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Santa Elena, Ascensión y Tristán de Acuña en el ultramar británico

Santa Elena, Ascensión y Tristán de Acuña en el ultramar británico
Isla de Tristán de Acuña. Fuente: Wikimedia

Las desconocidas islas de Santa Elena, Ascensión y Tristán de Acuña han jugado un papel crucial en la construcción y evolución histórica del Imperio británico. Estas colonias son hoy parte de la estrategia de dominación británica en el Atlántico sur.

En el fragor del debate español sobre el futuro de Gibraltar y los efectos del brexit tras la retirada del Reino Unido de la Unión Europea, el territorio británico de ultramar de Santa Elena, Ascensión y Tristán de Acuña se presenta como otro enclave histórico cuya importancia geoestratégica se extiende hasta la actualidad. Situadas en el océano Atlántico, estas islas han constituido un nodo en el comercio internacional entre Europa y las Indias, un lugar de tránsito de miles de esclavos procedentes de África y un laboratorio natural donde se ha experimentado con la aplicación de políticas ecológicas frente a los efectos provocados por las fuerzas del desarrollo. Incluidas actualmente en la lista de los territorios no autónomos pendientes de ejercer su derecho a la autodeterminación, Santa Elena, Ascensión y Tristán de Acuña ofrecen al Reino Unido la posibilidad de estar presente entremedias de dos continentes, África y América, con lo que ello supone a nivel geoestratégico.

Punto estratégico y paraíso colonial

Hoy el comercio y las inversiones se presentan como factores determinantes en las relaciones entre la UE y Asia, un interés comercial que tiene poco de novedoso; ya en el siglo XVII, Inglaterra, Holanda y Francia iniciaron una agresiva expansión hacia el Este. La necesidad de un espacio en el que establecer puertos comerciales que sirviesen de apoyo para los barcos que navegaban desde y hacia Asia llevó a estas potencias a emprender una carrera por la ocupación de las pocas tierras habitables disponibles que terminó con el establecimiento de los holandeses en la Colonia del Cabo —la mitad occidental de Ciudad del Cabo— y Mauricio, los ingleses en Santa Elena y los franceses en Reunión y, más tarde, en las islas Mauricio.

Pese a las numerosas batallas navales por el dominio del Este, durante el siglo XVIII reinó un considerable equilibrio de poderes en la zona, que se rompió con la Revolución francesa y las guerras napoleónicas. La derrota de la Francia revolucionaria y napoleónica, el declive de poder de los holandeses debido a las guerras europeas y el colapso de los imperios ibéricos —España y Portugal— permitieron el avance colonial británico y su dominación de la región. En este contexto, Santa Elena, Ascensión y Tristán de Acuña fueron más importantes para la consolidación del Imperio británico de lo comúnmente reconocido.

Ubicación del territorio británico de ultramar de Santa Elena, Ascensión y Tristán de Acuña.

La isla de Santa Elena, conocida por haber acogido a Napoleón durante su destierro, es la segunda colonia británica más antigua tras Bermuda. Fue descubierta por el gallego João da Nova en 1502 mientras navegaba al servicio de Portugal. En ella los portugueses encontraron una ubicación perfecta que sirvió como lugar de paso para los marineros e incluso de reposo para aquellos que padecían de escorbuto u otras enfermedades. A principios del siglo XVI, esta pequeña isla se convirtió en un lugar clave para la recolección de alimentos y agua, así como en un punto nodal para los viajes de Portugal a Asia. Su popularización y el repentino interés de los ingleses y los holandeses en ella provocaron la progresiva retirada de los portugueses, quienes vieron atacadas sus embarcaciones, profanadas sus capillas e imágenes y destruidos su ganado y plantaciones. Esta contienda se resolvió con la imposición en 1658 de los británicos en el momento en el que la Compañía de las Indias Orientales se decidió a fortificar y colonizar Santa Elena con plantadores. El capitán Dutton fue el primer gobernador y desde entonces la isla pasó a formar parte del Imperio británico, exceptuando el periodo en el que fue conquistada por los holandeses entre finales de 1672 y mediados de 1673.

