Política y Sociedad Europa

Maniobrar la revuelta: de la Transición española a la estabilización democrática

Maniobrar la revuelta: de la Transición española a la estabilización democrática
El presidente en funciones Leopoldo Calvo Sotelo traspasa sus poderes al nuevo presidente del Gobierno, Felipe González. Fuente: Gobierno de España

Bipartidista, estable, de grandes mayorías, son partidos sólidos… A pesar de que durante muchos años estas características parecieron inherentes a la democracia española, hubo otros rumbos posibles para el sistema político que vino tras el fin de la dictadura. ¿Cómo construyeron los partidos Socialista y Popular los años de su hegemonía?

La democracia española y todo el escenario político que sustenta no se puede entender sin sus partidos políticos. Vasos comunicantes entre la ciudadanía y las instituciones, han logrado durante años constituir el eje principal del debate político: daban forma a la agenda de gobierno, conferían voz a la oposición o simplemente ayudaban a identificar las posturas ideológicas en torno a las cuales era legítimo discutir. Los socialistas e Izquierda Unida marcaban el ritmo de la izquierda; los populares, de la derecha, y un gran número de partidos centraban principalmente su atención en cuestiones de ámbito territorial. El engranaje del sistema de partidos se movía con precisión y regulaba con su juego el ciclo democrático.

No obstante, lo que durante años pareció estable muestra hoy grandes signos de fragilidad. La crisis económica demostró en las plazas y las calles ser también una crisis política. Los viejos actores ya no parecían tener todas las respuestas; algo nuevo llamaba a la puerta y amenazaba con transformar radicalmente el sistema de partidos español. A partir de 2015, las elecciones en todos los ámbitos —local, autonómico y estatal— pueden marcar un punto de inflexión sin precedentes. En un escenario donde todo es posible, la demoscopia da palos de ciego y todos los actores, nuevos o veteranos, se preparan para cualquier resultado. Pero ¿cómo se ha llegado hasta este momento?

La Transición, un complejo aprendizaje electoral

En los primeros años setenta, la decadencia física del dictador Francisco Franco —y, en general, de todo el régimen que representaba— era cada vez más evidente. La pregunta “Y, después, ¿qué?” era un debate recurrente. Desde los más allegados hasta los más ajenos a la dictadura se preparaban para la llegada de una nueva era.

En este clima de agitación política surgieron multitud de partidos que se preparaban para ser instrumentos necesarios de mediación entre las instituciones y las demandas ciudadanas. Antiguas fuerzas políticas como el Partido Comunista de España (PCE) —principal partido de oposición al franquismo—, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) o el Partido Nacionalista Vasco (PNV) saltaban de nuevo a la palestra, pero también otras fuerzas de creación más reciente, como Unión de Centro Democrático (UCD) o Alianza Popular (AP), pretendían ser protagonistas en el paso a la democracia. Tras casi 40 años de nula concurrencia electoral, nadie podía asegurar cuál era el sentir político de los españoles. Todos los partidos se encontraban ante un escenario desconocido. No obstante, no todos corrieron la misma suerte y solo unos pocos lograron estabilizarse tras las primeras elecciones de 1977.

Las formaciones de izquierdas

El PCE, fundado en 1921, había logrado mantener su estructura y organización a lo largo del periodo franquista. En la clandestinidad, sus miembros se convirtieron en la expresión más viva de la oposición a la dictadura. Con la muerte de Franco, era sin lugar a duda el partido de izquierdas más grande e implantado. No obstante, esta posición privilegiada también tenía sus inconvenientes. Tras una larga campaña de propaganda anticomunista acometida por el régimen, amplios sectores de la población española tenían una imagen demoníaca del partido, acusado de prácticamente todos los males que azotaban al país. En un periodo en el que la opinión general propugnaba una salida moderada, el Partido Comunista, a pesar de sus esfuerzos, no consiguió romper con su leyenda negra.

