La era de la distensión espacial está llegando a su fin. Tanto países como empresas vuelven a mirar al espacio con ambición. En 2024, el presupuesto gubernamental global en programas espaciales alcanzó los 135.000 millones de dólares, frente a los 75.000 de 2017. Al mismo tiempo, el lanzamiento de satélites, naves, sondas u otros objetos al espacio ha pasado de 221 en 2016 a casi 2.900 entre 2023 y 2024.
Uno de los actores clave en esta nueva era espacial es China. En 2019 Pekín dio un golpe sobre la mesa al convertirse en el primer país en alunizar una sonda en la cara oculta de la Luna, un hito inédito en la historia de la exploración espacial. China es, junto con Estados Unidos y la extinta Unión Soviética, el único país que ha puesto en órbita a un ser humano por sus propios medios. Además, excluida de la EEI, ha logrado construir y mantener en funcionamiento su propia estación espacial. Estos avances han reforzado la imagen de China como una potencia en ascenso con ambiciosos planes de exploración lunar y planetaria, extracción de recursos, colonización y una posible militarización del espacio.
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Pero China no es el único país con la vista puesta en el cosmos. India, otra potencia en ascenso, logró en 2023 convertirse en el cuarto país en alcanzar con éxito la superficie lunar. Israel estuvo a punto de conseguirlo en 2019, pero su módulo se estrelló durante el aterrizaje. En la última década, países como Baréin, Emiratos Árabes Unidos, Turquía o Arabia Saudí han puesto en marcha sus propios programas espaciales, una muestra de cómo el crecimiento económico y la ambición geopolítica vuelven a proyectarse más allá de la Tierra.
Estados Unidos no ha tardado en reaccionar. En 2017, en pleno auge de las tensiones con China, Donald Trump anunció el programa Artemisa, con el que la NASA aspiraba a regresar a la Luna y establecer una base permanente en la superficie. Para ello, impulsó una amplia coalición internacional con las agencias espaciales de Europa, Japón, Canadá, Israel, Australia y Argentina. Además, Trump aprobó la creación de una nueva rama de las Fuerzas Armadas dedicada al espacio: la Fuerza Espacial.
Sin embargo, con su regreso a la presidencia en 2025, sus prioridades han dado un giro radical. La NASA ha sufrido el mayor recorte presupuestario de su historia y ha perdido a un tercio de su plantilla. Se han cancelado misiones científicas y el lanzamiento de varias sondas, incluyendo gran parte del programa lunar, mientras que el foco de interés se ha desviado, bajo la influencia de Elon Musk, hacia Marte y la creciente privatización del espacio. La cancelación del grueso del programa lunar estadounidense —incluida la base permanente— cede el protagonismo a China, que mantiene intacto su proyecto para llevar seres humanos a la Luna.
Las empresas privadas son otro factor clave que define esta nueva era espacial. Magnates como Elon Musk con SpaceX, Jeff Bezos con Blue Origin o Richard Branson con el grupo Virgin se han convertido en socios indispensables para las principales agencias espaciales, además de desarrollar ambiciosos proyectos en solitario. Su presencia evidencia que el sector espacial es ya un negocio altamente rentable: en 2023 generó 630.000 millones de dólares, un 40 % más que en 2017, y se podrían alcanzar los 1,8 billones para 2035. Las oportunidades se multiplican, desde el turismo espacial hasta el despliegue de amplias constelaciones de satélites, pasando por la minería de recursos en asteroides y en el resto del espacio.
Así ocurre con la explotación de la órbita baja terrestre. Esta franja situada a menos de mil kilómetros de la superficie tiene un enorme potencial para la expansión de las telecomunicaciones, la investigación o el comercio. Un ejemplo destacado es Starlink, la red de satélites mediante la cual SpaceX se ha convertido en un proveedor de internet. Empresas como las estadounidenses Blue Origin, Nanoracks, Northrop Grumman o la china Geespace también están desarrollando estaciones y satélites privados en esa zona.
La nueva carrera espacial plantea desafíos significativos. El primero es la basura espacial, fragmentos de objetos artificiales sin uso que orbitan alrededor de la Tierra. Se calcula que hay cerca de 54.000 objetos mayores de 10 centímetros, y más de 140 millones de fragmentos de menor tamaño. El problema no solo es el crecimiento de esta basura de la mano del aumento de la actividad espacial, sino el riesgo que representa para el cada vez mayor número de aparatos operativos en la misma órbita, con la que pueden sufrir colisiones peligrosas.
Adelanto de ‘Las fuerzas que mueven el mundo’, el nuevo libro de El Orden Mundial
Un reto aún más grande es la falta de un marco legal actualizado. El único tratado ratificado por la mayor parte de la comunidad internacional referente al espacio es el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de 1967. Al igual que sucede con la Antártida, este acuerdo estableció que el espacio debe ser patrimonio de toda la humanidad, por lo que prohíbe la actividad militar y la colonización de cuerpos celestes. Sin embargo, su redacción es ambigua y ha quedado obsoleta, sobre todo en lo relativo al papel de las empresas privadas y a la explotación de recursos minerales.
La aparición de nuevos actores —públicos y privados—, los avances tecnológicos y la creciente competición geopolítica auguran un espacio cada vez más tensionado y conflictivo, en el que se multiplican los riesgos tanto para la exploración espacial como para la seguridad terrestre.
Este extracto es un adelanto editorial de Las fuerzas que mueven el mundo, un ensayo visual del El Orden Mundial con más de 50 mapas para entender el comercio y la geopolítica global. En librerías a partir del 8 de octubre.