Un año antes, Da Nova había descubierto Ascensión, redescubierta por Alfonso de Albuquerque en 1503. El hecho de que la Corona británica se decidiese a su ocupación tiene que ver con una cuestión geoestratégica: la finalidad británica era proteger Santa Elena y evitar la escapada de Bonaparte. La isla quedó bajo la administración de la Marina Real y fue empleada como lugar para el entrenamiento o alojamiento que anteriormente se realizaban en antiguos buques flotantes reales fuera de servicio. El propósito principal de Ascensión fue siempre militar y, durante la Segunda Guerra Mundial y la guerra de las Malvinas, la base militar de la isla estuvo compartida por Reino Unido y Estados Unidos.

Cinco años después, el explorador portugués Tristán de Acuña descubrió una tercera isla en la zona que fue bautizada con su nombre, pero no fue hasta 1816 cuando, con la instalación de la marina británica, se estableció en ella un asentamiento permanente. Esto respondía, una vez más, a una decisión estratégica, ya que los británicos pretendían evitar la utilización de la isla como base para rescatar a Napoleón de la prisión de Santa Elena. En 1817 fue descartada como base naval por la Marina Real británica debido al alto riesgo de naufragio, pero un grupo de colonos encabezados por el cabo William Glass acabó persuadiendo a algunos de los soldados de permanecer en la isla y establecer una peculiar comunidad que iría variando a lo largo de la Historia. Tristán de Acuña fue utilizada como base militar hasta pasada la Segunda Guerra Mundial y en 1832 alcanzó una población de 34 personas. Actualmente, el territorio habitado más remoto según el libro Guinness forma un archipiélago junto con otras islas deshabitadas.

Las características físicas, climáticas y topográficas de las islas, especialmente de Santa Elena, fueron especialmente alabadas durante el siglo XVII. Sin embargo, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, debido al fracaso de convertirla en una economía de plantación exitosa y a una degradación ambiental cada vez más evidente, perdería importancia y muchos políticos, comerciantes y militares girarían la vista hacia el Cabo y la islas Mauricio. Tras la guerra de los Siete Años, cuando la exploración británica en el Atlántico sur se centró en encontrar islas deshabitadas que respondiesen a las necesidades de aprovisionamiento de los barcos y ofreciesen seguridad al comercio marítimo, la historia cambió de rumbo: se fomentó una visión positiva de las islas y la creencia de que podían ser lugares tan valiosos como el Cabo.

Santa Elena, epicentro del esclavismo y de su abolición

Estos enclaves no solo han sido relevantes por constituir un punto estratégico, tanto militar como comercial, entre dos océanos —Atlántico e Índico—, sino por su actividad en la explotación de esclavos principalmente de África oriental y Madagascar, una práctica muy común durante el siglo XVII y que se extiende hasta nuestros días.

En el caso de Santa Elena, su relación con la esclavitud ha sido doble, pues ha ejercido como epicentro del tráfico de personas y como defensora de su abolición. La isla entró de lleno en la mercantilización de seres humanos a finales del siglo XVII, cuando se obligó a todos los barcos que comerciaban con Madagascar a entregarle un esclavo. El dominio de la isla por la Compañía de las Indias Orientales favoreció que se convirtiese en un destino para muchos esclavizados, y la expansión de la Compañía hacia el Índico provocó la llegada de esclavos procedentes de Malasia e India.

Los primeros pasos hacia la desesclavización encuentran su punto de inflexión en la ley de abolición de 1833, que prohibió la esclavitud en todo el Imperio británico, a excepción de los territorios controlados por la Compañía de las Indias Orientales —incluida Santa Elena—. Es por ello por lo que la abolición de la esclavitud en la isla data del 1 de agosto de 1834, cuando se hizo efectivo el traspaso del control de la isla de la Compañía de las Indias Orientales a la Corona.

Territorio bajo control del Imperio británico en su periodo de máximo esplendor. Fuente: África Piensa

La abolición británica del comercio de esclavos no puso un punto final al tráfico de seres humanos a través del Atlántico; la práctica siguió durante las décadas siguientes. Resulta interesante destacar el papel ejercido por Santa Elena, una isla que se empleó a fondo en la imposición del trabajo forzado, pero que desde 1840 hasta 1872 fue clave en los esfuerzos británicos por acabar con el comercio de esclavos. Durante ese periodo, Santa Elena recibió a más de 25.000 africanos interceptados por la Marina Real en barcos de esclavos. Las condiciones en los barcos eran infrahumanas, por lo que muchos no sobrevivieron al viaje, lo que convirtió el valle de Rupert de la isla en el cementerio de miles de personas.

