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El Black Lives Matter también llega a Brasil

El Black Lives Matter también llega a Brasil
Fuente: Partido dos Trabalhadores (Flickr)

El resurgimiento del movimiento Black Lives Matter en Estados Unidos ha estimulado el el antirracismo también en otros países. En Brasil, el movimiento negro lleva reivindicando la igualdad real desde la abolición de la esclavitud, y ha logrado avances a lo largo del siglo XX a través de manifestaciones y de la recuperación de la cultura africana y afrobrasileña. Sin embargo, todavía hoy se enfrenta a grandes desafíos como el racismo de las fuerzas policiales, especialmente desde la llegada de Bolsonaro al poder.

Más de la mitad de los brasileños se consideran negros o mestizos frente a casi el 48% de blancos. Pero, a pesar de la diversidad étnica y de la apariencia de democracia racial de Brasil, sigue existiendo un racismo institucionalizado que discrimina a los negros y mestizos a través de la invisibilización de su cultura y de la violencia física por parte de las fuerzas del Estado.

Al igual que en otros lugares, el racismo actual en Brasil es resultado de un proceso histórico que ha llevado a establecer una jerarquía entre diferentes etnias. Brasil fue el último país latinoamericano en abolir la esclavitud, en 1888, y aunque fue un punto de inflexión, después se siguió discriminando a la población negra. En 1884, las élites políticas y económicas aprobaron un proyecto para favorecer la llegada de 10.000 europeos blancos con sus familias a los que el Estado brasileño otorgaría tierras, con lo cual se pretendía fomentar una imagen tolerante de cara al exterior. Sin embargo, estas políticas contribuyeron a construir una jerarquía racial similar a la promovida por las Leyes Jim Crow en Estados Unidos. Y, a pesar de los avances legales conseguidos desde entonces y a la apariencia de igualdad racial que los Gobiernos brasileños han tratado de presentar desde entonces, esta jerarquía sigue presente en la sociedad brasileña actual.

De la abolición de la esclavitud a la reivindicación de la cultura negra

El primer movimiento negro a nivel nacional en Brasil, el Frente Negro Brasileño (FNB), nació en 1931 para oponerse a la discriminación que continuaba presente tras la abolición de la esclavitud. El FNB denunciaba el blanqueamiento de la sociedad brasileña a través de las políticas de inmigración y pretendía crear un espacio de diálogo para la población negra que contribuyese a la mejora de sus vidas a través de programas de empleo y alfabetización, entre otros. En los años siguientes, un gran número de brasileños se afiliaron al FNB, que empezaba a gozar de cierto reconocimiento social. En 1936, el movimiento se registró como partido político, pero el golpe de Estado que instauró el régimen autoritario del Estado Novo en 1937 prohibió su actividad, así como la de los demás partidos.

Pese a la censura impuesta primero por el Estado Novo y la dictadura militar iniciada en 1964 después, el movimiento negro continuó organizándose, manifestándose en protestas callejeras, actuaciones artísticas o debates académicos, y ganando peso en la década de los setenta, con manifestaciones contra el racismo y la dictadura. Tras una de sus marchas multitudinarias, nació en 1978 el Movimiento Negro Unificado (MNU), que agrupó a distintas organizaciones de todo el país. El MNU reivindicaba políticas públicas que mejoraran la vida de las personas negras, así como una democracia racial real. Sus marchas combinaban las consignas reivindicativas con música y danzas africanas, y daban gran presencia al rojo, verde y amarillo, colores del panafricanismo. 

Además, desde el movimiento se comenzó a reivindicar la literatura negra brasileña y se trataron de recuperar figuras políticas importantes de su historia. Uno de los personajes históricos más reivindicados es Zumbi, un exesclavo negro del siglo XVII que gobernó el Quilombo dos Palmares, una comunidad de esclavos emancipados. El movimiento negro consiguió, en uno de sus principales hitos, que el Gobierno declarara festivo el 20 de noviembre como Día de la Conciencia Negra en memoria de Zumbi, que se había convertido en un símbolo de resistencia afrobrasileña.

La segunda mitad del siglo XX trajo nuevas reivindicaciones, entre las que destacaban las cuotas raciales, medidas compensatorias para favorecer el acceso de las personas negras a la educación superior. Después de que el debate sobre las cuotas raciales creciera en los noventa, en 2003 se logró establecerlas por primera vez en una universidad, la Universidade do Estado do Rio de Janeiro; el resto de universidades federales lo habían hecho llegado 2012. Las nuevas reivindicaciones también iban dirigidas contra el “genocidio negro”, que alude a la violencia física y silenciamiento al que ha estado sometida la población negra, cuya cultura ha sido invisibilizada y menospreciada. Como respuesta, el movimiento reivindica su música, su cultura, su estética e incluso su cabello rizado. Otro logro importante en esa línea fue la aprobación en 2003 de una ley educativa para primaria, secundaria y bachiller cuyo plan de estudios incluía historia africana, de los africanos y de la esclavitud. 