Póster PCE
Cartel del PCE para las elecciones de 1977. La estrategia era clara: se trataba de un partido demócrata y europeísta. Fuente: Archivo del PCE

Las elecciones de 1977, para las que incluso el PCE había contenido las huelgas y la presión popular, lo relegaron a una posición secundaria con solo el 9,4% de los votos. Esto supuso el inicio de una grave crisis en la organización, que esperaba mayores resultados. En los años siguientes se sucedieron las escisiones y el abandono de militantes, con unos pésimos resultados en las elecciones generales de 1982.

Fundado en 1879, el PSOE, al igual que el Partido Comunista, gozaba de una dilatada trayectoria política, pero, a diferencia de este, había sido totalmente desarticulado durante la dictadura y solo mantuvo una estructura coordinada en el exilio. En 1975 los militantes socialistas no llegaban siquiera a los 4.000, muy lejos de la amplia estructura que en aquel momento ya poseía el PCE. La situación no parecía la mejor para constituirse como el principal representante de la izquierda. Sin embargo, la nueva dirección del partido, que se había impuesto en el Congreso de Suresnes con Felipe González a la cabeza, y la financiación y ayuda técnica de los grandes partidos socialdemócratas europeos hacían presagiar que el PSOE podía aspirar a ocupar un espacio significativo en el nuevo escenario político español.

La imagen joven y moderna que ofrecía González, elegido secretario general con solo 32 años, favorecía su percepción como una opción de cambio más moderada que el PCE, y el hecho de que parecía más cercano a las prósperas democracias europeas contribuyó al gran resultado de los socialistas en las elecciones de 1977. Con el 29,32% de los votos, el PSOE se convertía en el principal partido de la oposición y relegaba al PCE a un espacio minoritario; en los siguientes años, fagocitaría a otros partidos de tradición socialista. Las elecciones de 1982 encumbrarían finalmente a González como presidente con un 49,32% de los votos.

El resto del espectro político

Póster UCD Suárez
Cartel de UCD para las elecciones de 1977. Explotar la imagen de Suárez y la intención de consagrarse como la principal fuerza de centro fueron los pilares de la formación durante la campaña electoral. Fuente: Voz Pópuli

Pero a comienzos de 1977 el político más popular era, sin duda alguna, Adolfo Suárez. Su posición como jefe de Gobierno y el hecho de que bajo su mando se habían producido avances significativos hacia la democratización del país —en contraste con el periodo anterior, bajo la presidencia del franquista Arias Navarro— hacían de él un hombre capaz de aglutinar a la llamada “oposición moderada”, procedente de partidos liberales, socialdemócratas y democristianos comprometidos con el cambio de régimen, pero que no pretendían alterar las bases de la organización económica y social española. UCD vino así a agrupar a diversas organizaciones, incluida parte de la élite política franquista. Contaba con la ventaja de un líder muy visible y el apoyo que podía obtener del aparato burocrático del Estado en aquellas provincias donde carecía de estructura. En las elecciones generales de 1977, la coalición obtuvo el 36,44% del voto.

Esta composición plural pronto dio lugar a duros enfrentamientos internos. La falta de cohesión dio al traste con la posibilidad de construir un proyecto político a largo plazo. En 1981, en su segundo congreso, la división era más que evidente. Suárez no tardaría en crear un nuevo partido, el Centro Democrático Social, y distintos sectores democristianos y liberales iniciaron un progresivo acercamiento a Alianza Popular. UCD obtuvo terribles resultados en las generales de 1982 y al poco tiempo se disolvió definitivamente.

Otro partido de nuevo cuño sería Alianza Popular, fundada formalmente en 1976. Con el liderazgo de Manuel Fraga y la participación de otros altos cargos del franquismo, aspiraba a convertirse en la referencia fundamental de la centroderecha en un futuro régimen bipartidista. Pero erraron en la percepción del sentir del electorado español, menos a la derecha de lo que pensaban, y la aparición de UCD, con vocación también de hegemonizar la centroderecha, llevó a unos resultados muy malos en 1977: solo el 8,35% de los votos, menos que los comunistas.