Aunque de manera más modesta, Ascensión también jugó un papel importante en el proceso de desesclavización. Esta pequeña isla se convirtió en una estación de aprovisionamiento y sanatorio para los barcos dedicados a la supresión del comercio de esclavos en la costa de África occidental.

Para ampliar: “St Helena, Slavery and the Abolition on the Trans-Atlantic Slave Trade”, Barbara B George, 2012

Ecologismo colonial en las dependencias del Atlántico

Fue en islas deshabitadas como Santa Elena y Mauricio donde se observaron por primera vez los devastadores efectos de una acusada explotación de las plantaciones, la tala de bosques y la importación de animales exóticos, además de su utilización como estaciones de suministro. Esto llevó a que los Gobiernos coloniales de las islas se convirtiesen en ambientalistas, no por un repentino amor a la tierra, sino con el fin de asegurar su supervivencia, la de sus pobladores y la de sus esclavos agrícolas.

Una parte importante del conservacionismo colonial naciente estaba relacionada con la idea de que los procesos occidentales de desarrollo económico eran destructivos para el medio ambiente. El Estado entró en juego al ver amenazada su posición de poder por los cambios ecológicos resultantes del desarrollo occidental y aceptó las prescripciones ambientales ofrecidas por una generación pionera de científicos. Se trata de la respuesta a una crisis ecológica que nació en una periferia económica y que permitió el desarrollo precoz de una sensibilidad a los peligros del cambio ecológico.

Santa Elena representa un claro ejemplo de ecologismo imperial. En ella los gobernadores legislaron por su cuenta para encontrar soluciones adecuadas al desastre ecológico que se avecinaba. Durante el siglo XVIII, la Compañía no asumía las consecuencias ambientales fruto de la introducción de esquemas de plantación en la isla y de los métodos de esclavitud agrícola empleados, con lo que no se mostraba dispuesta a apoyar a los gobernadores en su empeño por regular el medio ambiente de la isla mediante la protección de los bosques y el acorralamiento de animales. Así, la principal dificultad con la que se encontrarían los gobernadores conservacionistas sería el trato con la jerarquía de la Compañía, que finalmente decidió intervenir para legislar sobre la deforestación en 1794.

En Ascensión también se llevaron a cabo experimentos en el campo medioambiental. La red de botánicos del imperio trabajó codo con codo con el poder imperial británico para satisfacer sus necesidades estratégicas. En la segunda mitad del siglo XIX, Ascensión se convirtió en el nuevo centro del Atlántico sur para la red botánica, como muestra el experimento realizado por Charles Darwin. Al contrario de lo que pasó en Santa Elena, la intervención humana aumentó las tierras fértiles, aunque el resultado fue el mismo: la destrucción de un ecosistema estable y único.

El caso especial fue el de Tristán de Acuña. El hecho de acoger a una población de pequeño tamaño resultó en un impacto menos agresivo en el medio ambiente de la isla. El cultivo de campos se realizó a expensas de la vegetación endémica local, pero logró alcanzar un equilibrio natural.

Los experimentos realizados en el campo del medio ambiente fueron de gran utilidad para la Compañía y la Corona, pues les ayudaron a redactar las legislaciones coloniales en colonias más grandes, como la India. Poco a poco, el ambientalismo imperial se iría transformando en imperialismo ambiental.

La utopía de Tristán de Acuña, la isla anómala

Favorecida por su emplazamiento en el llamado cinturón del viento del oeste, desde sus inicios la economía tristaniana se basó en el comercio con los barcos que pasaban por la zona y pronto se convirtió en una estación de abastecimiento muy conocida y visitada. En ella barcos de diversas naciones podían reponer sus almacenes de carne fresca, verduras y agua e incluso recoger un cargamento ocasional de piel de foca. A partir de 1830, los balleneros estadounidenses en el Atlántico sur hicieron de ella una parada regular y establecieron vínculos comerciales y personales entre la isla y los puertos balleneros yanquis.

