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Los periódicos internacionales apenas se hicieron eco de su muerte y el paso del tiempo acabó por hacer su nombre irreconocible para la mayoría de personas, pero Klemens von Metternich bien podría ser recordado por ser la persona que redujo a cenizas el Imperio napoleónico o por ser el restaurador y gran salvador de las monarquías europeas en el siglo XIX. Nacido en 1773 en Renania, Matternich sirvió durante 27 años como ministro de Asuntos Exteriores del Imperio austriaco, cargo que compaginó con el de canciller desde 1821 hasta 1841. Fueron en total 38 años de servicio, el mandato más largo hasta la fecha de un ministro de Exteriores entre las potencias mundiales.
Además de por su férrea oposición a los movimientos liberales y revolucionarios, Matternich destacó por su forma de entender las relaciones internacionales. Lejos de buscar el enfrentamiento directo con los líderes contemporáneos, el jefe de Exteriores del Imperio austriaco solía mantener un perfil bajo aparentemente conciliador —fue el encargado de convencer al emperador Francisco I para que casara a su hija María Luisa de Austria con Napoleón— mientras poco a poco enfrentaba a sus principales enemigos (Rusia y Francia).
De hecho, el objetivo último del casamiento de María Luisa era arruinar definitivamente las relaciones entre Napoleón y el zar Alejandro I de Rusia, cosa que consiguió y aprovechó para rearmar su ejército. Tras la derrota definitiva de Bonaparte, Metternich consiguió en el Congreso de Viena (1814-1815) reorganizar Europa conforme a sus intereses, recuperar territorios y devolver el poder a las coronas europeas.
Su carácter diplomático encontró en Talleyrand, ministro de Exteriores de Francia durante el reinado de Luis XVI, la Revolución francesa, el Imperio napoleónico y, finalmente, la etapa de la restauración monárquica, a su mejor contrincante. Juntos perfeccionaron el arte de la diplomacia y dejaron un legado del que luego beberían todos los ministros de Asuntos Exteriores posteri...
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