Las protestas se multiplican en África, el continente joven gobernado por ancianos

África tiene una larga tradición de protestas, pero este año y el anterior se están alcanzando récords. A través de redes sociales, la creciente juventud africana se está organizando para manifestarse contra la corrupción, el desempleo y unos líderes ancianos y autoritarios que cortan internet y reprimen a sus ciudadanos. La brecha generacional en África, el continente más joven del mundo, puede convertirse en una amenaza si no se revierte la falta de oportunidades y se abren las puertas de la política a los jóvenes.
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Las protestas se multiplican en África, el continente joven gobernado por ancianos
Manifestantes nigerianos protestando contra la brutalidad policial, octubre de 2020. Fuente: Asokeretope (Wikipedia)

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El peaje de Lekki es una de las principales vías de entrada a Lagos, la ciudad más poblada de Nigeria con más de trece millones de habitantes. El paso estaba bloqueado desde principios de octubre por manifestantes que protestaban pacíficamente contra la brutalidad policial. Exigían desmantelar la Unidad Especial Anti-Robo de la policía (SARS, por sus siglas en inglés), creada en 1992 ante el incremento de la criminalidad y acusada de extorsiones, torturas y ejecuciones extrajudiciales. Los manifestantes no se conformaron con la promesa gubernamental de desmantelar el cuerpo y extendieron sus protestas contra la corrupción, el desempleo y la mala gobernanza del país. 

Todo cambió el martes 20 de octubre. El gobernador de la región ordenó un toque de queda a partir de las cuatro de la tarde. Los manifestantes seguían allí dos horas después del límite, de pie y en silencio cuando llegaron los soldados. Poco antes de las siete, los militares comenzaron a disparar a los manifestantes, dejando al menos 38 fallecidos, según Amnistía Internacional. El presidente Muhamadu Buhari salió en televisión más de dieciséis horas después para recomendar a los manifestantes que aceptaran las concesiones del Gobierno y cesaran sus protestas. Pero su discurso solo incendió a una población harta, desconectada de su líder y sin oportunidades.

A sus 77 años, Buhari es un militar retirado que gobierna el país más poblado de África, con más de doscientos millones de personas y una media de edad de dieciocho años. En los últimos cinco años el desempleo se ha triplicado y afecta ya a un 27,1% de la población, una cifra mayor que la de 35 de los 54 países del continente. Uno de cada dos nigerianos en edad de trabajar no tiene empleo o está sobrecualificado para su labor. Y se espera que Nigeria doble su población y se convierta en el tercer país más poblado del mundo en 2050, lo que agravará la situación. A ello se une que el país no ha mejorado su gobernanza y es desde hace años uno de los más corruptos del mundo, según Transparencia Internacional.  Todos estos factores, unidos a la falta de seguridad, han provocado que un récord anual de protestas en el país, con 752 manifestaciones en tan solo diez meses de 2020. 

África subsahariana vivió en 2019 el año con más protestas desde que hay registros, pero 2020 ya ha superado esa marca y va camino de sobrepasar por primera vez las 4.000 manifestaciones anuales. Las protestas se repiten por todo el continente en distintas formas y por distintos motivos iniciales, pero con un trasfondo similar: el hartazgo de unos jóvenes acuciados por el desempleo y la corrupción que encuentran en las redes sociales una manera de movilizarse contra unos líderes ancianos cada vez más desconectados de su gente.

Un continente acostumbrado a las protestas

Nigeria no es un caso aislado. Tan solo en el mes de octubre de 2020 también se vieron protestas en Costa de Marfil, Guinea y Tanzania alrededor de sus respectivas elecciones. En los dos primeros las manifestaciones iban dirigidas contra la decisión de sus presidentes Alassane Ouattara y Alpha Condé de concurrir a un tercer mandato de legalidad dudosa, mientras que los tanzanos protestaban contra la represión gubernamental dirigida por el presidente John Magufuli, apodado el buldózer. En Costa de Marfil han muerto al menos 85 personas; en Guinea, 71 desde que comenzaron las protestas a comienzos de 2020 hasta después de los comicios en octubre, y en Tanzania se cuentan cuatro fallecidos. Con todo, aunque las protestas están aumentando, han sido habituales a lo largo de la historia del continente.

África tiene una larga tradición de movilizaciones callejeras. Desde la etapa colonial, los africanos han tomado las calles para protestar por sus derechos. Al principio lo hacían movidos por gritos de liberación contra la opresión extranjera, pero tras la independencia pasaron a criticar la deriva autoritaria de los antiguos héroes de la liberación y la imposición de partidos únicos. Las protestas aumentaron y tomaron especial relevancia a partir de la década de los ochenta. Ayudados por la caída de la Unión Soviética y las políticas de promoción democrática de EE. UU., que la exigía como condición a las ayudas al desarrollo, 35 países pasaron a aceptar el multipartidismo y el límite de dos mandatos para los presidentes. En los años siguientes, esta medida provocó dieciocho cambios de gobierno, algo inaudito hasta principios de los noventa.

Las revueltas árabes supusieron un soplo de esperanza para muchos subsaharianos, que vieron cómo sus vecinos tunecinos o egipcios conseguían derrocar a sus líderes. Sin embargo, la falta de cambio en muchos países, unido a una población cada vez más joven, ha hecho aumentar las protestas en África año tras año. Estas surgen por motivos muy diversos, pero hay tendencias regionales en el tipo de protestas. Mientras que el sur tiene tradición de huelgas laborales, con unos sindicatos fuertes y organizados, en el este las protestas tienen un marcado carácter étnico-político, con miembros de distintas comunidades criticando los favores que el Gobierno hace hacia los ciudadanos de su misma etnia. A ello se le unen protestas contra el incremento de precios de alimentos básicos en los países más pobres como Chad, Níger o Sudán. En este último país las manifestaciones por la subida del coste del pan acabaron provocando la caída del dictador Omar al Bashir en 2019. Sin embargo, en otros como Chad la represión ha servido para acallar la disidencia y su presidente, Idriss Déby, acumula ya treinta años en el poder.

