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Ni fraude ni vuelco histórico: así explican los datos la victoria de Biden

Ni fraude ni vuelco histórico: así explican los datos la victoria de Biden
Joe Biden durante un mitin en Iowa. Fuente: Gage Skidmore (Flickr)

Lo que ha hecho Joe Biden es enormemente difícil: Estados Unidos suele reelegir a sus presidentes, y Trump se tendrá que conformar con cuatro años. Sin embargo, el terremoto electoral que algunos pronosticaban no se ha producido. Muchos votantes moderados que apoyaron a Trump en 2016 se han pasado a Biden, que además se ha beneficiado de una mayor unidad en el electorado de izquierdas, pero no ha habido grandes trasvases de voto. Biden solo ha mejorado mínimamente el resultado de Hillary Clinton y eso le ha bastado para darle la vuelta a un puñado de estados clave.

Donald Trump ya tiene su hueco en la historia de Estados Unidos como el primer presidente del siglo XXI en perder la reelección. Y a pesar del ruido, de las amenazas y de las acusaciones infundadas de fraude electoral, la razón está bastante clara: hace cuatro años Trump ganó los estados industriales de Pensilvania, Míchigan y Wisconsin y ahora los ha perdido. Le habría bastado con ellos para revalidar el cargo, pero además también perdió dos feudos republicanos, Georgia y Arizona, y no le arrebató a los demócratas ni uno de los veinte estados que ganaron en 2016.

Estas elecciones no han sido la revolución que muchos pronosticaban. De hecho, se han parecido bastante a las de cuatro años. Entonces Hillary Clinton aventajó a Trump en dos puntos porcentuales, aunque el sistema electoral la perjudicó. Ahora Biden se ha impuesto por algo más de cuatro, un resultado mejor pero tampoco apabullante, que sin embargo le ha permitido adelantar a Trump en los estados que necesitaba.

La unidad del “voto anti-Trump”

En las elecciones presidenciales de 2016, más del 5% de los votantes apoyó a partidos que no eran ni el Demócrata ni el Republicano. El disgusto con los dos principales candidatos llevó a muchos a buscar opciones de “voto protesta” como el Partido Libertario o el Partido Verde. Sin embargo, tras cuatro años de Trump, muchos han regresado a sus partidos tradicionales. Ese 5% de 2016 ha bajado hasta el 1,8% en 2020, pero sin beneficiar por igual a los dos candidatos.

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Fuente: Elaboración propia del autor con datos de Federal Election Commission y Cook Political Report

Aunque los dos grandes partidos han obtenido mejor resultado que hace cuatro años, Donald Trump apenas ha elevado su porcentaje de voto en unas ocho décimas, mientras que Biden ha superado en más de tres puntos el de Clinton. El Partido Verde, que se hizo con un 1% de los votos en 2016, ha caído hasta el 0,3%. Ahí se explica parte del buen resultado de Biden, ya que Clinton habría ganado la presidencia en 2016 con el apoyo de los votantes verdes en Pensilvania, Míchigan y Wisconsin.

Pero el declive de los verdes no lo explica todo. Durante su mandato, Trump ha demostrado gran capacidad para mantener el apoyo de los votantes republicanos, lo que se ha confirmado de nuevo en estas elecciones. Sin embargo, la mayoría de los independientes votó por Trump en 2016, pero ahora han inclinado por Joe Biden. El candidato demócrata también se ha beneficiado de ese 11% que en 2016 no pudo o no quiso votar y que ahora ha apoyado al candidato demócrata por casi veinte puntos de diferencia. 

El “cinturón del óxido” se da la vuelta: Pensilvania, Míchigan y Wisconsin

Fue la explicación más repetida para la inesperada victoria de Trump en 2016: el votante blanco había abandonado su tradición demócrata para apoyar a Trump siguiendo sus promesas de un “renacer industrial”. El presidente llegó a la Casa Blanca tras haber ganado esos tres estados por apenas 80.000 votos y ahora va a dejarla por haber perdido los tres por un margen algo más amplio, de más de 200.000. 

La explicación más fácil sería que ese “renacer industrial” que prometía Trump nunca se cumplió y que los votantes le han sancionado por ello, pero ni aquella narrativa de 2016 ni la de 2020 son tan correctas. Lo cierto es que Trump ganó Míchigan y Wisconsin hace cuatro años gracias a su espectacular fortaleza en las zonas rurales. Y Biden le ha dado la vuelta a esos dos estados no porque haya logrado contrarrestar la ventaja de Trump en el campo, sino porque ha mejorado los resultados de Clinton en las zonas urbanas, donde los demócratas siempre obtienen más apoyo. 

