China y Rusia, la diplomacia autoritaria
China y Rusia son el elefante en la sala a la hora de hablar de sharp power. De acuerdo con Ludwig y Walker, ambos países han destinado ingentes recursos en los últimos años a impulsar estrategias de manipulación y distracción masiva aprovechando el carácter abierto de las sociedades democráticas, mientras que, a su vez, han buscado limitar en lo posible la influencia cultural y política del exterior en sus respectivos territorios. El ejemplo más claro es el chino, que mantiene una férrea censura sobre la información a la que acceden sus ciudadanos detrás de la Gran Muralla china cibernética —conocida como el Gran Cortafuegos—, pero que no duda en aprovechar las ventajas de las sociedades abiertas para promover sus intereses nacionales. Rusia, por su parte, tiene una aproximación algo más moderada, pese a las controversias recientes a causa del bloqueo fallido de Telegram por orden del Kremlin. Ahora bien, aunque existen diferencias tácticas, logísticas y operativas entre los modelos de sharp power ruso y chino, ambos tienen en común su objetivo de internacionalizar un discurso en el que las libertades individuales están subsumidas al poder del Estado, a diferencia de lo que ocurre en los modelos políticos de las democracias liberales. Ante la asimetría de poder internacional todavía existente entre Occidente y sus competidores estratégicos, China y Rusia han entendido la importancia de extender su influencia no solo en los términos realistas clásicos de poder militar —que también—, sino especialmente en la batalla por las ideas y los valores. Para ello, han promovido vigorosamente la expansión internacional de centros culturales, medios de comunicación estatales, think tanks afines o asociaciones académicas cuyo objetivo en muchos casos no es tanto ganarse los corazones de la opinión pública extranjera —soft power— como desestabilizar su confianza en sus instituciones y valores democráticos —sharp power—. En el caso de Rusia, destaca especialmente el alineamiento de conglomerados informativos estatales 24 horas, como Russia Today (RT) o Sputnik News, con los objetivos de Moscú a la hora de fomentar la división entre y dentro de los países aliados de la Unión Europea y la OTAN. El espectro de actividades disruptivas es por tanto muy amplio. La línea que separa propaganda —empleada históricamente por la amplia mayoría de actores internacionales— del ejercicio sistemático de un poder punzante de naturaleza interpretada como maligna es delicada, pero trazable. La aparición de este término nos debe invitar por ello a reflexionar acerca de las implicaciones de la manufacturación masiva de desinformación y su impacto en los tejidos democráticos. Nye alertaba hace poco de la importancia de que los países democráticos no caigan en la trampa de reciprocar conductas punzantes procedentes de Estados autoritarios: el aperturismo democrático significa vulnerabilidad, pero al mismo tiempo es sinónimo de fortaleza y superioridad. No parece que el debate de fondo en estos momentos deba plantearse en términos de cómo contraatacar ante este tipo de conductas, sino de qué forma defenderse frente a ellas sin violar principios democráticos fundamentales como la libertad de información o de expresión. Al fin y al cabo, en la competición contra el adversario, uno siempre corre el riesgo de terminar pareciéndose involuntariamente a él.Suscríbete a EOM para seguir leyendo este artículo
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