Quienes hayan visitado Budapest recordarán la magnificencia de su Parlamento, esbelto e imponente, a la orilla del Danubio. El edificio desde el que gobierna Hungría Viktor Orbán fue construido a principios del siglo pasado y no es casualidad que su estilo neogótico esté inspirado en el Parlamento de Westminster, en Londres. En una época en la que Europa todavía se dividía entre monarquías imperiales y democracias parlamentarias, cualquier nación que aspirase a convertirse en una de estas últimas tenía al Reino Unido —la democracia más antigua del continente— como un referente, incluso a nivel arquitectónico.
Es un ejemplo de lo que se ha llamado “efecto Versalles”, la influencia que alcanza un régimen político de un prestigio tal que llega a ser considerado un modelo ideológico, político, económico y cultural que emular para sus contemporáneos. En la cima de su poder, Luis XIV consiguió hacer de Francia una potencia y de Versalles, la corte imitada en toda Europa, donde las clases altas vestían según la moda parisina y hablaban francés.
Ya a finales del siglo XX, el desplome del bloque comunista trajo la proclamación del “fin de la Historia”, el efecto Versalles definitivo. Occidente no solo había vencido la batalla ideológica, sino que su modelo —la democracia liberal— parecía el mejor que podía alcanzarse. Todas las naciones estaban abocadas, antes o después, a adaptarse a él.
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