El candidato demócrata ha potenciado las fortalezas electorales de su partido. En Míchigan, por ejemplo, casi ha doblado el margen de victoria de 2016 en algunos condados que rodean grandes ciudades. En Wisconsin, donde Clinton ganó el voto joven por tres puntos, Biden ha ganado por veinte. Sin embargo, tal vez su mayor logro en estos dos estados haya sido suavizar un poco el dominio de Trump entre sus principales partidarios, los votantes blancos sin estudios. Allí ha mejorado el resultado de 2016 en diez puntos. 

En Pensilvania, su estado natal, Biden mejoró el resultado de Clinton en algunos condados industriales, pero su gran triunfo vino de los suburbios. Estas urbanizaciones de las afueras de las ciudades, levantadas en buena medida para acoger a los blancos que huían de la diversidad racial de las grandes urbes, tienen por ello una reputación política conservadora. Con todo, esos votantes con estudios superiores han sido particularmente críticos con Trump. En los de los alrededores de Filadelfia, por ejemplo, el candidato demócrata ha duplicado el margen de victoria de Obama en 2012.

La gran mentira de “los trabajadores de Trump”

Si en 2016 la explicación de que “la clase trabajadora” se había pasado a Trump ya hacía aguas, 2020 ha certificado que los demócratas siguen siendo la opción de los estadounidenses de menos recursos. Biden se ha impuesto entre quienes ganan menos de 100.000 dólares al año —unos 80.000 euros—, el 74% de la población del país. Trump, en cambio, es el favorito de los que superan esa cifra.

Biden también ha logrado más apoyo que Trump —y que Clinton en 2016— entre la clase obrera tradicional, ese 20% de estadounidenses que viven en hogares donde al menos uno de sus miembros está afiliado a un sindicato. Se ha escrito mucho sobre su supuesto “divorcio” con el Partido Demócrata, pero las encuestas a pie de urna no sostienen esa conclusión. 

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Fuente: Elaboración propia del autor con datos de Edison Research

Entre las claves económicas de estas elecciones ha estado también el impacto de la pandemia. Para el 35% de los estadounidenses, “el asunto más importante” a la hora de decidir su voto era “la economía”. Trump arrasó con 65 puntos de diferencia entre ese grupo. Sin embargo, en la misma encuesta se preguntaba también a los votantes si habían sufrido las consecuencias económicas del coronavirus. Biden arrasaba entre los que respondían que sí, mientras que Trump se imponía con comodidad entre los que no se habían visto afectados. 

La sorpresa: Arizona y Georgia

Todo apuntaba a que estas elecciones se podían decidir en el “cinturón del óxido”, pero era más difícil prever que Biden iba a ser el segundo demócrata en ganar en Arizona desde 1952 —Bill Clinton lo hizo en 1996— y el primero en llevarse Georgia en los últimos seis comicios presidenciales. 

Los dos son estados de tradición conservadora que están viviendo un fuerte cambio demográfico. El 60% de la población de Arizona vive en el condado de Maricopa, donde se encuentra la ciudad de Phoenix, que ha triplicado su número de habitantes desde 1980. La llegada de votantes de otros estados y la presencia de una comunidad hispana políticamente muy activa de origen mexicano y centroamericano ha cambiado el perfil electoral del estado en los últimos años. Todavía no había afectado a las presidenciales, pero era cuestión de tiempo.  

Sin embargo, no hay que mirar a la victoria de Biden en Arizona solo bajo el prisma de la diversidad. En el estado que mandó al Senado durante décadas a dos ídolos republicanos como John McCain y Barry Goldwater, Trump ha perdido apoyo entre el grupo más republicano del país: los mayores, casi un tercio de los votantes del estado. En 2016, Trump superó a Clinton en este grupo por trece puntos; cuatro años después, Biden le ha empatado. Una posible explicación está, según las encuestas preelectorales, en la preocupación de este colectivo por el coronavirus.  

La otra gran historia de estas elecciones, tal vez más sorprendente aún, es la de Georgia. Este estado sureño es un auténtico bastión republicano: los de Trump controlan las dos cámaras del parlamento estatal y ocupan los dos escaños del Senado y los trece cargos electos del estado, incluido el gobernador.

Aunque una de cada tres personas en Georgia es afroamericana y esos votantes eligieron a Biden casi al 90%, su voto y nivel de participación fueron casi idénticos a los de 2016. El cambio hay que buscarlo en otro lado. Según un análisis del New York Times, Biden mejoró espectacularmente el resultado de Hillary en las afueras de Atlanta, la gran ciudad y capital económica del estado, sobre todo entre votantes con educación universitaria, edad y recursos económicos. En Atlanta y su zona de influencia vive alrededor del 60% de la población de Georgia. 

