La revista Time nombró al actual ministro de Justicia brasileño, Sergio Moro, una de las 100 personas más influyentes de 2016. Hablaban del por entonces juez como un justiciero que luchaba contra la corrupción; una persona con agallas, dispuesto a hacer frente a la opinión pública y a caminar al borde de la ley para limpiar las instituciones y erradicar la corrupción de Brasil. Lo que probablemente desconocían los editores de la famosa revista es que Sergio Moro no estaba arrancando las malas hierbas de la política brasileña, sino que estaba eligiendo qué hierbas arrancaba y cuáles regaba, en un contexto en el que la lucha contra la corrupción de los últimos años ha dado al poder judicial cada vez más peso en la política brasileña. Recordando a la idea de héroe que Alan Moore mostraba en su famosa novela gráfica Watchmen, Sergio Moro ha terminado por representar las contradicciones que surgen entre el individuo, sus intereses y su posición como un administrador de justicia, como se ha revelado en las últimas semanas.
Una exclusiva de The Intercept hizo saltar por los aires la credibilidad del sistema judicial brasileño el pasado 9 de junio. Según la información publicada, Moro colaboró con los fiscales del caso Lava Jato para construir una acusación contra Lula, a pesar de las constantes dudas sobre la veracidad y la procedencia de las pruebas. Unas revelaciones que han hecho público un secreto a voces en Brasil: que hubo un esfuerzo reiterado por inculpar al expresidente Lula Da Silva en el marco de este caso de corrupción para impedir su candidatura en las elecciones presidenciales de octubre de 2018.
La información publicada no solo ha puesto en entredicho la neutralidad de Sergio Moro —que fue nombrado ministro de Justicia por Bolsonaro cuando este llegó al poder—, sino que también supone un golpe tremendo para la investigación anticorrupción más importante de Brasil, el caso Lava Jato. Lo que empezó como una investigación sobre una red de blanqueo de dinero en un lavadero de coches (lava jato significa “lavado a presión” en portugués) terminó convirtiéndose en el mayor escándalo de corrupción del país —algunos incluso llegaron a decir que del mundo—. La investigación reveló que existía una red de sobornos y corrupción entre partidos políticos, empresas y demás perfiles relevantes a todos los niveles de la vida política y económica de Brasil, entre los que fue incluido el expresidente Lula. El escándalo llegó incluso a ramificarse a distintos países de América Latina en lo que se ha llamado el caso Odebrecht, que todavía se sigue investigando y ha provocado ya la caída de varios dirigentes latinoamericanos.
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