Muchos de estos movimientos nacen en el mismo sitio: las redes sociales. A diferencia del pasado, carecen de una estructura clara y se han democratizado. Detrás están grupos de amigos y organizaciones juveniles que mediante un tuit y una etiqueta movilizan a miles de personas. Así como en Nigeria fue #EndSARS, en Zimbabue en 2016 fue #Tajamuka (‘Estamos hartos’) para quejarse de la grave situación económica del país y en Sudáfrica en 2015 #FeesMustFall para protestar por el encarecimiento de las tasas universitarias.

Los apagones de internet para controlar las protestas se han extendido en todo el mundo.

Conocedores de esta tendencia, los líderes africanos cortan internet para prevenir “revoluciones del hashtag”. El Gobierno de Chad cortó internet durante ocho meses en 2016 tras las elecciones para frenar el movimiento Sifflet Citoyen (‘Movimiento ciudadano’). Dos años más tarde volvió a hacerlo para evitar protestas contra su intento de extender su mandato y esta vez el bloqueo duró dieciséis meses. Esta tendencia se acentuó en 2019, con un tercio más de Gobiernos del continente recurriendo a esta táctica y durante un periodo de tiempo más largo que el año anterior. Se espera que para 2025 dos tercios de la población subsahariana cuente ya con un smartphone y los líderes autoritarios temen a las redes sociales por su capacidad de proporcionar información y movilizar a la ciudadanía. Paradójicamente, sin embargo, en los países una penetración de internet baja, las conversaciones en la red ayudan a reforzar al Gobierno, ya que los que acceden a la red son parte de la élite.

Brecha generacional

Cada vez son más los jóvenes que intentan entrar en política, pero en la mayoría de casos la clase política bloquea su entrada alegando falta de experiencia. Los ancianos líderes defienden sus méritos como héroes en la liberación colonial como justificación para mantenerse en el poder. Pero esta retórica que está quedando anticuada ante el cambio generacional: en Uganda un 80% de la población no había nacido en 1986, cuando llegó al poder el presidente Yoweri Museveni, de 76 años. 

El cantante y activista Robert Kyagulanyi, más conocido como Bobi Wine, se presenta como la mayor amenaza a Museveni para las elecciones generales de enero de 2021. Ante su poder de convocatoria, las fuerzas de seguridad detuvieron a Wine en noviembre acusándolo de organizar un mitin ilegal por las restricciones sanitarias de la pandemia. El líder opositor fue puesto en libertad bajo fianza tras unas violentas protestas que causaron 37 muertos en los dos días que estuvo retenido. Su detención en plena campaña electoral muestra que los autócratas no dudan en hacer todo lo posible para mantenerse en el poder. Con el aparato institucional a su favor, los que se presentan a la reelección ganan en un 96% de los casos en África subsahariana, mientras que cuando se presenta un sucesor el partido en el Gobierno solo consigue la presidencia en un 60% de las ocasiones.

Porcentaje de población joven (14 años o menos) en el mundo
África es el continente más joven del mundo con una media de edad de veinte años, mientras que sus líderes tienen 62 años de media.

Todo ello causa que los gobernantes africanos sean ancianos que pasan décadas en el cargo. Seis de los diez dirigentes que más tiempo llevan gobernando su país son africanos. El presidente de Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang, encabeza la lista con 41 años en el cargo, seguido por su vecino, el camerunés Paul Biya, que acumula 38 años de presidente más otros siete antes como primer ministro. El primero tiene 78 años y el segundo, 87. La media de edad de los líderes africanos es de 62 años, mientras que la media continental es de veinte, una diferencia muy grande con los países de la OCDE, donde la media de edad de los líderes es de 54 años y la de la población de 42. La brecha generacional distancia a los dirigentes, ancianos, de una población joven con ansia de cambio.

Más jóvenes y menos oportunidades

La edad de los líderes africanos es opuesta a la realidad demográfica del continente. Se estima que en 2050 habrá en África 830 millones de jóvenes, el doble que hoy. Para entonces, un tercio de la juventud mundial será africana. Lo que en un principio es una oportunidad para desarrollar el continente puede volverse un gran problema si no se generan oportunidades para esa población. Un tercio de los africanos entre 15 y 35 años no tiene trabajo, otro tercio tiene un empleo vulnerable y tan solo uno de cada seis tiene empleo formal con salario fijo. En todo el continente cada año solo se crean 3,1 millones de empleos en un mercado laboral al que entran doce millones de jóvenes.

La desconexión entre los líderes y el grueso de la población africana ha llevado al continente a tener líderes ancianos que gobiernan a adolescentes sin oportunidades. Esta realidad puede verse acentuada por la pandemia, que se prevé provocará la primera recesión continental en veinticinco años. Sin oportunidades, las protestas pueden generar inestabilidad política que desemboque en conflictos, migración y yihadismo, que está en aumento en todo el continente. Si no cambia la dinámica y se reduce la brecha generacional, el potencial demográfico se convertirá en una bomba de relojería en África.

David Soler

Valencia, 1995. Periodista e investigador. Fundador del medio África Mundi. Graduado en Periodismo por la Universidad de Navarra. Escribo sobre África subsahariana, con un interés en política, democracia y conflicto, sobre todo en el este y sur del continente.