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El Gobierno ruso ha silenciado a los últimos opositores de cara a las elecciones presidenciales del 17 de marzo. La muerte de Alexéi Navalni en prisión el pasado 16 de febrero fue un aviso para navegantes, pero sobre todo un portazo al diálogo con la oposición exiliada. Finalmente habrá cuatro candidatos, el número más bajo desde que Vladímir Putin gobierna: el propio Putin y otros tres de partidos satélite que saben que no van a ganar. “Por supuesto que no, no soy idiota” y “no sueño con vencer a Putin”, dijeron dos de ellos.
El Kremlin no puede permitirse el mínimo riesgo de que emerja un rival que concurra a las elecciones. Por ello ha censurado al opositor Borís Nadedzhin, contrario a la guerra en Ucrania y cuyo partido condenó la muerte de Navalni como un asesinato. Sin embargo, su caso ha demostrado que el descontento puede canalizarse en una única personalidad y concentrar así más fuerza. También la debilidad de un Gobierno que no confía en la popularidad de Putin y la guerra, pese a que la propaganda insista en que sí. El Kremlin lo sabe, está atento a la opinión pública y reprime cualquier protesta para asegurar su supervivencia.
Elecciones para legitimar el régimen
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