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La arquitectura también es política, y Trump lo sabía

La arquitectura también es política, y Trump lo sabía
Fuente: elaboración propia.

Una de las últimas decisiones de Donald Trump antes de abandonar la Casa Blanca fue firmar una orden para promover la “belleza” en la arquitectura federal estadounidense. En un texto que carga contra la arquitectura moderna y quienes la proyectan, Trump señalaba que los edificios gubernamentales debían diseñarse bajo los principios de la arquitectura clásica y tradicional. Más allá de la crítica, la orden pone en tela de juicio el sistema que velaba por la excelencia en el diseño de los edificios federales, instaurado bajo el mandato de John F. Kennedy.

El 18 de diciembre de 2020, cuatro días después de que el Colegio Electoral estadounidense hiciera oficial la victoria de Joe Biden, Donald Trump firmó la Orden Ejecutiva 13967 de “Promoción de una hermosa arquitectura cívica federal”. El texto indica que los padres fundadores del país se inspiraron en la arquitectura clásica de Grecia y Roma para crear un estilo representativo de las virtudes cívicas que querían para su modelo de sociedad. Buscaban conectar con los orígenes de la democracia a través de la referencia a los edificios del pasado. De este modo se construyeron el Capitolio y la Casa Blanca, sedes del poder legislativo y ejecutivo, y se diseñó el trazado de Washington, la capital federal. El documento elogia este tipo de arquitectura, que califica como bella y considera un símbolo del sistema de gobierno, y lamenta que el Gobierno comenzara a sustituir estos edificios por arquitectura moderna a partir de la segunda mitad del siglo XX. 

Trump critica estilos como el brutalismo, que utiliza el hormigón armado como material principal y se compone de formas rotundas y de la expresión de los elementos estructurales. Se queja de que las obras de las últimas décadas no son identificables como edificios públicos ni un testimonio visual de los valores del Gobierno federal, y que se proyectan para gloria de sus arquitectos en lugar de pensarse para el ciudadano al que la institución que alojan debe servir.

La orden propone recuperar la arquitectura clásica para devolver la belleza a los espacios públicos y que los ciudadanos sientan esos edificios como propios. Para esto define como clásica la basada en las arquitecturas griega, romana y sus evoluciones posteriores, como el Renacimiento y el Neoclasicismo. También aprueba la arquitectura tradicional, con estilos como el gótico, el románico o las adaptaciones de los estilos mediterráneos que ya se consideran propias de algunas regiones de Estados Unidos.

La Administración Trump no definió herramientas concretas para lograr un cambio real en la arquitectura pública, pero sí creó un nuevo órgano asesor presidido por un miembro de la Comisión de Bellas Artes. Y es ahí donde se puede apreciar que la orden tiene un alcance algo más profundo del que aparenta. Trump renovó la Comisión, una agencia federal que aconseja al Gobierno en materia artística y de diseño. Por primera vez en décadas, este organismo no cuenta con ninguna mujer entre sus siete miembros, todos hombres blancos y alineados con la orden ejecutiva de Trump. Su actual presidente también encabeza la Sociedad Nacional de Arte Civil, una organización privada que promueve la arquitectura tradicional y considera que la moderna elimina el sentimiento patriótico de la ciudadanía.

Edificio Federal de San Francisco
San Francisco Federal Building, uno de los edificios que más críticas ha recibido por los defensores del estilo clásico. Fuente: Wikimedia

La Comisión mantendrá su composición actual hasta finales de 2022, así que, pese al cambio de Gobierno, las decisiones sobre arquitectura seguirán influidas por la orden de Trump al menos hasta entonces. Esto ha motivado un comunicado del Instituto Estadounidense de Arquitectos, que condena que Trump haya apostado por un tipo de arquitectura determinado e imponga ese estilo a los nuevos edificios federales. Más allá de las quejas por esta injerencia del presidente en la arquitectura, el Instituto apoyó una iniciativa legislativa demócrata para mantener los principios que habían guiado la arquitectura federal en las últimas décadas.