El partido no se empezó a recuperar hasta 1980, cuando el acercamiento a sectores centristas y el deterioro de UCD le hicieron ganar fuerza poco a poco. Ya en las elecciones de 1982, tras haber integrado a importantes sectores de UCD, conseguiría situarse como la principal fuerza de oposición al PSOE.

Pero con la muerte del dictador no solo aparecieron partidos políticos que primaban las divisiones de clase —izquierda, derecha y centro—. También se constituyeron organizaciones que venían a representar la larga tensión existente en España en torno a la construcción territorial del Estado. La ruptura entre el centro y la periferia era el principal vector de conflicto político de estos partidos. Es así como formaciones como PNV —con Juan de Ajuriaguerra— o Pacto Democrático por Cataluña —con Jordi Pujol— lograron importantes resultados en 1977. Los cuatro grandes partidos nacionales no podían obviar estas formaciones regionales de cara a la formulación del nuevo Estado; en la Constitución de 1978 ya se recogía el carácter plurinacional y multilingüe del Estado. Sin embargo, las distintas lealtades nacionales y la relación entre centro y periferia no estaban en absoluto resueltas. Con el paso de los años, quedó claro que esta sería una cuestión constante en la realidad política española.

Distribución de las cortes parlamentarias tras las elecciones de 1977. Fuente: Cadena Ser

Una democracia de partidos

Los partidos, durante años prácticamente inexistentes en el país, se convirtieron en una de las señas de identidad más claras del nuevo sistema político. Ungidos de un peso fundamental durante la transición democrática, eran los actores principales de la nueva obra nacional. Tremendamente esclarecedor es el artículo 6 de la Constitución española, donde se define a los partidos como una expresión fundamental del pluralismo político y de la voluntad popular. Sin partidos no podía existir una verdadera democracia. No obstante, el axioma no es tan sencillo: desde los inicios del nuevo régimen democrático, una serie de ejes han dado forma a un sistema de partidos muy concreto. Cuestiones como la estructura interna, la territorialización del partido o la competición electoral han contribuido a que todos, en mayor o menor medida, presenten algunas características comunes.

Roto El País
Fuente: El Roto (El País)

Por ejemplo, la creación de todos los grandes partidos estuvo mediada por el contexto de la Transición. La necesidad de tomar decisiones en un clima tan convulso condicionó desde un primer momento el desarrollo de organizaciones verticales y fuertemente jerarquizadas. El pluralismo, tan demandado en la vida pública, no se veía reflejado en el interior de los partidos, donde no tardaron en surgir liderazgos muy fuertes que concentraban una gran capacidad de decisión. La normativa electoral, con listas cerradas y bloqueadas, no hizo más que reforzar esta tendencia a la oligarquización. Reforzando el poder de las cúpulas del partido sobre los candidatos, solo la lealtad a la dirección aseguraba un buen puesto en la lista para las siguientes elecciones. Cuestiones tan a la orden del día como el alejamiento de la ciudadanía, la falta de transparencia o la poca cultura democrática son consecuencia directa de aquellos primeros años.

Otra realidad a la que todos los partidos tuvieron que adaptarse fue la cuestión territorial. En el artículo 2 de la Constitución se reconoce el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones del Estado español; con cierta ambigüedad, daba pie a lo que posteriormente se ha denominado “Estado de las autonomías”, organizado en estructuras territoriales con instituciones de gobierno y una serie de competencias. Los partidos políticos de ámbito nacional no solo debían competir también en estos nuevos escenarios electorales, sino que encontraban una dificultad añadida. La facilidad para obtener primas electorales a nivel autonómico fomentó la constitución de gran cantidad de partidos de ámbito subestatal, como Coalición Canaria (CC) o Unión Aragonesista. Surgían así diferentes sistemas electorales, desde comunidades claramente bipartidistas hasta otras con más de cinco partidos estables, en una especie de estructura piramidal en la que por debajo del cerrado núcleo de dirección nacional se encontraban diversos grupos de poder concentrado a nivel autonómico y provincial.
PSOE PP González Rajoy cambio
Candidatos de partidos distintos en épocas distintas, pero un mismo mensaje. Fuentes: PSOE, PP

