Poco más de dos años después del comienzo de la pandemia de coronavirus, la inflación en los países más ricos del mundo (OCDE) ha alcanzado los niveles más altos de los últimos treinta años. Las distorsiones económicas provocadas por la crisis sanitaria, que ha generado fuertes tensiones entre oferta y demanda y ha estrangulado el transporte de mercancías, inflaron los precios generales en los países de la OCDE un 9,2% en mayo con respecto a un año atrás, con Turquía superando el 73%, Argentina el 60% y otros como Lituania o Estonia por encima del 18%. La invasión rusa de Ucrania, que hasta ahora no había entrado en escena en la escalada de precios, ha enlazado con la crisis postpandemia y su efecto ya se deja notar en los costes de la energía y la comida.
Desde comienzos de los años noventa, la inflación se había convertido en un fenómeno residual en la mayoría de países desarrollados, en gran parte debido a las rígidas medidas adoptadas por gobiernos, bancos centrales e instituciones financieras para mantener la estabilidad de los precios. Ni siquiera la enorme recesión de 2008 —y la consiguiente crisis del euro de 2010— logró empujar los precios generales por encima del 5%. La llegada de la pandemia, a pesar de las políticas fiscales y económicas aplicadas para neutralizar las dentelladas de la crisis, ha cambiado esta tendencia.
Si bien el aumento de la inflación en los países de la OCDE también está relacionado con el crecimiento del coste de los alimentos y otras materias primas, ningún otro factor ha tenido tanto peso como el alza de los precios en los mercados energéticos. De hecho, los precios de bienes como la electricidad o los combustibles fósiles se han encarecido un 35,4% en el conjunto de la OCDE en el último año, mientras que los de los alimentos lo han hecho un 12,6%.
Si se atiende a antecedentes más antiguos, sin embargo, las cifras de inflación registradas en los países más desarrollados durante los últimos meses todavía están lejos de alcanzar los registros de otras espirales inflacionarias no tan recientes, en las que los factores energéticos también jugaron un papel esencial en el aumento de los precios.
Durante los años setenta, las dos crisis del petróleo —la primera motivada por el embargo de los países productores (OPEP) y la segunda por la revolución iraní y su guerra con Irak— multiplicaron, en pocos meses, los precios del crudo. Esto, junto con las grandes movilizaciones sindicales y las medidas fiscales y monetarias, terminó provocando que la inflación en los países de la OCDE se situara por encima del 15% en 1975 y 1981, y que durante toda una década —de 1974 a 1984— fuera raro el momento en el que el indicador no superaba el 10%.
A finales de los años ochenta, el hundimiento de los precios del petróleo rebajó la preocupación por la inflación, pero el crack de Wall Street en 1987 —uno de los peores de la historia— generó otra vez una nueva escalada de precios que sitúo la inflación por encima del 11%. Ya en el siglo XXI la crisis financiera global de 2008 frenó en seco el incremento de los costes —en 2009 se registró deflación por primera vez en cuarenta años—, y tras un periodo de relativa estabilidad la pandemia ha vuelto a descontrolar los precios.