Celebraciones por el Día de la Conciencia Negra en Serra da Barriaga, donde se encontraba el Quilombo dos Palmares, el 20 de noviembre de 2015. Fuente: Ministerio de Cultura brasileño

A pesar de ello, la brecha social en Brasil persiste, y se manifiesta claramente en las desigualdades socioeconómicas: a pesar de que aproximadamente la mitad de la población es blanca, el 75% de los que tienen ingresos más bajos son negros o mestizos. Esta desigualdad se ha visto reflejada en un mayor impacto del coronavirus sobre la población no blanca, ya que viven en peores condiciones y en muchos casos se ven obligados a seguir trabajando a pesar de la pandemia. 

El eco de Black Lives Matter en Brasil

Además de la desigualdad económica y la invisibilización cultural, en Brasil todavía existe violencia física dirigida a población negra y mestiza. Las muertes por homicidio de personas negras ascendieron a más de 49.000 en 2017, comparadas con los más de 14.700 blancos. Esta violencia se manifiesta sobre todo a través de las fuerzas policiales, que reprimen de forma especialmente violenta a la población negra. Entre 2007 y 2018, el 75,4% de las personas que murieron en intervenciones policiales eran negras

Una de las dificultades a las que se enfrentan las personas negras a la hora de protestar frente a esta situación es que, al no tratarse de un grupo minoritario, esta violencia policial en muchos casos no se considera racismo. A esto se suma que, a diferencia de la policía estadounidense, cuyos agentes son en su mayoría blancos, en la policía brasileña los negros representan en torno a la mitad, un porcentaje parecido al de la población. Además, parte de los brasileños están de acuerdo con una acción policial contundente debido al elevado número de asesinatos que sufre Brasil, uno de los países más peligrosos del mundo. Y, por si fuera poco, la policía brasileña goza de una elevada impunidad: las investigaciones contra agentes no suelen salir adelante y en pocas ocasiones acaban en su imputación.

A pesar de todo ello, las masivas protestas raciales iniciadas en Estados Unidos en mayo a raíz del asesinato de George Floyd a manos de un policía blanco en Mineápolis resonaron en Brasil. Las protestas revitalizaron el movimiento Black Lives Matter, nacido en 2013, y sus reivindicaciones raciales se replicaron por todo el mundo, inspirando protestas también en los países latinoamericanos. En Brasil, la similitud de la violencia policial brasileña con la de Estados Unidos dio mayor fuerza al movimiento. El 31 de mayo se produjeron manifestaciones antirracistas, antifascistas y prodemocráticas en contra del Gobierno de Bolsonaro en Porto Alegre, São Paulo y Rio de Janeiro. El hecho de que Brasil ya fuera el segundo país con más casos de coronavirus del mundo no amilanó a los manifestantes, como tampoco lo hizo antes con los bolsonaristas que protestaban contra el confinamiento. Y aunque la policía militar brasileña reprimió con violencia las manifestaciones antirracistas, estas continuaron a lo largo de junio, vinculadas con el movimiento prodemocrático.

El Gobierno y el movimiento negro 

El movimiento negro brasileño ha conseguido avances institucionales en las últimas décadas, entre las que destacan la decisión del Gobierno izquierdista de Lula da Silva de crear en 2004 la Secretaría Especial de Políticas de Promoción de la Igualdad Racial (SEPPIR). La SEPPIR buscaba impulsar políticas de igualdad racial, sobre todo en el ámbito educativo y con medidas como las cuotas raciales. Sin embargo, la posible elección del ultraderechista Jair Bolsonaro en 2019 despertó preocupaciones en el movimiento negro sobre la continuidad del SEPPIR, ya que el entonces candidato a presidente había hecho declaraciones poco favorables a la causa de la igualdad racial. 

Pese a que finalmente la SEPPIR no desapareció con la llegada de Bolsonaro a la presidencia, el nuevo presidente no ha facilitado los avances hacia la igualdad. Una de sus acciones más controvertidas al respecto fue el nombramiento de Sérgio de Camargo como presidente de la Fundação Cultural Palmares, una institución pública destinada a la promoción de la cultura negra brasileña. Camargo, un brasileño negro y derechista, ha tratado de eliminar el Día Nacional de la Cultura Negra y ha criticado e insultado a importantes artistas y celebridades negras brasileñas, así como a Zumbi o a la activista afroestadounidense Angela Davis. Camargo también se ha posicionado en contra del movimiento negro y ha declarado que “la esclavitud fue terrible pero beneficiosa para sus descendientes”.

Tuit fijado en la cuenta oficial de Twitter de Sérgio de Camargo: “Debo todo a la educación que recibí de mis padres. No debo nada a África. Nada a mi color de piel. ¡Nada a la izquierda!”.

El movimiento negro brasileño ha logrado importantes victorias desde la abolición de la esclavitud, especialmente con las leyes de cuotas raciales para las universidades y la ley educativa de 2003. Quizá uno de los desafíos a los que se enfrenta es su reducida presencia en las instituciones, lo que dificulta su participación en la creación de políticas públicas. Organizaciones como el Consejo de Derechos Humanos de la ONU o Amnistía Internacional han puesto de manifiesto la necesidad de que los Gobiernos brasileños trabajen para terminar con el racismo institucional que sufre la población negra. Sin embargo, el actual Gobierno no parece haber situado esto entre sus prioridades, y cuesta imaginar que se vayan a producir avances mientras Bolsonaro ocupe la presidencia.