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El coronavirus pone fin al milagro económico de Australia

El coronavirus pone fin al milagro económico de Australia
Fuente: hippopx.com

Hasta el pasado mes de marzo, Australia acumulaba casi treinta años de crecimiento económico ininterrumpido, habiendo sorteado la crisis financiera asiática de finales de los noventa y la de 2008. Este milagro económico se explica por la combinación de buena suerte y políticas astutas, pero se ha detenido a causa de la pandemia de coronavirus. Para recuperar el crecimiento y su exitosa estrategia económica, Australia deberá considerar los riesgos a largo plazo, particularmente a la relación entre China y EE. UU. y a la crisis climática.

La última vez que la economía australiana entró en recesión, hace veintinueve años, la URSS no se había disuelto, el euro no existía e internet apenas comenzaba a desarrollarse. Era noviembre de 1990 y el entonces secretario del Tesoro australiano, Paul Keating, la calificó como “la recesión que nos tocaba tener”. En esa ocasión, la crisis se generó porque la economía era muy vulnerable a cualquier contracción a causa de los excesos de la liberalización económica de los años ochenta. Casi tres décadas después, en un mundo muy distinto, la economía australiana ha vuelto a entrar en recesión, retrocediendo un 0,3% en el primer trimestre de 2020.

Veintinueve años de continuo crecimiento 

Australia ha sido a menudo puesta como ejemplo de lecciones sobre cómo conseguir y mantener el crecimiento económico asegurando, en términos generales, un buen estado de su economía. The Economist, por ejemplo, dedicó su portada y un reportaje especial a lo que el mundo podía aprender de los australianos en octubre de 2018. No en vano, Australia no destaca solo por sus buenas cifras económicas: tres de sus ciudades, Adelaide, Sídney y Melbourne, estaban entre las diez ciudades con mayor calidad de vida del mundo en 2018, según la misma revista.

Ciudades con mayor calidad de vida en 2018. Fuente: Statista

El secreto detrás de este boom económico puede resumirse en lo que Maquiavelo planteó que un gobernante necesita para alcanzar el éxito: virtud y fortuna. Hace décadas que los vientos soplan a favor de Australia, que se ha beneficiado del enorme crecimiento económico del sudeste asiático, y especialmente de China. Las exportaciones australianas, principalmente minerales, supusieron el 24% de su PIB en 2019, y el 90% de ellas se dirigen a países asiáticos, el 35% a China. Precisamente en estos últimos treinta años ha emergido una poderosa clase media china que ha hecho del consumo interno la principal baza económica del país, sustituyendo a las exportaciones. Para alimentar ese consumo, China compra productos australianos como mineral de hierro, carbón y gas natural, que por su cercanía geográfica resultan más baratos. Igualmente, a pesar de ser uno de los países más estrictos en su política de inmigración, Australia se ha beneficiado de la llegada de inmigrantes provenientes del sudeste asiático desde los ochenta, la mayoría de ellos cualificados

Sin embargo, esta fortuna ha sido acompañada también de políticas virtuosas. Prueba de ello es haber sorteado la crisis del sudeste asiático de los noventa y la de 2008. En el primer caso, la recesión que sufrieron países como Tailandia y Corea del Sur, destino de exportaciones de Australia y Nueva Zelanda, llevó a una devaluación de los dólares australiano y neozelandés. Mientras que Nueva Zelanda incrementó los tipos de interés para hacer frente a esta devaluación, lo que finalmente le llevó a entrar en recesión, Australia utilizó como baza una divisa débil y consiguió fortalecer sus exportaciones en otros mercados como EE. UU. y Europa, manteniendo el crecimiento.

En el caso de la crisis global de 2008, la economía australiana estaba menos expuesta que las europeas o la estadounidense, pues depende principalmente de Asia. Pero además el sector financiero y bancario australiano, siguiendo las lecciones de sus excesos en los ochenta, operaba principalmente en el mercado australiano y sujeto a regulaciones más estrictas que, por ejemplo, en EE. UU. Igualmente, una menor exposición al mercado estadounidense y al europeo permitió una respuesta adecuada y a tiempo por parte del Gobierno.

El milagro se acabó 

Esta luna de miel de la economía australiana ha llegado a su fin con la crisis del coronavirus. Bien es cierto que la recesión no ha cogido por sorpresa a los australianos, que, además, ya se muestran optimistas en relación a la recuperación económica. Ya en los últimos años Australia ha tenido presente la posibilidad de una nueva “recesión que nos toque tener”, con cifras económicas que presagiaban un escenario similar: el consumo doméstico se encontraba en su peor cifra desde 2008 y el crecimiento de la productividad a niveles de 1991. La continua llegada de inmigrantes en los últimos años también ha contribuido a un aumento desorbitado de los precios inmobiliarios, en paralelo a un progresivo estancamiento de los salarios.  

