El uranio, el combustible de la industria nuclear, es un recurso muy presente en la naturaleza que se encuentra repartido por todo el planeta. Su densidad media es de 2,8 partes por millón en la corteza terrestre, más que el oro, la plata o el mercurio y similar al estaño o el cobalto. Su gran inconveniente, sin embargo, es su concentración, que acostumbra a ser muy baja y en raras ocasiones permite extraerlo de forma rentable.
Ese contratiempo ha dado lugar a un mercado del uranio muy concentrado en el que ocho países controlan el 96% de la producción y diez minas de tan solo cinco países el 55%, según datos de 2022 de la Asociación Nuclear Mundial. Dos son las razones: por un lado, la escasez de depósitos con una concentración suficiente para competir con otras centros de extracción y, por otro, la falta de inversión en proyectos de exploración y mejoras tecnológicas, desincentivada por un ciclo de precios bajos del uranio y las dudas en torno a la gestión de los residuos radiactivos.
Los países con mayores reservas identificadas y cuya extracción es potencialmente rentable son Australia, Kazajistán y Canadá, que poseen el 28%, el 13% y el 10%, respectivamente, de los depósitos del mundo. Les siguen Namibia y Rusia con el 8% cada uno; Níger, Sudáfrica, y Brasil con el 5%; China con el 4%; Uzbekistán, Ucrania y Mongolia con el 2%; y Estados Unidos, Jordania, Tanzania y Botsuana con el 1%. En total, los países con reservas significativas de uranio son apenas 16, en cuyas territorios se encuentra el 96% de los depósitos mundiales.
En este sentido, para que un yacimiento pueda considerarse rentable de extraer, los costes de minado de ese uranio no deben superar la cotización del metal en los mercados internacionales. De esta forma, según los cálculos de la Asociación Nuclear Mundial, en 2021 el mundo había identificado unas reservas de 5,7 megatones de uranio cuyo coste de extracción no superaba los 130 dólares por kilo.
Esa cantidad es suficiente para abastecer las centrales nucleares de todo el mundo durante noventa años, un periodo notablemente superior al del resto de minerales. Si a ello se suma el alza en los precios provocado por la crisis energética y la necesidad de apostar por fuentes de energía diferentes a los combustibles fósiles, que impulsará la inversión en exploración y bajará el umbral de rentabilidad del minado, no cabe duda de que la disponibilidad de uranio está más que asegurada a largo plazo.
La geopolítica del uranio, el combustible de la industria nuclear
Entre 2005 y 2006, en pleno tercer ciclo de exploración, las reservas de uranio aumentaron de hecho un 15%. Esa velocidad de ampliación se debe a lo fácil que resulta identificar y mapear nuevos depósitos desde el aire gracias a la radiactividad del metal.
En cuanto a los métodos de extracción, dos son los más utilizados: la recuperación in situ, cuando los yacimientos se encuentran en aguas subterráneas mezclados con grava o arena y el uranio es bombeado hacia afuera tras ser disuelto, y el minado tradicional a cielo abierto o bajo suelo. Una tercera opción es su extracción como subproducto, esto es, cuando su minado es consecuencia de la explotación de otro material como el cobre, minerales o fosfatos, lo que reduce los costes asociados y facilita su comercialización.







