modelo de gobernanza global de la red.
Las palabras de Xi recordaron inevitablemente a la paz de Westfalia (1648), un momento clave en la historia de las relaciones internacionales. Además de poner fin a la guerra de los Treinta Años, la paz de Westfalia definió el concepto del Estado moderno: cada Estado es soberano en su propio territorio y ningún otro puede intervenir en él, y todos los Estados tienen el mismo estatus en la esfera internacional. La llamada de Xi a reclamar la cibersoberanía invita a los Estados a hacerse dueños de su parcela del ciberespacio de tal manera que otros no puedan imponer sus normas sobre él. Un futuro de internets nacionales muy diferente al actual, donde el Estado tiene poco que decir en la regulación del ciberespacio.
Para ampliar: “La deep web y el derecho a la privacidad en línea”, Álvaro Conde en El Orden Mundial, 2019
Los muros de internet
En su informe de 2018, Freedom House advertía de que la libertad en internet volvió a caer por octavo año consecutivo, con un aumento considerable de la censura. El país menos libre vuelve a ser China; su gran cortafuegos, la llamada “otra Muralla china”, filtra el contenido y evita que los ciudadanos accedan a páginas que no vayan en línea con el discurso del Partido Comunista Chino. Sin embargo, existen herramientas que ayudan las personas en China a burlar el cortafuegos fingiendo que están físicamente en otro lugar. Construyendo un internet independiente de la red principal, Pekín daría un paso más para controlar a su población.
Una de las excusas más habituales para justificar la creación de un internet paralelo es la protección de la información. Un internet paralelo precisaría del control de los datos que se generan y se transmiten en el país, que las corrientes de datos pasaran por servidores estatales supervisados por una autoridad central, y reescribir el sistema de nombres de dominio —las Páginas amarillas de la red— para evitar que las búsquedas se salgan de los servidores de esa nueva red nacional. China es el ejemplo más paradigmático: desde junio de 2017, el Gobierno chino obliga a las empresas extranjeras que operan en el país a guardar los datos de los clientes chinos en servidores localizados en China y a dar permiso a las autoridades a tener acceso a esos datos.
No obstante, Rusia es la potencia que más lejos ha llevado su intento de romper con la red de redes. Moscú lleva años desarrollando leyes dirigidas a establecer “un Internet soberano”. La última, que entró en vigor a principios de noviembre de 2019, tiene como objetivo principal redirigir el tráfico de datos a servidores estatales supervisados y aprobados por Roskomnadzor, el Servicio Federal de Supervisión de las Telecomunicaciones ruso. Oficialmente, esta agencia estatal tiene la tarea de garantizar el funcionamiento del internet ruso si un agente externo tratara de cortar intencionalmente el servicio: una red propia que usar en caso de emergencia y para detener los ciberataques de enemigos. Aunque, en el fondo, esta medida esconde un intento de controlar la información que circula en el ciberespacio ruso y reducir todavía aún más la libertad de sus usuarios, una maniobra en pos de una vigilancia permanente. A pesar de que muchos opinan que desconectarse del todo de la red global tendría consecuencias negativas para la economía rusa, la partición de internet en Rusia es plausible en el futuro.
Para ampliar: “La otra Muralla China: el control de internet”, Inés Lucía en El Orden Mundial, 2016
¿El fin de la red de redes?
Una de las batallas ganadas por internet ha sido la de extender la noción de comunidad de un espacio físico cercano a un entorno abierto y global. Los individuos pueden surfearla buscando gente afín que no necesariamente tiene que vivir siquiera dentro de su mismo país. Como cualidad añadida, los últimos años han visto cómo el papel de internet y, en concreto, el de las redes sociales, ha sido clave para la movilización ciudadana. Desde Chile hasta Hong Kong, la red ha facilitado las labores de difusión y organización de grandes protestas.
En paralelo a esta transformación, internet se ha convertido en el medio principal por el que interactuamos y nos informamos, haciéndonos tremendamente vulnerables a ciberataques o a la desinformación. También ha sido el escenario de todo tipo de crímenes, que van desde el robo de propiedad industrial hasta ataques frontales a la infraestructura crítica de un país. El impacto de la desinformación, así como los problemas para identificar y encausar a los cibercriminales, han creado una impresión de descontrol y han puesto de manifiesto hasta qué punto están obsoletos los mecanismos legales de los que disponemos.
Con todo, la mayor amenaza a la unidad de internet está en los Gobiernos autoritarios. Mientras que entre las democracias liberales el debate está en cómo guiar el desarrollo de la red respetando su globalidad y apertura, los regímenes autoritarios se beneficiarían de un mundo de redes independientes y desconectadas del resto. No es de extrañar que las primeras llamadas a este modelo provengan precisamente de países como China, con su idea de la cibersoberanía; o de Rusia, con su “internet soberano”. Si la soberanía significa que ningún Estado pueda intervenir en los asuntos internos del otro, hacer soberano también el ciberespacio puede ser una tentación demasiado grande para estos Gobiernos: la red es el único lugar de expresión y organización; controlarla permitiría perseguir a las voces discordantes y vigilar masivamente a la ciudadanía.
Riesgos como los ciberataques y la desinformación están provocando que la globalidad de la red empiece a verse con recelo. Algunas propuestas pasan incluso por dividir internet en varias redes estancas y más fáciles de controlar. A falta de verdaderas soluciones internacionales para gobernar internet, puede que estemos ante las últimas décadas de una sola World Wide Web.
Para ampliar: “Los cortes de internet, la nueva amenaza a la democracial”, Eduardo Saldaña en El Orden Mundial, 2019





