“Si así lo decide el Parlamento, lo acataré porque soy un demócrata convencido. Pero déjeme decir algo más: al final del día el que decide en Austria es el pueblo”. El canciller austríaco Sebastian Kurz no dudaba en recurrir a frases populistas para responder frente a las cámaras a una periodista cuando le preguntaba por su posible salida del poder en una moción de censura en mayo de 2019. El Ibizagate, un escándalo que involucró a sus socios de coalición del FPÖ, la ultraderecha austríaca, había generado un sismo político y Kurz se enfrentaba a una votación que acabaría perdiendo.
Pese a todo, el joven canciller estaba confiado. Y aquella frase le gustó tanto que sería su eslogan de campaña para las siguientes elecciones, ese mismo año. Unas elecciones adelantadas que no solo le darían el triunfo a su partido, el conservador Partido Popular Austríaco (ÖVP), y la posibilidad de continuar en su puesto, sino que lo convertirían en la esperanza del conservadurismo europeo con solo 32 años.
Muchos depositaban altas expectativas en el canciller más joven de la historia de Austria. Sebastian Kurz sería capaz de unir al centroderecha y sus facciones democristiana, conservadora y liberal. Sin embargo, apenas dos años después, Kurz ha caído en desgracia, al menos por ahora. Se le ha acusado de estar involucrado en la malversación de dinero público para publicar encuestas manipuladas a su favor, lo que el pasado 9 de octubre le obligó a renunciar para “defenderse adecuadamente”.
¿Su caída supone entonces en un problema para el conservadurismo europeo?, ¿o en realidad es una buena noticia? Kurz representa una tendencia dentro de los conservadores que busca integrar la agenda populista. Si esta lógica se impusiera, podría ser la antesala al fin de los partidos de centroderecha tradicional en Europa y el inicio de la normalización de la agenda de la derecha radical.
“Integrar hacia la derecha”
Sebastian Kurz tenía apenas catorce años cuando el ÖVP decidió forjar una coalición de gobierno con la fuerza de derecha radical, el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), en el 2000. Era la primera alianza de gobierno con esta formación desde la posguerra y una amarga noticia para la Unión Europea, que veía cómo Austria llegaba al nuevo milenio legitimando a los populistas. Las sanciones no tardaron en llegar: el país debía ser un ejemplo aleccionador para el resto.
La historia se repitió en 2017, aunque con algunas diferencias. El ÖVP volvió a pactar con la ultraderecha, aunque esta vez no hubo sanciones de la UE. La crisis humanitaria iniciada en 2015 con la llegada de cientos de miles de refugiados sirios a través de los Balcanes parecía haberlo cambiado todo. El nuevo canciller, Sebastian Kurz, venía de ser ministro de Exteriores y había aprovechado esa coyuntura para construir su imagen de líder decidido. Incluso se había enfrentado a Angela Merkel, negándose a aceptar el reparto proporcional de refugiados que proponía la canciller alemana.
La imagen de hardliner de Kurz lubricó el acuerdo con el FPÖ, aunque él llevaba tiempo acercándose a la agenda ultraderechista. En 2015 había puesto en marcha una estrategia que profundizaría al convertirse en canciller: “nach Rechts zu integrieren” (‘integrar hacia la derecha’). Esta maniobra ya se había aplicado con cierto éxito en países como Alemania durante la posguerra y hasta la llegada de la actual oleada de derechas radicales. Consiste en que el centroderecha tradicional neutralice a los movimientos a su derecha con los que pueda rivalizar, incorporando aspectos de su agenda para arrebatarle a su electorado. En palabras de uno de sus defensores, el exlíder de la Unión Social Cristiana (CSU) de Baviera, Franz Josef Strauss: “No puede existir ningún partido legitimado democráticamente a la derecha de la Unión”.
Kurz aprovechó la crisis de 2015 para desplegar una retórica populista y un discurso antiinmigración con elementos islamófobos en todo foro nacional e internacional donde pudo. El objetivo era construir la versión light del ultraderechismo sobre dos pilares. Por un lado, una nueva imagen de su partido, el ÖVP, que como la mayoría de los partidos europeos tradicionales, venía muy cuestionada. Por otro, aprovechar la condición centrista del ÖVP para normalizar ciertas posiciones nativistas, xenófobas y populistas. El control estricto de fronteras o la reducción de beneficios sociales a extranjeros para no atraer a nuevos inmigrantes eran algo más que exigencias de los ultraderechistas: eran las frases de Sebastian Kurz.
Giros políticos y presiones a la prensa: el método Kurz
La segunda fase del plan se inició en la campaña electoral de 2017, que supuso un paso más hacia la oferta política populista, que aun así era razonable para muchos sectores conservadores de Austria y países aledaños. ¿Quién podría oponerse a un joven político capaz de garantizar resultados electorales? Pocos se preguntaban por los costos de profundizar esta dirección. Tal vez por ello se aceptara entonces la propuesta de Kurz de renombrar el partido, un cambio que todavía perdura: “Liste Sebastian Kurz – Die neue Volkspartei (ÖVP)”, ‘Lista Sebastian Kurz – El nuevo partido mayoritario (ÖVP)’.
El triunfo de ese año, que incluyó un crecimiento de más de siete puntos porcentuales, permitió a Kurz justificar su jugada: impidió que se le acusara de haber convertido al partido en su vehículo personal para llegar al poder. Tras las elecciones llegó el pacto con el FPÖ, mediante el cual el nuevo canciller pasaba a ser el moderado de la coalición. Al menos simbólicamente, porque su discurso no se alejaba demasiado de sus socios de la derecha radical.
Menos de dos años después de aquel triunfo, el estallido del Ibizagate, más que un problema, fue un regalo para Kurz. Si bien significó el final de su primer Gobierno, también constituyó un trampolín político inesperado. Como lo describe el podcast de Der Spiegel y Der Standard, Kurz “se tropezó hacia arriba”. El escándalo le permitió deshacerse del FPÖ y quedarse con parte de su electorado, decepcionado por la corrupción de los líderes ultraderechistas. La victoria de 2019, con el 37% de los votos, fue la más amplia desde 2002.
Kurz formó gobierno con Los Verdes, y entonces comenzó a mostrar facetas cada vez más cercanas a la derecha populista. Ya no solo en el contenido de sus discursos o de sus políticas: en su relación con la prensa, por ejemplo, demostró su desprecio por sus críticos. Periodistas como Helmut Brandstätter han denunciado el “clima de miedo” que generaba el canciller desde 2019. Una de sus tácticas de presión para disciplinar a la prensa díscola era repartir discrecionalmente los anuncios gubernamentales, un recurso fundamental para muchos medios.
Si antes parecía imparable, ahora no está claro qué sucederá con Sebastian Kurz. Su reemplazo en la cancillería, Alexander Schallenberg, ya ha tomado el mando del Gobierno, aunque Kurz sigue presidiendo el partido. Sin embargo, la mancha del ya excanciller puede ser una oportunidad para el ÖVP de independizarse de un liderazgo personalista. Un estilo que en lugar de ser una esperanza para el conservadurismo, se acerca más al iliberalismo de Viktor Orbán en Hungría y sus aliados de Polonia y Eslovenia, con su desprecio por el Estado de derecho y los valores democráticos.





