El peligro de lanzar un impeachment contra Trump

El Partido Demócrata lleva meses valorando si lanzar un impeachment contra Trump por su presunto papel en la injerencia rusa de las elecciones presidenciales de 2016 o por obstruir a la justicia durante la investigación sobre ese caso. Pero ahora un nuevo escándalo del presidente les ha dado motivos más claros, y finalmente se han decidido a iniciar el juicio político. Sin embargo, esta decisión podría perjudicarles más que beneficiarles de cara a las próximas elecciones de 2020.
Política y eleccionesAmérica del Norte
El peligro de lanzar un impeachment contra Trump
Donald Trump durante un acto de campaña en Newtown. Fuente: Michael Candelori (Wikimedia)

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El impeachment lleva sobrevolando la presidencia de Trump prácticamente desde que empezó en enero de 2017. A la presunta colaboración de su equipo de campaña —y de, se decía, él mismo— en la injerencia orquestada por Rusia para perjudicar a la candidatura de Hillary Clinton en las presidenciales de 2016 se unió muy pronto la acusación de obstrucción a la justicia cuando Trump despidió al director del FBI James Comey en mayo de 2017. Aquel despido precipitó el nombramiento de un fiscal especial, Robert Mueller, para dirigir la investigación sobre la trama rusa de forma independiente e inmune a las presiones de la Casa Blanca.

Esa investigación demostró que Rusia jugó un papel en la campaña presidencial y también que miembros del equipo de Trump tuvieron contacto con los rusos, y resultó en 34 acusaciones sobre personas relevantes al caso incluido el abogado personal de Trump, Michael Cohen. Sin embargo, Mueller no halló evidencias de que Trump conociera estos hechos ni de que participara en ellos, y aunque sus conclusiones —presentadas en marzo de 2019— no descartaban que el presidente hubiera incurrido en obstrucción a la justicia, tampoco lo aseguraban rotundamente. 

Para ampliar: “Especial sobre la trama rusa”, Trajan Shipley en El Orden Mundial, 2018

Todo ello dio fuelle a Trump para descalificar la investigación y atacar a los demócratas, que se habían enfrascado en un intenso debate interno sobre si era pertinente lanzar el impeachment o no. Esa división afectó de lleno a su estrategia para las elecciones de mitad de mandato de 2018 y se ha mantenido hasta ahora: los demócratas más alineados a la izquierda, incluidas las recién llegadas y carismáticas congresistas Alexandria Ocasio-Cortez o Rashida Thaib, apostaban por lanzar el impeachment; por el contrario, la mayor parte del Partido, con su cúpula a la cabeza, rechazaba esta tesis y prefirió centrar su campaña en asuntos como la reforma sanitaria, la inmigración o el estado de la economía, que los electores consideraban más importantes. De hecho, el impeachment era la última prioridad entre una lista de doce antes de las elecciones de mitad de mandato.

Pero un nuevo escándalo ha cambiado las cosas: unas revelaciones recientes apuntan a que Trump presionó al presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, para que investigase presuntas actividades ilícitas del exvicepresidente demócrata Joe Biden en ese país. Es decir, que Trump habría usado su influencia como jefe del Estado para chantajear a un gobernante extranjero con vistas a perjudicar a un oponente político directo, ya que Biden es el candidato mejor posicionado en las primarias demócratas para las presidenciales de 2020. Si hasta ahora Nancy Pelosi, la líder de los demócratas en la Cámara de los Representantes y cabeza del Partido, se negaba en rotundo al juicio político, este pasado martes 24 anunció ya el inicio del procedimiento de impeachment contra Trump. Y es que esta vez es distinto: la acusación no se basa en filtraciones sino en una denuncia de un miembro de la inteligencia emitida por los cauces oficiales y, sobre todo, la falta cometida es más grave y clara. Las sospechas se confirmaron después con la publicación del memorándum de la conversación telefónica entre Trump y Zelenski, en la que Trump le pide abiertamente al ucraniano “que le haga un favor” con el asunto de Biden.

Con todo, y por mucha justificación que los demócratas puedan tener, el lanzar un procedimiento de impeachment no está exento de riesgos, y los demócratas podrían no salir bien parados de él. Algunos de los argumentos que se esgrimían antes en contra del juicio político siguen siendo válidos hoy: aunque los demócratas puedan iniciar el proceso, ya que gozan de mayoría en la Cámara de Representantes, es en el Senado donde tiene lugar la votación definitiva que determina si el presidente es declarado culpable y apartado de su cargo o no, y esta cámara está controlada por los republicanos. En los últimos años el Partido Republicano ha ido adoptando cada vez más el discurso de Trump, que hasta ahora ha dado buenos resultados electorales, así que a menos que el impeachment pruebe ser muy dañino para sus posibilidades de reeleción, los republicanos tienen pocos motivos para abandonar al presidente. Salvo sorpresa, el Partido Demócrata se ha embarcado en un duelo que no puede ganar.

