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La Agenda 2030, ¿crónica de un fracaso anunciado?

La Agenda 2030, ¿crónica de un fracaso anunciado?
Fuente: ONU

La Asamblea General de Naciones Unidas toma medidas esperanzadoras para afrontar los retos globales como la Agenda 2030 y sus Objetivos de Desarrollo Sostenible, pero debido a su carácter no vinculante, estas pueden acabar siendo tan solo un conjunto de buenas intenciones. Sin el cambio en las regulaciones internas por parte de los Estados o sin las acciones impulsadas por las ciudades, lo que apruebe un organismo internacional será poco tangible. ¿Se conseguirá esta vez mejorar la calidad de vida de las personas y del planeta antes del 2030?

El 25 de septiembre de 2015, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible (conocida sencillamente como Agenda 2030), que fue consensuada de manera participada por Gobiernos locales, regionales y estatales, así como representantes del sector privado, de la academia y de la sociedad civil. La Agenda 2030 propone un plan de acción para acabar con la pobreza en todas sus formas y dimensiones, y en todo el mundo. Para lograrlo, se desglosó ese plan de acción en diecisiete Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que, más concretamente, tienen la voluntad de conseguir la paz y la prosperidad para todas las personas y para el planeta sin dejar a nadie atrás. 

Los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible. Fuente: Naciones Unidas

Antes de los ODS, los ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), fueron definidos en septiembre del año 2000 con la voluntad de reducir la pobreza extrema, con un plazo límite de 2015. Desde entonces, ha habido importantes mejoras en la disminución del número de personas que viven en situación de pobreza económica o en el aumento de personas que tienen acceso a la educación primaria, pero la necesidad de mantener estos objetivos —aunque hayan sido redefinidos— pone de manifiesto que los resultados no fueron los esperados. Además, los ODM recibieron destacables críticas, como la falta de una perspectiva más amplia de la pobreza que tuviera en cuenta su multidimensionalidad y su presencia dentro de países desarrollados, la  división de algunas metas interdependientes, la dificultad para hacer un monitoreo de su evolución o lo inoperables que eran algunos objetivos para los Gobiernos locales. 

Para ampliar: Informe de 2015 de los ODM, Naciones Unidas, 2015

Los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Fuente: Naciones Unidas

Frente a estas carencias, la Agenda 2030 define diecisiete objetivos universales, multidimensionales, integrales y medibles con la sostenibilidad y la equidad como pilares. Además, este plan de acción sí reconoce a las ciudades como actores fundamentales para cumplir con los ODS. En primer lugar, porque concentran gran parte de la población mundial: el 55% de los habitantes viven en zonas urbanas, un porcentaje que se prevé que continúe aumentando con los años. Si más de la mitad de la población vive en ciudades, es fundamental que estas se consoliden como espacios sostenibles, inclusivos y resilientes frente a las crisis climáticas y de otras índoles para asegurar el desarrollo mundial. Por este motivo se las considera responsables del logro del 65% de las 169 metas de la Agenda 2030. Y, en segundo lugar, porque gozan de una posición privilegiada, ya que hacen frente a los retos de la ciudadanía desde la proximidad y, por lo tanto, desde un mayor conocimiento de la realidad. Otro elemento transformador es el amplio compromiso que ha despertado esta agenda que, a diferencia de lo que sucedió con los ODM, no ha sido asumido con fuerza solo por las ONG o países en vías de desarrollo.

Para ampliar: “Mientras las ciudades crecen”, Clara R. Venzalá en El Orden Mundial, 2018

A pesar de ello, después de cuatro años de su aprobación empiezan a observarse incoherencias y lentitud en el proceso. Por un lado, el sector privado suele trabajar desde una perspectiva multidimensional, aunque algunos priorizan uno o más ODS en particular. Eso supone que, aunque focalicen sus esfuerzos, puedan llegar a ser incoherentes en algunas de sus acciones. Un ejemplo sería la recogida de ropa usada a cambio de descuentos en nuevas compras que lleva a cabo una conocida multinacional del sector textil; una idea que, aunque pueda parecer buena, es claramente opuesta al hito marcado por el Objetivo número 12, que busca un consumo más responsable que genere menos residuos. 