Un manual para diseñar la arquitectura federal

La motivación de la orden de Trump es lanzar un dardo contra el sistema que se ha encargado de la construcción de los edificios gubernamentales en las últimas décadas. El crecimiento del Gobierno federal tras la Segunda Guerra Mundial obligó a construir nuevos edificios en todo el territorio y embajadas en otros países. En 1949 se fundó una agencia federal para coordinar el funcionamiento de los nuevos servicios, la Administración de Servicios Generales. Dentro de ella, el Servicio de Edificios Públicos se encargaría de la construcción y mantenimiento de los inmuebles.

Todo el proceso de diseño y construcción de estas obras está guiado por unas reglas establecidas durante el Gobierno de John F. Kennedy (1962-1963). Las recomendaciones no eran muy extensas: los edificios debían ser económicos en su construcción y mantenimiento, y el sobrecoste destinado a evitar que se repitieran de forma monótona por todo el país no era un problema. Además, parte del presupuesto iría destinado a financiar obras de artistas locales. Ya entonces se incidía en la necesidad de diseñar para las personas con movilidad reducida, algo poco habitual en aquella época. También se prestaba especial atención a que el edificio se relacionara con el lugar y planteara un entorno agradable a su alrededor.

Estos principios también citaban referentes de la Grecia clásica, como Pericles: “No imitamos, ya que somos el modelo para los demás”. Pero, a diferencia de la orden de Trump, no se proponía volver a la arquitectura clásica y se evitaba que el Gobierno fijara un estilo oficial. Los arquitectos tenían que proponer el diseño más acertado para cada caso y la Administración buscaría la asesoría de arquitectos de prestigio para elegir las mejores soluciones. Además, se estableció un programa que controlaría el cumplimiento de estas indicaciones y que trataría de adaptarlas a las necesidades de cada momento. No se dejaba al libre arbitrio de los políticos, sino bajo el control de expertos.

Así, la construcción de los edificios federales en estas décadas ha primado la calidad del diseño arquitectónico en todos sus aspectos estéticos y funcionales. Desde finales de los años noventa también se tienen en cuenta la eficiencia energética y el cuidado del medioambiente. Durante las presidencias de Bill Clinton y Barack Obama se potenció el sistema establecido por Kennedy, se creó un organismo que lo impulsara, el Programa para la Excelencia en el Diseño, y se ha velado por controlar su ejecución y resultados. La importancia que este sistema tuvo para el desarrollo de la arquitectura estadounidense ha sido reconocida por sus principales figuras y su legado continúa vigente.

Making Federal Buildings Beautiful Again

El movimiento de Trump contra este modo de construir la arquitectura federal se enmarca en su campaña para las elecciones presidenciales de noviembre de 2020. En febrero de ese año se filtró un borrador de la orden ejecutiva con un título agitador: Making Federal Buildings Beautiful Again, en referencia al eslogan de Trump Make America Great Again. Trump ha desarrollado una larga carrera como promotor inmobiliario y sus edificios están construidos en el estilo que la orden critica, pero para el diseño de los edificios federales el entonces presidente apostaba por lo contrario.

Varios analistas han señalado esta contradicción, que tiene una importante carga ideológica. La vuelta a la arquitectura del pasado se enmarca en una corriente que considera que la contemporánea no respeta los valores tradicionales y que los arquitectos los han diseñado de espaldas al pueblo. En esto coincide con los gustos del príncipe Carlos de Gales, que apuesta por estéticas similares y que siempre se ha opuesto a la arquitectura moderna a pesar de que gran parte de ella se diseñó antes de su nacimiento, en 1948.

Algunos expertos alertan también de que esta preferencia por la arquitectura clásica conlleva un sesgo que sugiere que la arquitectura blanca y occidental es superior, aunque el estilo contemporáneo no tenga un origen étnico muy distinto. El estilo clásico en Estados Unidos se vincula además a los orígenes europeos del país e ignora las raíces indígenas y de otras minorías. Es más, el pasado esclavista del sur del país se ve reflejado, incluso reivindicado, en esta arquitectura.

