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Frente a la costa portuguesa del Algarve, cuatro fragatas españolas cargadas de monedas de oro y plata proveniente de América son atacadas por una escuadra británica. Es 5 de octubre de 1804, y el navío hispano Nuestra Señora de las Mercedes salta en mil pedazos en lo que pasaría a recordarse como la batalla del cabo de Santa María. Las versiones cuentan que los británicos alcanzaron el polvorín del barco o que su comandante prefirió auto inmolarse antes de rendirlo. En cualquier caso, su valiosa carga pareció perderse para siempre en las aguas del Atlántico.
Y así fue hasta más de dos siglos después. En 2007, la empresa estadounidense Odyssey Marine Exploration encontró y recuperó buena parte del tesoro, con un valor estimado de trescientos millones de euros. Aunque se hizo de forma poco transparente, España lo descubrió y respondió reclamando la propiedad del hallazgo. Comenzaba una nueva batalla, esta vez ante los tribunales, no solo por el tesoro de las Mercedes, sino por defender la historia y el patrimonio cultural. El caso acabó siendo un referente y su resolución en junio de 2009 marcó el declive del negocio de los cazatesoros.
Odyssey, la Mercedes y el precio de la historia
Odyssey anunció entonces haber obtenido una de las mayores colecciones de monedas hasta la fecha. Sin revelar detalles de su origen, se limitó a nombrar el hallazgo como Black Swan (‘cisne negro’). En medios circularon imágenes de la llegada del enorme cargamento de monedas a Florida. Las autoridades españolas, que ya sospechaban, acudieron a los tribunales estadounidenses para corroborar los hechos.
Del mar territorial a la zona económica exclusiva
Sabían que actuar era clave: de no presentarse, se podía entender que España abandonaba los restos y los descubridores podrían quedárselos. Ya había ocurrido con el galeón Nuestra Señora de Atocha, que el cazatesoros Mel Fisher y su compañía Treasure Salvors descubrieron en 1985. Extrajeron del pecio un...
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