De forma periódica, el bitcoin vive épocas de fiebre: una subida de su precio coincide con más titulares en medios, anuncios para invertir en criptodivisas o debates acalorados. Ocurrió en 2013 o 2017, cuando superó precios máximos de 1.000 y 20.000 dólares, respectivamente. Ahora que está otra vez en precios récord, incluso el magnate Elon Musk, fundador de Tesla, ha anunciado que los vehículos de su empresa ya se pueden comprar con bitcoins y declaró haber invertido en la criptomoneda.
Con cada fiebre alcista, los libertarios que ven el bitcoin como una baza para descentralizar y despolitizar el dinero salen en su defensa. Esa devoción por las criptomonedas se debe a que no se necesita ningún Gobierno para emitirlas, y a que se contemplan como el nuevo oro o el futuro sustituto del dólar como centro del sistema financiero mundial. La criptomoneda, sin embargo, está lejos de funcionar como una moneda o un activo refugio.
Por qué el bitcoin no es un valor refugio
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