Recesiones en la eurozona

Las recesiones en la eurozona desde 1970

Desde 1970, la economía de la eurozona ha entrado en recesión en cinco ocasiones tras sufrir varias crisis, como la del petróleo en 1973 o la financiera de 2008
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“Actualmente estamos experimentando una crisis energética difícil, que se está convirtiendo cada vez más en una crisis económica y social”. Con estas palabras, el vicecanciller y ministro de Economía y Clima alemán, Robert Habeck, anunció a principios de octubre que su Gobierno espera que el país entre en recesión en 2023. En concreto, el Ejecutivo encabezado por el socialdemócrata Olaf Scholz prevé que la economía alemana se contraerá un 0,4% durante el próximo año a consecuencia del elevado precio de la energía y la reducción de la actividad de la industria. Con Berlín asumiendo el decrecimiento económico, la gran pregunta que sobrevuela ahora los despachos europeos es si la recesión se extenderá al conjunto de la eurozona o si solo serán los países más dependientes de los hidrocarburos rusos los que vean menguar su PIB.

Por el momento, el Fondo Monetario Internacional espera que las economías del euro —19 países desde 2015— crezcan de media un 3,1% en 2022 pero apenas un 0,5% en 2023, una cifra que no deja de revisar a la baja. La incertidumbre en torno a la evolución de la guerra de Ucrania y el contexto económico global hacen en la práctica que sea imposible prever si la eurozona entrará en recesión técnica y, si finalmente acabara sucediendo, cuán larga y severa sería.

Se trataría, en cualquier caso, de la sexta recesión económica que sufriría la zona euro desde 1970, según los datos del Banco Central Europeo y Eurostat. El primer golpe llegó en 1975 con la conocida como primera crisis del petróleo, cuando la Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo decidieron no exportar más crudo a los países que habían apoyado a Israel en la guerra de Yom Kipur. El embargo provocó un fuerte aumento del precio del petróleo en Occidente, lo que a su vez dio paso a una espiral inflacionista y a una contracción de la actividad económica. Es probablemente la recesión que más se parecería a la del próximo año. Alemania, de hecho, decidió este mismo mes de abril actualizar una ley de 1975 que le dota de instrumentos excepcionales para combatir una posible escasez de suministro energético. Aquel año, la crisis se tradujo en una pérdida interanual del 0,8% del PIB en los países que componen actualmente la eurozona.

La siguiente recesión llegó en 1993, cuando los primeros pasos hacia la creación de una moneda común provocaron problemas de competitividad en toda Europa. Concretamente, de manera previa a la introducción del euro, las capitales que iban a adoptar la nueva divisa vincularon sus monedas al marco alemán. Pero en Alemania, que acababa de absorber a la RDA aceptando un valor sobredimensionado de la moneda comunista, la inflación comenzó a descontrolarse y Berlín apostó por subir los tipos de interés asfixiando con su decisión al resto de países, que trataron de seguir la estela del marco alemán incrementando también los tipos a un ritmo más alto del que pudieron resistir sus economías. El resultado, un decrecimiento interanual del 0,7%.

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De 1995 en adelante Eurostat dispone de datos trimestrales —técnicamente una recesión se declara cuando el PIB mengua durante dos trimestres consecutivos—, lo que permite radiografiar con más exactitud la evolución de la economía del euro. Así, tras un pequeño susto en 2003 con la guerra de Irak que apenas contrajo la zona euro durante un trimestre, no fue hasta 2008 cuando el corazón de Europa sufrió una nueva gran recesión: la crisis financiera primero, y la del euro después, originaron una caída del PIB del 4,5% en 2009, del 0,8% en 2012 y del 0,2% en 2013. La pandemia, la quinta y más reciente recesión que ha sufrido la eurozona, tuvo un impacto aún mayor, con 2020 registrando una caída del 6,4%.

De darse, la recesión del 2023 no sería sino una prolongación de la de la pandemia —crisis de suministro, escasez energética, inflación—,  y tendría poco que ver con las grandes crisis de hace una década. La energía, y no el sistema financiero global, es lo que se sitúa en la actualidad en el epicentro de la tormenta, y la respuesta de las instituciones europeas está siendo opuesta a la de la crisis de hace tres lustros. En aquel entonces la Unión Europea y el Banco Central Europeo apostaron por la austeridad y la devaluación laboral para atajar las desavenencias económicas, pero en esta ocasión Europa está adoptando hasta la fecha una postura más expansionista —emisión de deuda conjunta o suspensión de reglas fiscales— para estimular la actividad comunitaria.

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