“Si así lo decide el Parlamento, lo acataré porque soy un demócrata convencido. Pero déjeme decir algo más: al final del día el que decide en Austria es el pueblo”. El canciller austríaco Sebastian Kurz no dudaba en recurrir a frases populistas para responder frente a las cámaras a una periodista cuando le preguntaba por su posible salida del poder en una moción de censura en mayo de 2019. El Ibizagate, un escándalo que involucró a sus socios de coalición del FPÖ, la ultraderecha austríaca, había generado un sismo político y Kurz se enfrentaba a una votación que acabaría perdiendo.
Pese a todo, el joven canciller estaba confiado. Y aquella frase le gustó tanto que sería su eslogan de campaña para las siguientes elecciones, ese mismo año. Unas elecciones adelantadas que no solo le darían el triunfo a su partido, el conservador Partido Popular Austríaco (ÖVP), y la posibilidad de continuar en su puesto, sino que lo convertirían en la esperanza del conservadurismo europeo con solo 32 años.
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