El impeachment lleva sobrevolando la presidencia de Trump prácticamente desde que empezó en enero de 2017. A la presunta colaboración de su equipo de campaña —y de, se decía, él mismo— en la injerencia orquestada por Rusia para perjudicar a la candidatura de Hillary Clinton en las presidenciales de 2016 se unió muy pronto la acusación de obstrucción a la justicia cuando Trump despidió al director del FBI James Comey en mayo de 2017. Aquel despido precipitó el nombramiento de un fiscal especial, Robert Mueller, para dirigir la investigación sobre la trama rusa de forma independiente e inmune a las presiones de la Casa Blanca.
Esa investigación demostró que Rusia jugó un papel en la campaña presidencial y también que miembros del equipo de Trump tuvieron contacto con los rusos, y resultó en 34 acusaciones sobre personas relevantes al caso incluido el abogado personal de Trump, Michael Cohen. Sin embargo, Mueller no halló evidencias de que Trump conociera estos hechos ni de que participara en ellos, y aunque sus conclusiones —presentadas en marzo de 2019— no descartaban que el presidente hubiera incurrido en obstrucción a la justicia, tampoco lo aseguraban rotundamente.
Para ampliar: “Especial sobre la trama rusa”, Trajan Shipley en El Orden Mundial, 2018
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