Para ampliar: “De Lincoln a Trump: el deslustre del Partido Republicano”, Trajan Shipley en El Orden Mundial, 2018

Por otro lado, los demócratas también tienen a los estadounidenses en contra en este asunto. Trump es un presidente históricamente impopular, y de hecho la mayoría de la población comparte las tesis demócratas sobre la trama rusa, creyendo, por ejemplo, que Trump cometió obstrucción a la justicia. Pero, a pesar de todo, la mayor parte de los ciudadanos no consideran que el impeachment deba ser lo prioritario, y la última encuesta (julio de 2019) muestra que solo un 32% está de acuerdo con que se lleve a cabo. Es cierto que cuando se inició el proceso contra Richard Nixon en los años 70 el porcentaje de estadounidenses que estaban a favor de hacerlo era todavía menor y después subió, pero eso no tendría por qué ser así esta vez. 

Nixon encaró el escándalo Watergate con una buena cuota de popularidad y con la opinión pública de su parte, pero su apoyo fue cayendo hasta que finalmente dimitió en 1974. Fuente: Pew Research Center.

Es más, históricamente el impeachment siempre ha sido una medida impopular en un país acostumbrado a elegir y despedir a sus presidentes a través del voto. Las dos últimas ocasiones en que se puso sobre la mesa el juicio político —Nixon en 1973 y Bill Clinton en 1998—, ambos presidentes ya estaban en su segundo mandato y no podían ser reelegidos, pero este es solo el primer mandato de Trump, y la cercanía de las presidenciales de 2020 refuerza el argumento de que si hay que cambiar de presidente, lo mejor es hacerlo a través de las urnas.

Precisamente esa cercanía de las elecciones añade otra dificultad a la maniobra demócrata. Un impeachment puede bien durar varios meses y hasta más de un año, por lo que iniciarlo ahora supone que el proceso seguirá abierto durante las primarias demócratas y probablemente también durante la campaña electoral en otoño de 2020. Eso polarizaría todavía más al electorado estadounidense y permitiría a Trump y los republicanos usar los argumentos de que todo es una “caza de brujas”, que el juicio pone en peligro el crecimiento económico del país, que los demócratas obstaculizan la agenda legislativa republicana o que no tienen nada mejor con lo que hacer frente a Trump. Además, el esfuerzo que los demócratas dedicarán a esto también les distraerá de sus propuestas legislativas, dificultando que puedan conseguir resultados en asuntos tan demandados por sus votantes como la regulación del acceso a las armas.

¿Y cómo afecta esto a las primarias demócratas? No es casual que haya sido precisamente Biden el afectado por el escándalo con el presidente ucraniano. El exvicepresidente lleva meses siendo el demócrata mejor posicionado para ser candidato a las presidenciales, y Trump puede haber querido torpedear su carrera aireando supuestos trapos sucios de su era en la Administración Obama. Trump tiene motivos para preocuparse: tanto Biden como los otros dos principales contendientes en las primarias, los senadores Bernie Sanders y Elizabeth Warren, le adelantan en los pronósticos en un hipotético cruce en las presidenciales.

Para ampliar: “En busca de un candidato demócrata que derrote a Trump”, Alex Maroño en El Orden Mundial, 2019

Por supuesto, verse inmerso en este escándalo puede beneficiar mucho a Biden. A pesar de ser el primero en los sondeos, sus apoyos habían ido mermando en las últimas semanas; por primera vez otro contendiente, Warren, le ha superado hace poco en los sondeos para las cruciales primarias de Nuevo Hampshire y Iowa, las primeras en celebrarse. Ahora el asunto de Ucrania permite a Biden vender la idea de que es él a quien Trump teme enfrentarse y fuerza a los demócratas a unirse para defenderle frente a las acusaciones del presidente. El exvicepresidente podría salir de este proceso convertido en el candidato estrella frente a un Trump acosado por el impeachment

Claro que Biden también podría ver perjudicada su candidatura. Trump está haciendo un gran esfuerzo por contrarrestar el escándalo sobre sus presiones al presidente ucraniano con la supuesta corrupción de Biden, mezclando ambos asuntos y poniendo en duda la legitimidad del impeachment y la honestidad del exvicepresidente. A pesar de que no haya pruebas de que Biden cometiera ninguna irregularidad durante sus años en la Casa Blanca, el solo deterioro de su imagen pública podría hacerle perder las primarias demócratas frente a otros candidatos, como Warren, o hacer de él en un candidato débil frente a Trump en las presidenciales.

Solo hay dos precedentes de una situación similar en el siglo XX: Nixon y Clinton. Y cada uno de ellos da una lección distinta de las consecuencias de este proceso. Nixon encaró el impeachment con unas razonables cuotas de popularidad y con la población en contra de que se le sometiera al juicio, pero la opinión pública no tardó en cambiar y en 1974 Nixon acabó dimitiendo antes de ser obligado a dejar el cargo. Es el único presidente en la historia de Estados Unidos en haberlo hecho. Por el contrario, con Clinton el impeachment no solo no le apartó del poder, sino que contribuyó al buen resultado demócrata en las elecciones de mitad de mandato de 1998 y le llevó a las cotas más altas de popularidad, con más del 70%. Ese es el dilema de los demócratas: ¿se parecerá 2020 a 1974 o a 1998?

Para ampliar: “Trump y la sombra del impeachment, Trajan Shipley en El Orden Mundial, 2018