Tras toda una vida de trabajo ha llegado la hora de jubilarse. Sin embargo, retirarse del mundo laboral también supone un recorte de los ingresos, con importantes diferencias entre países, y con ello un incremento del riesgo de pobreza entre la población anciana respecto a la población trabajadora. Y aunque la Unión Europea cuenta con unos sistemas de bienestar bien asentados, la pobreza en la jubilación se ha convertido en un reto ante el aumento de la población retirada y el descenso de la población en edad de trabajar.
El envejecimiento demográfico en la Unión Europea ha creado grandes masas de población dependiente, a su vez la natalidad ha descendido, y las pirámides de población de los países del Viejo Continente han empezado a invertirse, generando una cada vez mayor presión sobre la cada vez menor población trabajadora, que tiene que sostener a una creciente población jubilada.
Ante este panorama, mantener las pensiones altas de hace una generación resulta difícil si no se producen cambios. En muchos casos, las medidas económicas por las que se ha optado han sido promover recortes y congelaciones en las pensiones que permitan alargar la supervivencia de unos sistemas de pensiones europeos que se asoman al abismo de la insostenibilidad, pero con ello aumentando el riesgo de pobreza en la jubilación.
No obstante, no todos los países son iguales, y las diferencias son importantes dentro de la Comunidad Europea. Los países del este tienen por lo general un mayor riesgo de pobreza que los occidentales, especialmente los países bálticos y Bulgaria. En Letonia y Estonia, de hecho, más de la mitad de los jubilados están en riesgo de pobreza y exclusión social, según cifras de Eurostat. En el lado opuesto, esta funesta cifra solamente alcanza el 7,4% en Luxemburgo.
El segundo país comunitario con menor proporción de jubilados en riesgo de pobreza y exclusión social es Eslovaquia (8,7%), mostrando que la realidad es más compleja y que hay países del antiguo bloque del este que tienen valores bajos como los de la parte occidental de la UE. Otros, como Irlanda o Alemania, tienen valores medios algo superiores a los de Polonia o Chequia.
El tercer país con menor tasa de pobreza en la vejez es Francia, y aquí se centra gran parte de la atención reciente sobre el debate de los sistemas de pensiones europeos. Francia tiene jubilaciones especialmente largas, con una edad de retiro temprana, y una alta esperanza de vida. Además, el porcentaje de PIB que París dedica a las pensiones es el segundo más alto de la Unión Europea, y no deja de crecer. Todas estas cifras han llevado al Gobierno de Emmanuel Macron a poner en marcha una reforma del sistema de pensiones que retrasa la edad de retiro y aumenta los años mínimos de cotización, lo que ha generado una enorme contestación social en el país. Frente a la reforma, que también podría aumentar la pobreza durante la jubilación, sindicatos y oposición apuestan por otras medidas como una reforma fiscal que traslade parte de la presión sobre grandes rentas y empresas o mejoras salariales y laborales que compensen los desequilibrios provocados por el envejecimiento poblacional.
Pero no se trata solo de Francia. La mayoría de países de la Unión Europea se encuentran ante un dilema similar para mantener un modelo de pensiones que garantice la prosperidad a la población anciana en un contexto de creciente presión sobre la población trabajadora: reformar profundamente los sistemas de publicación europeos mediante recortes, con el riesgo consecuente de aumentar la proporción de pobreza en la jubilación, o apostar por otras fórmulas difusas que frenen el déficit.