En el resto del estado no se han visto grandes cambios, pero tradicionalmente ese voto de las afueras, de clase acomodada, era el gran granero de votos del Partido Republicano. Lo que ha sucedido en las cercanías de Atlanta es una señal para los conservadores de que sus avances en el electorado blanco sin estudios superiores pueden estar pasándoles factura entre los votantes blancos que sí fueron a la universidad y que se sienten menos atraídos por el populismo de Trump. 

Algunas mentiras sobre el voto de las minorías

Los dos candidatos mantuvieron el apoyo en sus grupos más fieles a nivel nacional. El cambio se produjo por diferencias pequeñas en algunos estados claves. No hubo un claro repudio a Trump, que recibió el mismo nivel de apoyo entre los republicanos (88%) que Biden entre los demócratas (89%), pero el presidente sí cayó entre los votantes que se definen como moderados e independientes. En ambos grupos Biden subió doce puntos respecto a Clinton. 

Más allá de eso, pocos cambios de calado. Trump mejoró su resultado entre los que ganan más de 80.000 euros al año y Biden le arrebató apoyo en el grupo más amplio de contribuyentes, los que ganan entre 80.000 y 40.000. El candidato demócrata también creció bastante respecto a Clinton entre los hombres blancos y los católicos, un grupo tradicionalmente bisagra que esta vez se decantó por el que será el segundo presidente católico de la historia de EE. UU. después de John F. Kennedy.

Fuente: Elaboración propia del autor con datos de Edison Research

Se ha escrito mucho sobre el supuesto “buen” resultado de Trump entre los votantes de color, pero es una verdad solo a medias. El 58% de los blancos ha votado por el republicano, frente a solo un 26% de los que no lo son. Trump ha mejorado en seis puntos su resultado de 2016 con los varones negros —aproximadamente lo mismo que ha crecido Biden entre los varones blancos—, pero a pesar de la mejora, se ha llevado solo el 19% del apoyo de ese grupo. Biden, por el contrario, consiguió el 79%, y en parte son los varones negros quienes le ha dado la victoria en el estado clave de Pensilvania

Aún menos justificado es el relato sobre cómo Trump ha ganado apoyo entre los hispanos. Si en 2016 este grupo apoyó a Clinton con un 66%, ahora han optado por Biden en un 65%. Trump ha mejorado algo, pero la diferencia no es significativa. Esta narrativa tiene más que ver con que ha conseguido un resultado mejor de lo esperado entre los latinos de dos estados fundamentales: Florida y Texas.

Biden se llevó más de la mitad del voto hispano en Florida, pero los demócratas esperaban mucho más. Clinton se impuso entre los latinos del estado por veintisiete puntos; ahora el demócrata apenas le ha sacado a Trump cinco. Muchos análisis señalan a la campaña del presidente asociando a Biden con Fidel Castro y Hugo Chávez, y es cierto que Trump se llevó algo más de la mitad del voto cubanoamericano, una comunidad anticastrista y conservadora que representa aproximadamente un tercio de los hispanos del estado. En Texas, Trump también mejoró su resultado entre los latinos, pasando del 34% de 2016 a un 41%, pero Biden logró aún así el apoyo mayoritario de esta comunidad.

La importancia electoral de estos dos estados ha oscurecido el retrato general de una comunidad muy diversa, con inclinaciones políticas diferentes, y que sin embargo sigue siendo mayoritariamente demócrata. El resultado de estas elecciones confirma que es un error hablar del “voto latino” de una forma monolítica, como si esos millones de personas tuvieran las mismas motivaciones. Es razonable que los latino sean algo más conservadores en estados como Texas, y se inclinen más por los demócratas en un feudo demócrata como California. 

Un referéndum sobre Trump

Trump ganó de milagro en 2016 maximizando el rédito de sus votos en un sistema electoral que prima el voto rural frente al urbano. El panorama no ha cambiado tanto cuatro años después, pero el republicano se ha desgastado lo suficiente como para perder esa mínima ventaja y lograr que los estadounidenses no reelijan a su presidente, algo que solo ha sucedido tres veces en las últimas cuatro décadas. Estas elecciones han sido un referéndum sobre Trump: uno de cada cuatro votantes reconoce que ha votado más por rechazo al candidato contrario que por entusiasmo por el propio. Y de esos, casi el 70% lo ha hecho por Biden. El país ha girado lo suficiente para forzar un cambio en la Casa Blanca, pero poco más.