Todos estos partidos tuvieron que adaptarse a la competición electoral continuada, es decir, a la necesidad constante de obtener el mayor rédito electoral posible. En ese escenario y bajo el convencimiento de la moderación ideológica o tendencia al centro de la sociedad española, evitaban cada vez más declaraciones que pudieran alejar a grandes espectros electorales. El ideal era buscar un mensaje común a todas las clases socioeconómicas y una imagen de centro. Para ello primaban la agregación de demandas de amplia aceptación social y la figura del líder o candidato, una personalidad fuerte con buenas capacidades comunicativas. El desarrollo del marketing político y de una estructura capaz de responder a las cada vez más costosas campañas electorales ha sido una tarea fundamental para todas las organizaciones. La aparición y buena imagen en los medios de comunicación se vuelve más útil que una gran actividad, lo que en muchas ocasiones ha tendido a marginar a la sociedad civil de la participación en las estructuras políticas.

La renovación de la derecha

Tras las elecciones de 1982, España es una democracia consolidada. En ellas se produce un cambio efectivo de Gobierno de forma totalmente democrática y, además, con un drástico realineamiento del voto. El partido del Gobierno, UCD, sufrió una catástrofe electoral al pasar del 35% al 7% de los votos. Los centristas quedaban reducidos a una docena de escaños en las Cortes y el partido se disolvería unos meses después. El otro gran perdedor fue sin lugar a duda el PCE, que vio cómo desaparecía más del 80% de su representación parlamentaria. Santiago Carrillo, su secretario general, dimitió tras los nefastos resultados.

El PSOE logró hacerse con el Gobierno en las elecciones de 1982. Fuente: Cadena Ser

Pero no solo por grandes derrotas se caracterizó la convocatoria. AP, con muchas incorporaciones de UCD, lograba convertirse en el principal partido de centroderecha; con un 27,02% del voto, pasaba a liderar la oposición, aunque aún muy lejos de poder considerarse una alternativa real. Al otro lado del espectro, PSOE capitalizó casi la mitad de los votos, lo que hizo que se alzara definitivamente con el dominio de la centroizquierda y una clara mayoría absoluta. Las elecciones también vinieron a confirmar la importancia del eje territorial en la política española. Partidos de corte regionalista como PNV, Herri Batasuna o Convergencia y Unión (CiU por sus siglas en catalán) lograron estabilizarse de manera definitiva con una muy importante presencia en sus respectivas comunidades autónomas.

Durante los siguientes años, el PSOE continuó hegemonizando de una manera clara la política española con una buena implantación territorial y en la línea de moderación ideológica iniciada en la Transición. El partido se marcó grandes retos, como concluir el proceso autonómico, el desarrollo de un Estado social como el de los demás países de Europa Occidental o normalizar definitivamente la posición internacional del país, aún lastrada por la larga dictadura. Sin embargo, el gran poder que concentraba no logró contener algunas protestas en su contra. Muy recordado es el cambio de posición del partido respecto al ingreso en la OTAN: pasó de hacer campaña a favor de la salida a defender la permanencia en ella. Finalmente, se celebró un referéndum en 1986 y, aunque el Gobierno socialista consiguió la permanencia, sería el inicio de una nueva alternativa de izquierdas. El Partido Comunista, tratando de aprovechar la movilización anti-OTAN, logró constituir una coalición electoral bajo las siglas de Izquierda Unida (IU). Bajo el liderazgo de Gerardo Iglesias, IU comenzó su desarrollo e implantación a nivel nacional y obtuvo buenos resultados electorales en las convocatorias de 1987 y 1989.

