Política y Sociedad Europa

El quiebre del sistema de partidos español

El quiebre del sistema de partidos español
Fuente: @gaelx (Flickr)

Se construyó durante más de 30 años. Sin embargo, solo en una noche pareció que todo se venía abajo. ¿Cómo fue el largo origen del sistema bipartidista español y qué pasó para que cambiara de la noche a la mañana?

Es común, casi inevitable, unir el sistema político español al bipartidismo. Hasta hace bien poco, las elecciones se basaban, en el imaginario colectivo, en una suerte de plebiscito entre dos grandes opciones: PSOE o PP. Un baile con una coreografía muy sencilla explicaba el voto del electorado, reducido a una disputa entre dos jugadores.

Sin embargo, un repaso histórico más atento nos lleva a descubrir que no fue hasta la década de los noventa cuando realmente se puede hablar de un segundo gran partido a nivel nacional. Muchos serán los que recordarán los años en los que el Partido Socialista (PSOE) ganaba de manera aplastante elección tras elección. Aunque desde la Transición ya había elementos que permitían intuir que España caminaba hacia un modelo estable de competición entre dos grandes partidos, no fue hasta los noventa cuando se hizo patente. La derecha había logrado superar en gran medida la estigmatización que durante mucho tiempo había sufrido como heredera directa del franquismo.

Para ampliar: “Maniobrar la revuelta: de la Transición española a la estabilización democrática”, Adrián Albiac en El Orden Mundial, 2015

El país de los dos partidos

Hasta el 3 de marzo de 1996, la oposición —ya fuera bajo las siglas de Alianza Popular (AP) o Partido Popular (PP)— no se convertiría en Gobierno. El partido refundado tras años de crecimiento lograba derrotar al PSOE. En palabras del expresidente socialista Felipe González, una “dulce derrota” daba por apenas 300.000 votos la presidencia a José María Aznar, quien iniciaba una nueva legislatura con el apoyo de Convergencia y Unión, el Partido Nacionalista Vasco y Coalición Canaria. Mientras, los socialistas se veían forzados por primera vez en mucho tiempo a reconocer los fallos que los habían llevado a la derrota y tratar de recomponer el partido como una opción ganadora.

En 1997 González anunció de manera inesperada el abandono de la secretaría general del PSOE. El mando recaía ahora sobre el exministro Joaquín Almunia, el cual, tratando de dar algo de legitimidad al relevo, convocó unas primarias dentro del partido. Josep Borrell, otro exministro de la era González, también se presentó y las acabó ganando. A partir de ese momento, lo que había pretendido ser un ejercicio de compromiso democrático se convirtió en un foco de tensiones constante en el partido. Al PSOE le costaba recuperar su fuerza y el avance de la legislatura, con buenos datos económicos y una política muy dialogante por parte del Gobierno, no hacían más que consolidar el nuevo reparto de poder. Finalmente, Borrell presentó su renuncia y el candidato a las elecciones generales de 2000 fue Almunia, no muy bien percibido por el electorado.

El ministro de Trabajo y Aznar junto a los representantes sindicales de UGT y CC. OO. A diferencia del Gobierno anterior, el PP logró durante su primera legislatura importantes pactos con los distintos agentes sociales. Fuente: La Cerca

En Izquierda Unida (IU), la fuerza que podía disputar por la izquierda el electorado perdido del PSOE, tampoco acababan de cerrarse las tensiones. La idea de otro gran competidor electoral no parecía fraguar. Las dificultades del sistema electoral español y la constante guerra interna se encargaron de alejar a IU de una posición de relevancia nacional. Los críticos, ahora agrupados en torno a Nueva Izquierda y constituidos como partido dentro de la organización, no compartían la línea seguida por la dirección. En 1997 las tensiones eran ya irreconciliables y Nueva Izquierda optó por la escisión. También se rompía durante este año con Iniciativa por Cataluña, que hasta el momento había sido la marca de la coalición en Cataluña.

En las municipales y europeas de 1999, IU, hasta ahora en línea ascendente, perdía gran parte de sus votantes. Tras los resultados, Julio Anguita, con una condición física cada vez más deteriorada, anunciaba su retirada. Su sustituto fue Francisco Frutos, secretario general del Partido Comunista en ese momento y defensor de un cambio en la estrategia electoral del partido. Se iniciaba un giro de 180 grados que preveía un acercamiento al PSOE. Los electores no entendieron la nueva política y en las elecciones generales de 2000 IU perdía casi la mitad de sus votantes. La volatilidad de su electorado y la falta de implantación real a nivel nacional serían en el futuro una constante del partido.