Por su lado, los Estados también acaban asumiendo un rol algo ambiguo. Muchos de ellos visibilizan su compromiso con la Agenda 2030. El Gobierno español con Pedro Sánchez como presidente, por ejemplo, creó el Alto Comisionado para la Agenda 2030; miembros de su partido, el PSOE, lucen el pin de los ODS en actos públicos e incluso los integrantes del Gobierno lo añadieron a su imagen en los perfiles de Twitter durante la campaña de las últimas elecciones, en abril de 2019. China aprobó su plan de acción en 2016 y, ostentando la presidencia del G20, propuso crear uno para la propia organización. Y Marruecos impulsa procesos participativos en el marco de la Agenda 2030. Pero, más allá de la imagen que transmiten, ¿qué están haciendo estos países y el resto para avanzar hacia un desarrollo sostenible económico, social y ambiental? 

La realidad es que el avance es excesivamente lento. Un dato especialmente relevante es que de 43 países analizados —incluyendo los miembros del G20 y los países con más de 100 millones de habitantes—, sólo 33 han aprobado declaraciones de compromiso con los ODS y, de estos, únicamente 18 han elaborado presupuestos que incluyan la Agenda 2030. Teniendo en cuenta que uno de los mayores retos a nivel mundial es la lucha contra el cambio climático sorprende también que en países donde aparentemente se adoptan con gratitud los ODS, las acciones verdaderamente transformadoras para ser más resilientes frente a esta amenaza sean muy limitadas. De hecho, la mayor parte de los países de la OCDE están estancados o incluso retroceden en materia climática, y siguen muy lejos de conseguir el objetivo marcado por la Agenda. De hecho, exceptuando Oceanía, los países que tienen mejoras más destacables son los de regiones en vías de desarrollo, especialmente África subsahariana. 

Para ampliar: “Sustainable development report”, Bertelsmann Stiftung, 2019

La Agenda 2030 exige coherencia y, por el momento, lo que se encuentran son múltiples contradicciones. Marruecos impulsa procesos participativos mientras que silencia manifestaciones con espíritu democratizador con reformas constitucionales tímidas impulsadas unilateralmente desde el propio poder. Tampoco tiene sentido que países como Francia o Alemania sigan exportando residuos plásticos hacia países en vías de desarrollo para evitar impulsar políticas que promuevan reducir la generación de todo tipo de residuos, además del reciclaje, o que en México se reivindique la necesidad de tomar medidas urgentes frente al cambio climático mientras que se promueve la extracción de hidrocarburos mediante el fracking. Y como último ejemplo —aunque la lista podría ser mucho más larga—, tampoco es coherente que China pretenda liderar un plan de acción para el desarrollo a través del G20 en un contexto de represión constante en Hong Kong

Para ampliar: “El sudeste asiático ya no quiere ser el vertedero del mundo”, Cristina de Esperanza en El Orden Mundial, 2019

Principales exportadores de residuos plásticos. Fuente: Statista

Frente a estas contradicciones, hay dos elementos fundamentales a tener en cuenta. En primer lugar, la importancia del trabajo en red como el que realizan organizaciones como Ciudades y Gobiernos Locales Unidos (CGLU). Por su posicionamiento y proximidad con la ciudadanía, estas agrupaciones de ciudades se han convertido en grandes motores del cambio, impulsando iniciativas como el fomento de políticas inclusivas para garantizar la paz en puntos históricamente conflictivos como Medellín; también el fomento de presupuestos participativos a nivel regional como los de Penang (Malasia), que resultan en programas en una mayor corresponsabilidad entre los agentes implicados y en una comunidad más cohesionada. Y, en segundo lugar, resulta crucial la adopción de una perspectiva multidimensional del desarrollo, sin la que los objetivos marcados para el 2030 no se cumplirán. 

Para ampliar: “Towards the localization of SDGs”, de CGLU, 2019

Con todo, las ciudades y los Gobiernos regionales pueden continuar asumiendo las políticas más tangibles, pero solo los Estados tienen las competencias para legislar o para destinar grandes presupuestos al cumplimiento de los diecisiete ODS. La Agenda 2030 es una oportunidad para dar coherencia a las políticas y acciones que se llevan a cabo en el mundo para mejorar la vida de las personas y del planeta. De lo contrario, las metas marcadas en 2015 no serán alcanzadas en 2030, lo que se traducirá en un fracaso de los compromisos internacionales y, lo que es peor: la pobreza seguirá siendo presente en todo el mundo y los recursos del planeta estarán más próximos a agotarse.