Ahora, los datos del primer trimestre de 2020 apuntan a que Australia está a punto de entrar en recesión y a que esta será la más fuerte que ha vivido el país desde la Gran Depresión de los años treinta. De momento, la tasa de desempleo se sitúa en un 7,6%, una subida de 2,5 puntos respecto al 2019 y la tasa más alta desde la recesión de principios de los noventa, aunque la previsión para 2021 es que roce el 9%. El FMI pronostica una pérdida del 6,7% del PIB para este año, mayor que la de EE. UU. y pero menor que Nueva Zelanda, aunque el dólar australiano ya ha recuperado su valor previo al inicio de la pandemia. A todo ello se añaden, además, antiguos problemas como la burbuja inmobiliaria y unos planes privados de pensiones demasiado caros, que pueden agravar la recesión, sobre todo si surgen nuevos brotes de coronavirus. 

La recesión ya es inevitable, pero Australia todavía puede salir de ella rápidamente y volver a un ciclo de crecimiento prolongado. Para ello será necesaria, de nuevo, una dosis de fortuna y virtud. Parte de la fortuna ya está ahí: Australia ha sido de los países menos afectados por el coronavirus, con algo más de 8.500 casos y solo 106 muertes a principios de julio, según el Gobierno australiano. Junto con Nueva Zelanda, Australia ha controlado la propagación del virus con medidas de distancia social y cierre de fronteras. Por si fuera poco, la región de Asia-Pacífico tiene las mejores proyecciones económicas para 2021, seguida solo por Australia y Nueva Zelanda, lo que le permitirá seguir exportando productos a estos países incluso si actividades como el turismo o el consumo siguen con disrupciones. Además, la inflación no es un problema del que Australia deba preocuparse de momento —está por debajo del 2% cuando en 2008 llegó a sobrepasar el 4%— , teniendo en cuenta que la demanda va a seguir por debajo de lo habitual hasta que remita la pandemia.

Cómo salir de la crisis

Pero si Australia quiere salir de la crisis también necesitará políticas virtuosas, en esta ocasión tanto económicas como sanitarias. Las garantías para no volver al confinamiento y la parálisis económica, que podrían agravar la recesión, son un control efectivo de los más que probables nuevos brotes y el acceso a la vacuna una vez se comience a comercializar. En el plano económico, las medidas para volver a la senda del crecimiento deberían paliar los efectos de la crisis sobre empresas y personas —particularmente en aspectos fiscales y sobre alquileres—, pero también podrían servir para corregir antiguos problemas de la economía australiana. De momento, el clima político es favorable a las reformas, con Gobierno, oposición y demás actores unidos para hacer frente a la crisis.

En cualquier caso, estas políticas deberán ser pensadas e implementadas a largo plazo, teniendo en cuenta el complicado entorno geopolítico en el que sitúa Australia y la crisis climática que está por venir. Australia se encuentra dividida entre dos grandes potencias mundiales rivales: mientras China es su principal socio comercial, EE. UU. lo es en temas de seguridad. Pese a que pueda ser muy tentador basar la salida de la crisis en un nuevo empuje económico del sudeste asiático y China, Australia no puede descuidar su alianza militar con EE. UU. y el hecho de que es un país con fuertes lazos culturales y políticos con los países occidentales. En este sentido, la recesión puede constituir una oportunidad para diversificar su economía y encontrar un punto medio que le dé más autonomía respecto de Washington y Pekín. Australia ya ha sido uno de los países más duros exigiendo responsabilidades a China por su gestión del coronavirus, a lo que el gigante asiático respondió con restricciones a importaciones de productos australianos y aranceles de hasta el 80%.


Australia tampoco puede ignorar la variable climática. Este país entró en 2020 con una oleada de incendios sin precedentes que quemaron más de 60.000 km2 y destruyeron casi 2.000 hogares. El cambio climático agravó las condiciones extremas que permitieron esta catástrofe, cuyo impacto económico ronda los 70.000 millones de dólares estadounidenses. En la medida en que se espera que Australia sufra enormes consecuencias del cambio climático en las próximas décadas, la salida de esta recesión es una buena oportunidad para reorientar la economía a un modelo más sostenible y que pueda hacer frente a futuras crisis. Australia tiene ante sí una oportunidad de surfear la ola que ha provocado el coronavirus, aumentar la solidez de su economía y seguir sorprendiendo al mundo con un crecimiento ininterrumpido. Una nueva mezcla de virtud y fortuna determinará si logra hacerlo.