Con esta situación tan precaria de sus rivales y tras un Gobierno que había ayudado a que muchos olvidaran la imagen negativa y reaccionaria asociada a Manuel Fraga y AP, Aznar y el PP volvían a ganar las elecciones de 2000 con una clara mayoría absoluta —45,56% del voto—. El PP lograba ampliar de forma considerable el número de sus electores; quedaba clara la importante base social que había logrado congregar el partido. No obstante, la nueva legislatura no fue tan apacible como la anterior y las políticas del Gobierno, tanto a nivel internacional —el polémico alineamiento bélico con la Administración estadounidense— como a nivel nacional, tuvieron una fuerte contestación en la calle. Finalmente, tras los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid y la actuación posterior del Gobierno, la situación quedó vista para sentencia. Tres días después, un renovado PSOE con José Luis Rodríguez Zapatero a la cabeza se imponía, sin llegar a la mayoría absoluta, en las elecciones. El modelo había funcionado a la perfección: lo perdido por el PP era ganado por el PSOE, con el resto de los partidos muy alejados en la pugna electoral.

Zapatero, que se había impuesto de manera sorprendente en el 35.º congreso del partido, encaraba ahora una legislatura en minoría en la que tuvo que buscar apoyos, fundamentalmente, en los partidos nacionalistas y regionalistas de izquierdas. Esta primera legislatura estaría marcada por los buenos datos económicos y el avance decidido en políticas sociales. En las elecciones generales de 2008, el PSOE volvería a ser el partido más votado, aunque de nuevo se vio obligado a conformar un Gobierno en minoría. Sin embargo, ahora serían los partidos regionalistas y nacionalistas de derechas los que le darían su apoyo, ya que, tras la mala gestión económica, el Gobierno había iniciado un duro conjunto de ajustes y reformas que condicionaban seriamente los avances sociales conseguidos durante el mandato anterior. En las elecciones de 2011, gran parte de los sectores que habían apoyado al Gobierno durante los primeros años de legislatura habían cambiado su actitud. El candidato socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, designado tras la renuncia de Zapatero, obtuvo uno de los peores resultados en toda la Historia del partido.

No obstante, aquellos años también se caracterizaron por la gran movilización que tenía lugar en calles y plazas. La Puerta del Sol se convertiría en el epicentro del movimiento 15M contra el sistema político. El engranaje bipartidista parecía funcionar a la perfección y el PP, tras dos legislaturas de oposición, lograba en 2011 un 45,85% del voto y una clara mayoría absoluta con Mariano Rajoy, exministro de Aznar, a la cabeza.

El 15M se inició como una acampada asamblearia en torno al kilómetro cero de Madrid que reunió a miles de ciudadanos y duró semanas. Fuente: Nemo (Wikimedia)

Representantes y representados

Tras más de 15 años de alternancia electoral, la estabilidad bipartidista quedaba sobradamente probada. No obstante, una pregunta cobraba fuerza tras las protestas masivas: ¿era real la gran resistencia que mostraban los dos grandes partidos en las urnas? ¿Estaban tan legitimados por la ciudadanía o solo la mera inercia y la falta de alternativas explicaban su éxito? La relación entre los partidos y la ciudadanía saltaba de nuevo a la palestra.

Todos los partidos españoles entendieron desde muy pronto que debían ser organizaciones de intermediación entre las instituciones y las demandas ciudadanas y han desarrollado estructuras que les permitieran ser permeables a estas. Al fin y al cabo, la exigencia de la competencia electoral les hace tener siempre un ojo puesto en los movimientos y exigencias del tejido social, que en los últimos años se ha vuelto más heterogéneo y complejo. El recurso a la demoscopia se ha vuelto fundamental en el diseño de los programas electorales: PP y PSOE tienen por costumbre realizar unas tres o cuatro macroencuestas anuales para sondear la opinión pública española.

Sin embargo, la necesidad de asimilar demandas ciudadanas va más allá de realizar encuestas, y los partidos han buscado otros métodos para tratar de ser receptivos al sentir ciudadano. Desde hace ya un par de décadas, una de las estrategias más comunes de los grandes partidos es incluir en su programa electoral propuestas provenientes de las grandes organizaciones sociales del país e incluso tratar de cooptar a miembros destacados para el partido. Todos los partidos han desarrollado órganos específicos centrados en esta función, aunque con un tejido asociativo distinto: mientras la derecha ha preferido tradicionalmente la relación con organizaciones de consumidores o de carácter asistencial, los partidos de izquierdas han estado abiertos a una gama más amplia de temas, sobre todo sociales.

