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Cinturón es una palabra que ni el expresidente Mariano Rajoy ni el Partido Popular (PP) van a olvidar en mucho tiempo. Es la traducción al español de Gürtel, el nombre de la operación judicial que destapó una gigantesca trama de corrupción relacionada con el partido y que acabó por sentenciar que la formación popular se había financiado de forma ilegal.
Esta resolución judicial —en la que otros exmiembros del partido han sido condenados a elevadas penas de prisión— fue motivo suficiente para que el Partido Socialista (PSOE) lanzase el arriesgado órdago de una moción de censura. Y, más que arriesgada, la jugada era temeraria. Cuando el ahora ya presidente Pedro Sánchez la anunció el viernes anterior a la votación, lo hizo con enorme precipitación y sin consultar a otros grupos parlamentarios. En solitario, el PSOE no contaba ni con la cuarta parte de los diputados de la cámara; a sus 84 votos todavía tendría que sumar 92 más para lograr la mitad del Parlamento más uno. En aquellos primeros compases, la propuesta socialista de echar al presidente del Gobierno parecía abocada a fracasar, como había ocurrido con las otras tres mociones planteadas en las últimas cuatro décadas. Sin embargo, esta vez no fue así.
Se desencadenó un frenético juego tacticista por parte de todos los partidos, empezando por el PSOE, que se proponía a sí mismo para gobernar. Sabedores de su precaria situación en las encuestas, necesitaban ganar tiempo para recomponerse, por lo que unos comicios les suponían una inconveniencia importante. Mientras, partidos como Ciudadanos —formación de corte socioliberal—, exigían que tras la moción se convocasen automáticamente elecciones al verse en la situación opuesta al PSOE: tendencia creciente en las encuestas y posibilidades de liderar un Gobierno si se celebrasen comicios. La especulación durante la moción por parte de las formaciones ha sido extrema; de ahí que hasta el último momento no se haya definido el voto de algunos partidos que, aunque pequeño...
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