Capitolio Estados Unidos
El Capitolio de Estados Unidos, en Washington, D.C. Fuente: Wikimedia

Existe una relación entre el surgimiento de cuentas en redes sociales que reivindican la arquitectura clásica con los movimientos de ultraderecha en los que Trump se ha apoyado. Estas cuentas vinculan la arquitectura del pasado con una sociedad supuestamente idílica, en la que se respetaban una serie de principios y en la que el poder estaba en las manos adecuadas. Cualquier avance artístico se percibe como un cuestionamiento de la estructura social.

No en vano las dictaduras del periodo de entreguerras se inspiraron en la estética de la Roma imperial y se opusieron a la arquitectura de vanguardia. La Alemania nazi cerró la Bauhaus, la escuela que había revolucionado el arte y la arquitectura tras la Primera Guerra Mundial con una vertiente más utilitaria y vinculada al diseño industrial, y la Unión Soviética depuró a los arquitectos constructivistas ligados en sus inicios a la Revolución.

¿Qué es la “arquitectura estadounidense”?

Con todo, el lenguaje de la arquitectura moderna, con sus edificios de acero, vidrio y hormigón, también tiene componentes ideológicos. Supone una superación de la devastación producida por la Segunda Guerra Mundial, una apuesta por los materiales industriales y una estética vinculada a las vanguardias, cuyos principales exponentes emigraron a Estados Unidos, la potencia que empujó la modernización de Europa occidental. Su influencia en la cultura estadounidense puede apreciarse en las ciudades, pero también en libros como ¿Quién teme al Bauhaus feroz?, del periodista Tom Wolfe, que critica que esta arquitectura sin ornamento está diseñada para alimentar el ego de los arquitectos y no para satisfacer las necesidades de sus usuarios. 

Donald Trump agitó todo esto en clave electoral con la filtración del borrador de su orden ejecutiva en el arranque de la campaña electoral para su segundo mandato. Una vez derrotado en las elecciones, no lo eliminó de la agenda y publicó el texto definitivo de la orden, que será un lastre para la presidencia de Biden.

Han surgido distintas opiniones sobre la polémica. La mayoría critican la orden por imponer un estilo arquitectónico concreto sin abordar los problemas de varios edificios que han seguido estas recomendaciones. No es solo que las decisiones de Trump en materia estética tuvieran aspectos políticos y discriminatorios, sino que la arquitectura clásica no puede resolver algunas de las demandas de los nuevos edificios. Además, el Programa para la Excelencia en el Diseño, que controla el diseño de los inmuebles federales, ya tiene en cuenta los criterios de los profesionales que van a utilizar esos edificios. Es el caso del Palacio de Justicia de Austin (Texas), citado en la orden de Trump como ejemplo del estilo a evitar.

Otros expertos apoyan esta vuelta del lenguaje clásico como el preferido para proyectar edificios públicos. Argumentan que la arquitectura contemporánea no ha sido capaz de producir espacios con los que el ciudadano se sienta identificado y que es un estilo impuesto al conjunto de la sociedad por el gremio de los arquitectos. Según esta opinión, el clasicismo no es una ideología, sino que busca la armonía estética en unas ciudades que se han visto invadidas por edificios que solo buscan llamar la atención.


Joe Biden revocó la orden de Trump un mes después de su toma de posesión. El Instituto Estadounidense de Arquitectos ha aplaudido la medida. Es posible que Biden también refuerce las políticas del Programa para la Excelencia en el Diseño, en un contexto de crisis económica que precisará de inversiones públicas. Pero el nuevo presidente tendrá que enfrentarse al debate abierto durante estos meses y al obstáculo que le ha dejado Trump: la composición de los organismos encargados de velar por el diseño de los edificios que simbolizarán la recuperación tras la pandemia.