Los partidos han buscado a la sociedad de puertas para afuera, pero también han tratado, con mayor o menor fortuna, de aumentar los incentivos a la afiliación como miembros del partido. Si se lograba una militancia amplia y heterogénea, el partido podría reproducir en su seno una imagen parecida a la sociedad en su conjunto. España es tradicionalmente uno de los países europeos con menores tasas de afiliación partidista; aunque partidos como el PP aseguren que el porcentaje de sus afiliados ha crecido con los años, es bastante difícil corroborar de manera efectiva estos datos. Lo que sí es cierto es que, especialmente en los partidos de izquierdas, se han ampliado tanto sus derechos estatutarios como las iniciativas para la participación. En el PP, aunque la figura del afiliado también ha ganado peso, no se han especificado tan explícitamente los mecanismos de participación.

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PP y Podemos son, de lejos, los partidos políticos españoles con más afiliados.

En esencia, los partidos han asumido que es necesario un feedback constante con la ciudadanía, si bien, aunque la necesidad de rendir cuentas se asume como un principio fundamental, muchas veces cabe preguntarse si la cuestión realmente ha ido más allá del eslogan o la mera declaración de intenciones. Es evidente cómo en los últimos años la imagen de los partidos se ha deteriorado hasta límites insospechados. La tan buscada ciudadanía parece alejarse cada vez más de estas instituciones, que generan desconfianza y antipatía. Los partidos y los políticos se mantienen de manera constante como una de las principales preocupaciones de la sociedad española, solo superados por cuestiones como el paro, la corrupción o la economía. A pesar de los intentos, la mediación de los partidos con la ciudadanía ha fracasado estrepitosamente. Como ejemplo, aunque PP y PSOE han creado gabinetes parlamentarios de relaciones con la sociedad desde los que se puede contactar con sus representantes, estos son totalmente desconocidos por los ciudadanos y, por tanto, inoperantes.

Los ciudadanos se sienten excluidos de la alta política, la cual se transforma en un problema y no en la solución. Por ello, no sorprende que nuevas demandas y organizaciones irrumpan con fuerza en el escenario y planteen situaciones hasta ahora inimaginables. El paso constante del bipartidismo ha perdido su ritmo; lo imposible se torna posible. Este 2015 se vuelve un gran interrogante político en el que solo las sucesivas convocatorias electorales ayudarán a clarificar el futuro político nacional.

2015, entre la ruptura y la reforma

Características tan celebradas como la estabilidad del sistema electoral español o la concentración del voto parecen hoy cosa de un pasado muy lejano. Los nuevos actores que intentan entroncar de lleno con el sentir ciudadano amenazan este reparto clásico y el constante bipartidismo imperfecto. El sistema donde PSOE y PP siempre habían logrado ostentar el poder tras la primera legislatura democrática, solos o apoyados por partidos de índole regional, se encuentra hoy en entredicho. Hasta los clivajes —escisiones del voto— más básicos sobre los que los partidos construían su razón de ser parecen cosa de otro tiempo.

Pensemos, por ejemplo, en el característico eje de representación izquierda-derecha, donde un supuesto centro y dos extremos permitían situar a las diferentes fuerzas del espectro político, que incluso se definían según estas categorías ideológicas. El centro era presentado en diversas ocasiones como el ideal y mayor aglutinador de consenso y voto posible. Partidos como Unión, Progreso y Democracia, fundado en 2007 en torno a la figura de la exsocialista Rosa Díez, buscaron desde un primer momento arrogarse ese centro político negando ser de izquierdas o de derechas, pero reconocían ese eje de distribución.

No obstante, elementos ajenos al sistema de partidos parecen haber logrado dinamitar en buena medida esta dicotomía de identificación política. Acontecimientos como los del 15 de mayo de 2011 —15M—, en los que los ejes de izquierda y derecha cedieron paso a la construcción de identidades políticas en torno a ideas como “Somos el 99%” —con lo que se daba a entender que la disputa se centraba en una multitud empobrecida por unos pocos enriquecidos—, o Democracia Real Ya, que denunciaba que el actual sistema de representación aleja a la ciudadanía de unas instituciones que ya no le pertenecen. Ambos son muestras de una impugnación absoluta a los dos grandes partidos, PP y PSOE, considerados responsables de la situación política y económica del país. Estas proclamas, ampliamente apoyadas entre la sociedad española, marcaron de forma inequívoca nuevas fronteras sobre las que construir el campo político. El sistema de partidos también debía de adaptarse de alguna manera.

