El Dniéper es el eje que da vida a Ucrania, pero que también la puede quitar. A lo largo de los cerca de 1.100 kilómetros por los que transcurre en el país, sus aguas vertebran la identidad y la cultura del territorio, alimentan sus campos de trigo y transportan sus mercancías. Su caudal lento y sinuoso esconde sin embargo un monstruo retenido por seis grandes presas capaz de arrasar poblaciones enteras y anegar ecosistemas en apenas unos minutos.
El ataque a la presa Kajovka el 6 de junio, cuya autoría aún se desconoce, es la última demostración de ese peligro durmiente: decenas de ucranianos perdieron la vida, casi 9.000 tuvieron que abandonar sus hogares y cerca de ochenta pueblos quedaron inundados como consecuencia de la voladura del muro de contención. Pero no es la única. En 1941 Joseph Stalin ya ordenó detonar la presa de Dneprostroi, 170 kilómetros al norte de la de Kajovka y motor de la central hidroeléctrica más grande de Europa por aquel entonces, para evitar que cayera en manos de las tropas nazis. El resultado fue catastrófico: miles de personas murieron en un país asolado por la Segunda Guerra Mundial.
"Hicimos explotar la presa del Dniéper para no permitir que este primer hijo del plan quinquenal soviético cayera en manos de los bandidos de Hitler", llegaron a justificar las autoridades de la URSS. En efecto, fue durante la época soviética cuando la parte ucraniana del Dniéper se embalsó y se transformó en un sistema de centrales hidroeléctricas que aún hoy cubre en torno al 5% de la demanda energética del país y enfría la central nuclear de Zaporiyia, la más grande del continente. Esas intervenciones también crearon una ruta de aguas profundas a lo largo de todo el río, anteriormente solo navegable en algunas secciones.
Asimismo, la inundación de la ribera del Dniéper formó anchos lagos artificiales que dificultaron el cruce del río, una estrategia que responde en parte a la obsesión rusa con su vulnerabilidad ante invasiones extranjeras por la ause...