Un relevo exprés en el Gobierno de España

La primera moción de censura que prospera en los 40 años de la etapa democrática en España tiene lecturas múltiples y complementarias, que en muchos aspectos reflejan dónde se ven y dónde se querrían ver los principales partidos en un Parlamento precario en equilibrios.
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Un relevo exprés en el Gobierno de España
El presidente saliente, Mariano Rajoy, felicita al nuevo dirigente, Pedro Sánchez. Fuente: Congreso de los Diputados

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Cinturón es una palabra que ni el expresidente Mariano Rajoy ni el Partido Popular (PP) van a olvidar en mucho tiempo. Es la traducción al español de Gürtel, el nombre de la operación judicial que destapó una gigantesca trama de corrupción relacionada con el partido y que acabó por sentenciar que la formación popular se había financiado de forma ilegal.

Esta resolución judicial —en la que otros exmiembros del partido han sido condenados a elevadas penas de prisión— fue motivo suficiente para que el Partido Socialista (PSOE) lanzase el arriesgado órdago de una moción de censura. Y, más que arriesgada, la jugada era temeraria. Cuando el ahora ya presidente Pedro Sánchez la anunció el viernes anterior a la votación, lo hizo con enorme precipitación y sin consultar a otros grupos parlamentarios. En solitario, el PSOE no contaba ni con la cuarta parte de los diputados de la cámara; a sus 84 votos todavía tendría que sumar 92 más para lograr la mitad del Parlamento más uno. En aquellos primeros compases, la propuesta socialista de echar al presidente del Gobierno parecía abocada a fracasar, como había ocurrido con las otras tres mociones planteadas en las últimas cuatro décadas. Sin embargo, esta vez no fue así.

Se desencadenó un frenético juego tacticista por parte de todos los partidos, empezando por el PSOE, que se proponía a sí mismo para gobernar. Sabedores de su precaria situación en las encuestas, necesitaban ganar tiempo para recomponerse, por lo que unos comicios les suponían una inconveniencia importante. Mientras, partidos como Ciudadanos —formación de corte socioliberal—, exigían que tras la moción se convocasen automáticamente elecciones al verse en la situación opuesta al PSOE: tendencia creciente en las encuestas y posibilidades de liderar un Gobierno si se celebrasen comicios. La especulación durante la moción por parte de las formaciones ha sido extrema; de ahí que hasta el último momento no se haya definido el voto de algunos partidos que, aunque pequeños, han resultado cruciales.

Se podría pensar —y probablemente así sea con el tiempo— que este descrédito del expresidente Rajoy por parte de la cámara venía por el inmenso escándalo de la corrupción. Esto, no obstante, debe ser visto como el medio y no el fin. Los escándalos relacionados con la corrupción llevan años afectando gravemente a España en general y al Partido Popular en especial; la sentencia de la Gürtel vino a confirmar lo que era ya un secreto a voces. Pero nunca había pasado de ahí: la corrupción estaba naturalizada —o al menos tolerada— en buena parte de su electorado. Esta moción contra el Gobierno no se ha producido por una cuestión de salud democrática, sino por representar el momento de mayor debilidad del partido del Gobierno. Estos días eran simplemente una ventana de oportunidad, y la oposición la ha aprovechado de manera evidente.

Tras estos primeros días de acelerado ajedrecismo, llegó una fase posibilista. Seguía la especulación, pero con otra cara. Los apoyos que inesperadamente había conseguido el PSOE en poco tiempo generaron una burbuja: cuanto más se acercaba la coalición a favor de la moción a los 176 votos necesarios, mayor presión se generaba en los partidos —nacionalistas vascos y catalanes, especialmente— para posicionarse en la disyuntiva y mayor coste asumían si elegían el lado incorrecto. Descartada ya la posibilidad de elecciones, los partidos barruntaban cómo vender su apoyo, su rechazo o su abstención a la destitución de Rajoy como presidente del Gobierno.