Esta dinámica sufrió un cambio a finales del siglo XIX, cuando la isla comenzó a quedar aislada a raíz de la disminución de la industria ballenera, el reemplazamiento de las velas por el vapor en el comercio transoceánico y el tráfico desviado por el canal de Suez. Ya en la Primera Guerra Mundial, el aislamiento era casi completo, lo que provocó que la acostumbrada economía de trueque ejercida en la isla durante el siglo XIX fuese reemplazada por una economía de subsistencia basada en la agricultura, la pesca, la caza y la recolección.

En esta cuasiutopía patriarcal, compuesta por 270 personas, los valores fundamentales son la anarquía, la igualdad y la integridad personal; además, los isleños se enorgullecen de la ausencia de crimen, conflicto o distinciones de clase. El principal choque con el que se encontró esta sociedad comunitaria, cuyo desarrollo parecía escapar del capitalismo, fue el establecimiento de la primera fábrica pesquera en 1950 y la consiguiente entrada del dinero. Este cambio se tradujo en un aumento de la prosperidad, pero inicialmente fue visto con recelo por muchos isleños, quienes lo veían como una amenaza y preferían sus sistemas tradicionales de intercambio para sus interacciones sociales y económicas.

Las diferencias entre el modo de vida de la metrópoli y la colonia se manifestaron de manera clara cuando el volcán de la isla entró en erupción en 1961 y toda la población fue evacuada a Gran Bretaña. La falta de conexión entre ambos espacios provocó que dos años después, cuando el Gobierno británico alentó a los habitantes a permanecer en Gran Bretaña, los votos resultasen mayoritariamente a favor —148 frente a 5 en contra— de regresar a la isla.

Poco a poco, el sistema de la metrópoli se fue adentrando en la isla, pero Tristán continúa albergando una sociedad con una organización, un funcionamiento y unos valores diferentes. Allí cada familia cuenta con su espacio de tierra para cultivar y la ganadería tiene gran importancia, aunque está muy controlada debido a cuestiones de sostenibilidad.

La pesca y las actividades relacionadas con ella suponen la segunda fuente de empleo. La principal fuente de ingresos proviene de un acuerdo de regalías con una compañía con sede en Sudáfrica que opera en exclusividad la pesquería de langosta, certificada como sostenible, pero amenazada por una casi incontrolable pesca ilegal. El producto se exporta a los mercados de Estados Unidos, Australia, la Unión Europea y Japón. Otras pequeñas fuentes de ingresos son el interés de un fondo de reserva; la venta de sellos, monedas y recuerdos de artesanía, y los ingresos provenientes del turismo.

Colonias estratégicas en el siglo XXI

Estas regiones periféricas son cada vez más reconocidas como centrales en el proceso de integración del mundo marítimo británico. En su momento fueron espacios claves porque supusieron puntos nodales donde las redes de comercio y poder militar se unieron al tiempo que se constituyeron como espacios formativos para el desarrollo de la globalización en el temprano mundo moderno.

En la actualidad, la dependencia marítima continúa teniendo una conexión estratégica con Gran Bretaña, pues permiten el mantenimiento de una estrategia de control del Atlántico sur mediante sus bases militares y dominios coloniales. Este territorio está incluido en la lista de los 17 territorios no autónomos pendientes de ejercer su derecho a la autodeterminación.

Territorios no autónomos y potencias que los administran. Fuente: Wikimedia

Para ampliar: “La descolonización: un asunto pendiente en pleno siglo XXI”, Benjamín Ramos en El Orden Mundial, 2015

Pese a los desequilibrios causados por la introducción de especies invasoras, en la actualidad las tres islas habitadas y las deshabitadas de Tristán de Acuña siguen albergando una fauna y flora destacables. Sin embargo, la dependencia continúa amenazada por los posibles efectos de un cambio climático mundial que, a pequeña escala, ellas mismas vaticinaron. Estos efectos podrían resultar no solo en un desastre medioambiental, sino en un grave problema económico y social, especialmente en el caso de Tristán de Acuña, que depende para su subsistencia de la pesca de langosta.

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