Aznar y Fraga tras la refundación de 1989. Fuente: PP

AP, el principal partido de oposición nacional, tampoco estuvo de brazos cruzados durante estos años. Tras obtener en 1986 unos resultados muy parecidos a los de 1982, a gran distancia de los socialistas, se empezó a plantear dentro del partido el liderazgo del hasta entonces incuestionable Fraga, quien dimitiría un año más tarde. Dos corrientes se presentaron entonces para dirigir el partido. La primera, bajo el liderazgo de Miguel Herrero, proveniente de la extinta UCD y portavoz en el Congreso de AP. La segunda, de la mano del joven Antonio Hernández Mancha, perteneciente a la sección andaluza del partido e integrado desde el inicio de su carrera política en AP. Fue finalmente esta segunda candidatura la vencedora, aunque Hernández Mancha no logró asentar su liderazgo. El veterano Fraga volvería para hacerse cargo de los populares y controlar de manera más directa su sucesión. En 1989 el partido asumía un proceso de refundación con nuevos líderes y un nuevo nombre: Partido Popular (PP). El candidato para las elecciones generales de ese año sería el presidente de la comunidad de Castilla y León, José María Aznar.

La consolidación democrática

Las elecciones de 1989, aunque ampliamente ganadas por tercera vez consecutiva por los socialistas —con un 40,18% del voto—, supusieron el inicio de una nueva etapa. Los problemas de corrupción y liderazgo eran cada vez más evidentes en el PSOE, y tanto a la derecha como a la izquierda del tablero sus rivales ganaban peso político. En los primeros noventa, el agotamiento tras casi diez años de gobierno era más que evidente. La competencia electoral, que hasta entonces siempre favorable al partido, daba ya claros indicios de cambio. La actitud de los españoles hacia la capacidad de gestión del Gobierno era cada vez más crítica y los datos macroeconómicos tampoco ayudaban. Un capítulo aparte merecerían los casos de terrorismo de Estado que perseguirían al Gobierno y a González durante estas últimas legislaturas, demasiado incluso para el carisma del presidente y una estructura tan bien asentada como la socialista.

En 1993 el PSOE obtenía una nueva victoria, aunque esta vez lejos de la mayoría absoluta y ante un PP muy reforzado. Durante la cuarta legislatura de González, el Gobierno en minoría tendría que buscar apoyos en distintas fuerzas nacionalistas, como PNV o CiU.  El PP había concluido con éxito su proceso de refundación absorbiendo a pequeños partidos regionales de centroderecha con la idea de ocupar de manera definitiva el espacio electoral que UCD había dejado libre hacía años. Aunque finalmente no consiguió ganar las elecciones generales, la fuerte oposición al Gobierno logró que un año más tarde se colocara como primera fuerza en las elecciones europeas.

IU, a pesar de mejorar sustancialmente sus resultados electorales, se encontraba inmersa en una grave crisis interna. Muchos en el partido demandaban una reducción del peso político del PCE en la organización. Julio Anguita y Nicolás Sartorius eras las dos voces principales y, aunque al término de su tercera asamblea salió vencedor Anguita, muchas de las demandas de sus rivales fueron incorporadas. Un Anguita ya consolidado inició una fuerte crítica al PSOE y su acción de gobierno y obtuvo buenos resultados en las elecciones generales de 1993 y 1996.

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Resultados electorales de IU desde 1986 hasta 2014.

Sería precisamente en las generales de 1996 cuando, tras 14 años en el Gobierno, los socialistas perdían la mayoría parlamentaria. Con un 39,37% del voto y 156 escaños, el PP se convertía en la fuerza más votada, pero, al no alcanzar la mayoría absoluta, se vio obligado a alcanzar pactos con fuerzas de índole nacionalista y regionalista, como CC, PNV y CiU. Los electores confiaban en una nueva organización para el gobierno de la nación. Se iniciaba así un nuevo periodo de la Historia política española en el que dos partidos competirían cara a cara por el triunfo electoral. Nacía el hoy tan denostado bipartidismo español.

Para ampliar“El quiebre del sistema de partidos español”, Adrián Albiac en El Orden Mundial, 2015

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