Mención especial merecen los partidos nacionalistas, concretamente el Partido Nacionalista Vasco (PNV), que una vez más han resultado cruciales en las matemáticas parlamentarias. Exceptuando las legislaturas en las que el PP ha logrado mayoría absoluta, en el resto tanto el PNV como Convergencia y Unión —hoy PDeCat— han funcionado como partidos bisagra para alcanzar esas mayorías necesarias.

La rapidez en el desarrollo de los acontecimientos ha beneficiado enormemente a la apuesta de Sánchez. Todo se ha tenido que decidir en cuestión de días. Determinadas posiciones, quizás en cuestión de horas. Decisiones de tal calado en un periodo tan corto tienen mayor componente de impulsividad y cortoplacismo, sin tiempo para negociaciones y desgastes. “O conmigo o contra mí. Y rápido”. No sería descabellado pensar que, si en vez de pocos días hubiesen sido varias semanas las transcurridas entre la presentación de la moción y su votación, no hubiese prosperado al permitir al PP negociar y recomponerse.

El Partido Popular ha cometido numerosos errores de cálculo, algunos tan abultados que han resultado determinantes. Su inacción y la apelación a un discurso del miedo eran cada vez menos eficientes ante una oposición que día a día ganaba nuevos diputados a la causa. También partía de premisas algo miopes: como ninguna moción había prosperado antes y no había coaliciones sólidas en el Congreso, la unión de votos —aunque fuese de manera puntual— era muy difícil o imposible. Y, para terminar de rematar la debacle, una lógica tan arraigada en el PP como democráticamente perversa: el partido tiene una tendencia irrefrenable a patrimonializar el Estado —y su discurso contiene frecuentes referencias implícitas—: el país es el partido y por ello tienen ciertos derechos indiscutibles, como gobernar. Desdeñar otras lógicas —y, por supuesto, el funcionamiento del sistema parlamentario— ha acabado por llevarlos del Gobierno a la oposición.

Ciudadanos es otro de los partidos que ha salido perdiendo, teniendo en cuenta sus expectativas iniciales —convocar elecciones y ganar sustancialmente en votos— respecto a su posición final —un no a Sánchez que se interpreta tácitamente como un a Rajoy—. Quienes más se pueden beneficiar son, lógicamente, el PSOE, especialmente si desarrolla rápido una agenda reformista de corte progresista con medidas sencillas, poco costosas, pero de elevado rédito político y mediático, como la despolitización de Radiotelevisión Española o aplicar el pacto contra la violencia de género. También los nacionalistas catalanes en general y la facción más conciliadora en particular, que verán en el PSOE un Gobierno más abierto al diálogo y debilitará a la facción más belicosa del Partido Demócrata Europeo Catalán (PDeCat) y a Carles Puigdemont, cuyos réditos de un Gobierno del PP eran evidentes al poder explotar constantemente una lógica de la confrontación.

Para ampliar: “¿Por qué ha crecido el independentismo en Cataluña?”, Steven Forti en El Orden Mundial, 2017

Pero tampoco es que al Partido Socialista le haya caído un regalo del cielo. De hecho, el regalo puede estar envenenado. Su reducido número de diputados en la cámara los conduce irremediablemente a pactar con otras formaciones, como Podemos y partidos nacionalistas, y el electorado socialista lleva años tratado de ser conquistado desde izquierda —Podemos— y derecha —Ciudadanos—, por lo que habrá un notable interés por parte de otras formaciones en desgastar al Gobierno. Puede que en pocos meses asistamos a nuevas elecciones o, quién sabe, Sánchez, experto ya en navegar por tempestades, sea capaz de surcar hasta 2019 o 2020 las turbulentas aguas de la política española.

Fernando Arancón

Madrid, 1992. Director de El Orden Mundial. Graduado en Relaciones Internacionales por la UCM. Máster en Inteligencia Económica en la UAM. Especialista y apasionado de la geopolítica.