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La última vez que la economía australiana entró en recesión, hace veintinueve años, la URSS no se había disuelto, el euro no existía e internet apenas comenzaba a desarrollarse. Era noviembre de 1990 y el entonces secretario del Tesoro australiano, Paul Keating, la calificó como “la recesión que nos tocaba tener”. En esa ocasión, la crisis se generó porque la economía era muy vulnerable a cualquier contracción a causa de los excesos de la liberalización económica de los años ochenta. Casi tres décadas después, en un mundo muy distinto, la economía australiana ha vuelto a entrar en recesión, retrocediendo un 0,3% en el primer trimestre de 2020.
Veintinueve años de continuo crecimiento
Australia ha sido a menudo puesta como ejemplo de lecciones sobre cómo conseguir y mantener el crecimiento económico asegurando, en términos generales, un buen estado de su economía. The Economist, por ejemplo, dedicó su portada y un reportaje especial a lo que el mundo podía aprender de los australianos en octubre de 2018. No en vano, Australia no destaca solo por sus buenas cifras económicas: tres de sus ciudades, Adelaide, Sídney y Melbourne, estaban entre las diez ciudades con mayor calidad de vida del mundo en 2018, según la misma revista.
Ciudades con mayor calidad de vida en 2018. Fuente: Statista
El secreto detrás de este boom económico puede resumirse en lo que Maquiavelo planteó que un gobernante necesita para alcanzar el éxito: virtud y fortuna. Hace décadas que los vientos soplan a favor de Australia, que se ha beneficiado del enorme crecimiento económico del sudeste asiático, y especialmente de China. Las exportaciones australianas, principalmente minerales, supusieron el 24% de su PIB en 2019, y el 90% de ellas se dirigen a países asiáticos, el 35% a China. Precisamente en estos últimos treinta años ha emergido una poderosa clase media china que ha hecho del consumo interno la principal baza económica del país, sustituyendo a las exportaciones. Para alimentar ese con...
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