El ciclo de movilizaciones continuado tras el 15M no ha hecho más que ahondar en este nuevo eje de identificación política y diferentes partidos de reciente creación han saltado a la palestra mediática buscando explotar esta dicotomía. Uno de los ejemplos más claros es, sin duda alguna, el caso de Podemos. Desde un primer momento, el partido se ha encuadrado en las trincheras políticas de democracia contra oligarquía o ciudadanía contra “la casta” política. Lejos de constituirse como una expresión de rabia o descontento, Podemos se presenta como un proyecto de unidad popular y ciudadana que transciende las metáforas de izquierda y derecha y parece dispuesto a quedarse. Muestra evidente de ello son las encuestas que le auguran muy buenos resultados electorales. Las cercanas elecciones andaluzas serán un buen medidor de la situación real del partido.

Para ampliar: “Podemos, la revolución a fuego lento”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2016

No solo Podemos parece haber comprendido este nuevo tablero de juego; formaciones como Ciudadanos también se inclinan a competir basándose en los nuevos ejes. Un vistazo rápido al ideario del partido aclara que la formación es un movimiento de ciudadanos libres que vienen a regenerar la política; nuevamente, lo nuevo frente a lo viejo, la plataforma ciudadana contra las élites partidistas tradicionales. Una clara alternativa al sistema tradicional de partidos —representado por PSOE y PP— que no se deja encasillar en la derecha o en la izquierda. De hecho, todo parece apuntar a que puede disputar el voto al resto de las fuerzas políticas de índole nacional.

Albert Rivera y Pablo Iglesias, líderes de Ciudadanos y Podemos, representan la nueva construcción política de lo nuevo frente a lo viejo. Fuente: UC3M

El otro gran clivaje sobre el que se había desarrollado el sistema de partidos español es la fractura entre centro y periferia, en el cual tradicionalmente se inscribían diversas formas de entender el desarrollo territorial del Estado y, como consecuencia última, la idea de España como nación. Desde la Transición y en los años posteriores de consolidación democrática, no se logró dar un cierre real a la cuestión. España se presentaba como una metáfora difícil de llenar con un significado común. Además, la ambigüedad con la que la Constitución recogía el desarrollo territorial del Estado no ayudaba a concretar un marco de construcción. Una huida hacia delante ha marcado todo el proceso; ingenuamente, se creía que la concesión de competencias a las autonomías podía aliviar el complejo entuerto.

El planteamiento actual de la ruptura definitiva por una de las partes no es más que el último paso de un modelo autonómico nunca resuelto, con la salvedad de que ahora sí se propone una respuesta concreta: la independencia. Probablemente sea aquí donde se encuentra una de las claves del proceso. Si no se responde de igual manera, con una idea concreta y definida de cómo debe ser la nación española y su entramado territorial, es probable que las ideas de independencia perduren y ganen peso con el tiempo. Solo un modelo atractivo a todas las singularidades territoriales podría llevar el proceso por otros caminos. Ni el PP, con una idea muy exclusiva de lo que puede ser España, ni el PSOE, abrumado por su incapacidad para dar una respuesta clara, parecen en este momento los partidos políticos mejor encarados para recoger el testigo. Los hasta ahora grandes partidos tendrán que trabajar duro si quieren recuperar su antigua posición privilegiada. Es evidente que su discurso actual no funciona; quien logre presentar una propuesta realmente convincente tiene mucho que ganar. Dar significado al porqué de un país no es una tarea sencilla, pero tampoco puede eludirse.

Para ampliar: “¿Por qué ha crecido el independentismo en Cataluña?”, Steven Forti en El Orden Mundial, 2017

5 comentarios

  1. La palabra “clivaje”, que utilizas dos veces en el texto no aparece en la RAE.

  2. A parte de “clivaje”, otra palabra de poco uso utilizada en el artículo en “cooptar”.

  3. Excelente articulo. Un recuento histórico, de mucha ayuda.
    Te felicito

  4. Muy buen artículo, sus dos partes, aunque con la situación política actual y el cambio que se ha pegado desde 2015 hasta ahora, bien podrías escribir la tercera parte, te lo agradecería.

    Un saludo.